Archivar paraFebrero, 2008

[Fanfic] Celos

Celos

Summary: El Almirante se pone un poco nervioso ante la presencia de intrusos en su area.

Pairing: Adama/Roslin

Rated: K+

Spoilers: 3ª Temporada

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Battlestar Galactica. Habitación del Almirante Adama.

Después de casi una semana no había podido dejar de darle vueltas a la última conversación que habían mantenido.Volveré en algunos días y si quieres podemos hablar más sobre aquella noche…Cada noche durante una semana había apoyado la cabeza en la almohada y sin que él hiciera nada por poder evitarlo, sus palabras volaban a visitarlo, flotaban a su alrededor como una caricia. Capciosas, insinuantes… Cada noche se dormía pensando en su voz suave, su mirada sugerente…, y cada noche se dormía con una sonrisa.
Se resistía a avanzar y sin embargo, allí estaba, anhelando su próximo acercamiento. A veces su propia actitud conseguía frustrarle.Levantó la vista para mirar a la Presidenta que paseaba tranquilamente por su habitación.-Me alegro de que por fin haya pasado gran parte del enfado de la población.

Laura se giró para mirarle. Sonrió débilmente mientras asentía.

-Sí, me estaba hartando de lidiar con la prensa día sí y día también. –Siguió paseando ensimismada con su chaqueta desabrochada y los brazos en jarras apoyados en la cintura.

La siguió con la mirada mientras iba de un lado a otro de la habitación. Bailó en su mente la aclaración a su afirmación.

-Lo cierto es que mi alegría es quizá más egoísta –hizo una pausa calculada, y habló deliberadamente más despacio compensándolo con un tono más despreocupado-. Es por pasar más tiempo contigo.

Bill que había vuelto a fijar la mirada en sus informes, le echó un rápido vistazo y se le escapó una pequeña sonrisa cuando la vio mirarle con las cejas alzadas sorprendida, casi aturdida.

Él sonrió aun más para sus adentros y se levantó de su asiento para tirar algunos papeles inservibles, cuando se giró de nuevo Laura estaba frente a él. Sonreía, no había tardado en recuperarse de la impresión de oír esa frase de sus labios, pero sin embargo, y como consecuencia, se le acercó un poco más. Casi invadió su espacio personal, no fue algo agresivo, se quedó a una distancia prudente, tentando. -Bueno, aquí me tienes-. Ladeo la cabeza divertida al ver el momentáneo estado de shock al que le había arrastrado.

Incluso tratando de mantener una postura impasible, Laura pudo notar como se ponía nervioso ante su cercanía.

Desde el día de su aniversario, algo había cambiado. Bill a menudo se sorprendía pensando en ella, en su desordenado pelo, en su alegre expresión o en su escandalosa risa. Estar con ella en la misma habitación se había vuelto en una sensación reconfortante.

No supo con certeza si fue sorpresa, deber o miedo, pero se alejó un paso hacia atrás y carraspeó.

-¿Quieres tomar alguna cosa?

Aunque sólo estaba jugando, y no era propio de ella coquetear descaradamente, volvió a sentir esa conocida punzada de decepción en el pecho. Puede que esta vez incluso doliera un poco más. Trató, sin éxito, de no darle importancia, dio media vuelta y se alejó de él.

-Sí, por favor. –Laura se miró la chaqueta y alisó las arrugas de su falda.

-¿Algo en especial? –Bill se acercó al estante de las bebidas, evitando mirarla. Más distancia, más seguridad.

-Agua estará bien.

Preparó dos vasos con agua fresca y se acercó con ellos a la mesa. Laura ya se había sentado en el sofá cuando se lo ofreció. Se sentó a su lado.

Ella suspiró, se cruzó de piernas y se inclinó hacía atrás con el vaso en la mano y la mirada perdida.

No había ocurrido nada, y sin embargo sintió que la distancia entre ellos se reducía a pasos agigantados. Por mucho que tratara de impedirlo, su cuerpo le pedía a gritos una rendición. La miró un instante. No estaba seguro de si estaba preparado para afrontar el nuevo cariz que estaba tomando su relación.

Tras unos minutos de silenció Laura volvió a hablar con un timbre de voz mucho mas suave del que suele utilizar habitualmente.

-¿Has hablando con Lee?

-Sí, le he mencionado tu idea, es posible que acepte, además le he facilitado los libros de su abuelo.

Asintió y sonrió débilmente.

Más silencio.

Laura terminó su vaso de agua de un solo trago, lo dejó en la mesa y se levantó.

-Tengo que volver al Colonial One.

-¿Tan pronto? –Resonó más decepción en su voz de la que le hubiese gustado mostrar. Apenas había podido disfrutar a solas de su compañía y ya volvía a perderla de nuevo.

-Sí, le prometí a Tom que hablaríamos sobre el juicio de Baltar.

Una alerta, que no sabía si quiera que existiera, saltó en la cabeza de Bill Adama.

¿Tom? ¿Desde cuando había esa confianza entre ellos?

Se dio cuenta casi al segundo siguiente de formular la pregunta.

La Resistencia.

Estuvieron juntos en Nueva Cáprica, sufrieron juntos en Nueva Cáprica, incluso ella no tuvo ningún reparo en nombrarlo su Vicepresidente tras intercambiar los cargos al llegar a Galáctica.

¿Qué más habría pasado entre ellos mientras él se maldecía en el espacio por no poder encontrar el modo de recuperar a su gente?

Kara, Saul, Laura…

Maldición.

La sangre de Adama comenzó a arder de repente. Ni se le habría pasado por la cabeza que ella y Zarek… La Resistencia había pasado a la historia hace meses y sin embargo, a pesar de sus diferencias, tenía la impresión de que en algún momento un lazo se había atado en alguna parte mientras él vivía en la ignorancia. Mientras él huía hacia delante. Se sintió estúpido, como si le hubiesen robado algo que le pertenecía por derecho.

-¿Estás bien?

La voz de Laura le sacó de su ensimismamiento, levantó la vista y la vio al lado de la compuerta de su habitación. En un par de zancadas llegó hasta ella, forzó una mueca.

-Sí, sólo estoy algo cansado.

Laura sonrío con ternura y le acaricio el antebrazo. –Intenta descansar.

Asintió.

Abrió la puerta de su habitación y desapareció por uno de los pasillos haciendo resonar suavemente sus tacones.

Tenía ganas de gritar.

Battlestar Galáctica. Sala de reunión.

Bill Adama bostezó, caminaba aún medio dormido por los pasillos de Galáctica rumbo a una de las frías salas donde debía reunirse con Laura. No había podido pegar ojo en toda la maldita noche. Su cabeza se había convertido en un escenario en el que Tom y Laura habían sido los protagonistas de una película donde sólo existían escenas desagradables.

Llegó a la puerta de la habitación, estaba abierta. Dejó de andar al darse cuenta que Laura estaba acompañada.Zarek estaba parado a pocos centímetros de ella, demasiado cerca.Por su mente volaron un sin fin de imágenes, cada cual más angustiosamente explicita que la anterior. Cerró los ojos y sacudió la cabeza intentando olvidarse de ellas. Estaban comenzando a grabarse a fuego.A Laura, sin embargo, no parecía importarle su cercanía. Se dedicaba a moverse con esa delicadeza que la caracterizaba mientras le pasaba informes sobre el juicio de Gaius Baltar.

Dio un par de zancadas intencionadamente ruidosas para dar constancia de su presencia.

-Almirante Adama. –Tom se giró para mirarle y le ofreció la mano.

-Vicepresidente Zarek –acercó su mano y le dio un apretón. -Señora Presidenta -tomó la mano que Laura le ofrecía y se la estrechó inconscientemente con más dulzura.

-Ayer el señor Zarek y yo estuvimos discutiendo la posibilidad de un juicio más rápido con un jurado reducido escogido al azar, tanto de civiles como de militares. Teme que si el juicio es más abierto, podríamos convertirnos en el pasatiempo particular de la flota, sin mencionar que habría muchas más posibilidades de las que ya hay de un ataque terrorista tanto contra los defensores legales del señor Baltar… -se paró un momento y se giró para mirarle un segundo mientras continuaba hablando-. Como contra mí.

Adama les miró un instante –el terrorismo no será un problema, no dejaremos que les ocurra nada. –Continuó observándoles y se detuvo en la mirada de Laura- me ocuparé personalmente de su seguridad.

Ella contuvo su mirada unos momentos y después asintió. Zarek se movió incómodo su lado. –Bien, con la supervisión personal del Almirante no creo que haya demasiado de lo que preocuparse. Aun así –esta vez se giró para mirarla a ella. Siempre cerca. Demasiado cerca- me gustaría que aumentases las precauciones. –Laura asintió.

-No te preocupes, estaré bien –se volvió para recoger los papeles de la mesa.

¿No te preocupes?

¿Dónde habían quedado las formalidades?

Tom y Laura se encaminaron a la puerta para regresar al Colonial One.

-¡Laura! –Laura y Tom se dieron la vuelta para mirarle un tanto desconcertados. Incluso él mismo se había quedado sorprendido, no quería verla alejarse de nuevo y su voz reaccionó de forma involuntaria ante la situación-. Me gustaría hablar un momento a solas con la Presidenta sino le importa señor Zarek.

Tom dudó unos segundos pero cedió al ver a Laura asentir, se marchó de la habitación no sin antes echarles un vistazo por encima del hombro.

Laura dio un par de pasos en su dirección y centró su atención en él –dime Bill-. Tenía unos ojos hermosos.

-¿Dónde vas a cenar esta noche? –estaba claro, sus deseos y su voz se habían confabulado para no pasar antes por la censura racional de su cerebro.

Laura alzó las cejas y sonrió. –¿Me está invitando a cenar, Almirante?

Bill sonrió levemente. –Sólo si la respuesta es sí.

Laura rió con ganas. Adoraba su risa, era sin duda una de las cosas que más le gustaban de ella.

–¿Hora y lugar?

-En mi habitación a las diez.

-Muy bien –le dedicó una media sonrisa-. Hasta entonces, Almirante Adama –se dio media vuelta y salió de la habitación.

Adama se quedó solo en la sala sonriendo. Estaba a punto de rescribir el guión.

Battlestar Galáctica. Habitación del Almirante Adama.

Estaba poniendo la mesa cuando llamaron a la puerta. Bill se acercó a la portilla de su cuarto, abrió y allí estaba ella. Se hizo a un lado para dejarla pasar. Entró en su habitación dejando un suave olor a champú.

Llevaba un traje negro que le quedaba como anillo al dedo; su falda era apenas algo mas corta que las demás y bajo su chaqueta abierta llevaba una camiseta blanca ajustada y en pico que dejaba entrever el inicio de su escote. Y sus gafas no la acompañaban esta vez. Todo era sutil. Pero ahí estaba al fin y al cabo.

Cerró la puerta y se acercó a ella –llegas justo a tiempo, acaban de traerme la cena. Espero que tengas hambre.

-Lo cierto es que me suena el estomago, apenas he comido nada hoy.

Bill hizo un ademán para que se sentara y empezó a servir la cena. –El sabor no es gran cosas, pero al menos hay variedad. Puedes saciarte de todo lo que quieras. -Terminó de servir y cuando alzó la vista para mirarla, sonreía juguetonamente.

-¿De todo lo que quiera? –alzó las cejas y contuvo la risa.

Él sonrió y movió la cabeza –absolutamente.

Laura rió –muy bien–. Cogió el tenedor y empezó a cenar mirándole divertida de vez en cuando. Cenó pensando en que lo estaba haciendo otra vez y se reprendió mentalmente.

Laura Roslin, deja de coquetear con el Almirante de la flota.

Aunque le gustaba hacerlo sabía cuales podían ser los efectos secundarios: dolor y decepción. Y no estaba preparada para afrontarlos. Sabía que intentar escalar el muro de acero de Bill Adama podía causarle más daño incluso que el cáncer.

Después de cenar se sentaron en el sofá y ella aprovechó para acomodarse, se quitó los zapatos y recogió sus piernas en el asiento.

-¿Te apetece una copa?

Laura se estaba masajeando el puente de la nariz cuando se giró para mirarla.

-Sí, por favor.

Bill llenó hasta la mitad dos vasos con líquido ambarino, se sentó a su lado y se lo ofreció.

Ella lo tomó de buena gana, le dio un trago largo y lento e hizo una mueca cuando el alcohol le quemó la garganta. Después cerró los ojos y se recostó contra el sofá para relajar los músculos.

Él se dio la libertad entonces de mirar cada parte de su cuerpo; sus esbeltas piernas, su cuello, el inicio de su escote, sus labios entreabiertos, sus prominentes pómulos, su rebelde cabello desperdigado por el respaldo del sofá…

-¿Cansada?

La vio levantar la cabeza y abrir los ojos despacio –agotada más bien.

Posó su copa en la mesa -estira las piernas–. Laura le miró interrogante -vamos, estíralas-. Esta vez dio un par de palmadas sobre su propio regazo para que las pusiera sobre él.

Sonrió –¿es una orden, Almirante?

Alzó las cejas -es un consejo, señora Presidenta.

Siguió sonriendo, pero volvió su cuerpo hacia él y estiró sus piernas para descansar sus pies encima de su regazo. Él sujetó suavemente uno de ellos y comenzó a masajearle la planta con ambos pulgares.

Laura suspiró sonoramente y se dejó resbalar despacio sobre el sofá descansando suavemente su cabeza en uno de los apoyabrazos.

Era la primera vez que la tocaba de verdad y estaba recreándose en ello. Delineaba círculos en la planta de sus pies, apretaba con suavidad, empujaba sus pulgares hacia arriba, desde el talón hasta sus dedos. Era agradable sentir esa cercanía entre ellos, podía notar como su cuerpo se relajaba mientras proseguía con su masaje. Cada cierto tiempo alternaba entre su pie derecho y el izquierdo, y según como se moviera, conseguía arrancarle algún suspiro.

-Esto es mejor que el sexo –Laura tenía los ojos cerrados mientras hablaba.

Se le había escapado.

Dioses Laura, si pretendes no parecer insinuante estás fracasando estrepitosamente.

Pensó en sexo y luego en Bill. Casi tuvo un cortocircuito. Se obligó a dejar a un lado esa ráfaga de imágenes que habían aparecido en su mente.

-No lo sé, yo ya no recuerdo nada de todo eso –le escuchó hablar con tranquilidad.

Ella soltó una risita –tengo la vaga impresión de que era agradable.

-Yo tengo la vaga impresión de que se está aprovechando de mí Señorita Roslin –dejó de masajearla a la vez que Laura levantaba la cabeza para mirarle.

-¡Ohh…! No pares por favor, solo un poco más… -le miró suplicante.

-Tampoco recuerdo cuando fue la última vez que una mujer me dijo algo así…

Laura se rió con ganas y él volvió a masajear suavemente sus pies.

Ojalá pudiera detener el tiempo en este preciso instante. Sin cylons, sin problemas. Solo tiempo para disfrutar da la agradable compañía de un amigo o de un amante…

Laura se dio por vencida. Estaba claro que todos sus esfuerzos por mantenerse distante se venían abajo. Plan B: Carpe Diem.
Casi se ahoga al intentar contener la risa que había comenzado a vibrar en su garganta. Era increíble lo tonta que se estaba poniendo. Y esta vez sin cigarros ni tanto alcohol de por medio.

-¿Podemos repetir esto mas a menudo?

-Usted es la Presidenta de las doce colonias, estoy a su servicio –ella no podía verle la cara pero se le escapó una sonrisa.

-Te tomo la palabra Bill –sus palabras, sin embargo, sonaron mucho mas serias.

Después de disfrutar en silencio unos minutos más del masaje que le estaba dando, se incorporó y deslizó sus piernas por el sofá hasta poder abrazar sus rodillas contra su pecho.

-Me toca.

Bill se la quedó mirando -¿vas a masajearme los pies también?

-No, a no ser que quieras –sonrió-. Date la vuelta.

Bill se quedó sorprendido un par de segundos pero obedeció. Se giró en el sofá hasta darle la espalda. La sintió quitarse la chaqueta y moverse hacia él. Todo su cuerpo se tensó cuando sintió los pechos de Laura apretarse contra su espalda. Laura deslizó sus manos por su pecho para comenzar a desabrochar los botones de su chaqueta mientras le susurraba al oído: -Relájate.

Casi parecía un chiste, y le hubiese entrado la risa si no hubiese sido porque en su cuerpo había saltado la alerta. Su respiración comenzó a acelerarse levemente.

Laura se tomó con calma la labor, y cuando ya no pudo seguir bajando sobre sus hombros, cambió apenas de posición, sin dejar de estar en contacto con su cuerpo en ningún momento, y resbaló los brazos por su cintura para continuar desabrochando los botones. No se le ocurrió ayudarla hasta que hubo terminado.
Subió los brazos de nuevo por encima de su cabeza y metió las manos bajo su chaqueta acariciándole el pecho. Subió hasta sus hombros y la deslizó despacio hacia abajo, acariciándole los brazos en el proceso.
Tuvo que sofocar un gemido cuando sintió sus manos calientes rozando su piel.

Bill estaba empezando a ponerse nervioso. Laura separó su cuerpo de él, se deshizo de la chaqueta y la dobló cuidadosamente para posarla encima de la mesa. Después posó las manos encima de sus hombros para comenzar a masajearlo lentamente.

Necesitaba un trago.

Extendió la mano hacia la mesa y cogió su copa, bebió casi la mitad de su contenido de un único trago.

-Estás increíblemente duro.

Casi se empapiza.

-Entonces tendré que invitarte a cenar más a menudo para que me relajes…

Estaban rozando la línea.

-Si no te conociera pensaría que me estás haciendo algún tipo de proposición indecente -dijo divertida.

Bill sonrió, cerró los ojos e inclinó un poco su cabeza hacia atrás. Hacía muecas cada vez que Laura apretaba en algún punto particularmente doloroso.

-¿Te duele?

-Sólo cuando no consigo un alivio casi inmediato.

Mierda. No había querido decir eso.

Laura contuvo la risa. -¿Seguimos hablando de lo mismo, verdad?

-Quien iba a decir que tras esa sonrisa franca y ese timbre de voz suave se esconden unos pensamientos tan impúdicos. –Bill sonrió-. Me sorprende usted.

Ella rió. –Además de Presidenta también soy humana Bill.

-Y una humana preciosa.

¿Lo había dicho en voz alta?

Laura dejó de masajearlo.

Mierda.

Las manos de Laura seguían apoyadas en sus hombros. No se atrevía a moverse, tenía los ojos cerrados y tampoco se atrevía a mirarla. Hizo un esfuerzo sobrehumano para abrirlos y girar el cuello para mirarla de reojo.

Ella aun permanecía en silencio con la mirada perdida en algún punto de su espalda. Fueron solo unos segundos pero le parecieron siglos cuando por fin levantó la cabeza y le miró.

-¿Te sientes aliviado?

No estaba seguro de a que se refería exactamente. Se sentía como un estúpido porque sus pensamientos le habían vuelto a jugar una mala pasada, así que aliviado no era precisamente la palabra adecuada. Se giró un poco más hacia ella y encarnó las cejas a la espera de más información.

Le sonrío abiertamente y le señalo –tu espalda.

Asintió –ahora estoy mucho mejor, gracias.

-Bien –se levantó del sofá y se puso los zapatos. Cogió su copa, le dio un trago y sorteó la mesa para acercarse a su escritorio despacio, contoneando sus caderas de un modo casi hipnótico. Su lenguaje corporal expelía feminidad, sensualidad, era como si se moviese al son de una balada inaudible.

Por mas que quisiese no podía dejar de mirarla.

-¿Buscas algo en particular?

Le miró durante unos segundos, tan intensamente y con aquellos ojos tan espectacularmente seductores, que no pudo evitar que una descarga eléctrica recorriera todo su cuerpo.

Miró hacia su estantería -en realidad no. Pero adoro el ambiente hogareño que le has dado a tu cuarto. –Se giró de nuevo hacia él y sonrió-. Es como estar en casa.

Bill se levantó del sofá y se acercó a ella –aquí estás en tu casa.

-Lo sé, siempre seré bienvenida a una de tus camas creo recordar –le dio un toque de humor a sus propias palabras.

Bill sonrió –sabes que sí.

Laura le miró fijamente un instante y se acercó a él invadiendo levemente su espacio personal –en realidad…

Sonó el teléfono.

Sonó tres veces más antes de que se decidiera a cogerlo. Le costó una barbaridad abandonar esa cercanía que se había formado de repente entre ellos.

-¿Sí?

-Almirante Adama, ¿está la Presidenta Roslin aun con usted?

Tuvo que contener las ganas de gritarle.

-Se la paso. Es para usted señora Presidenta.

Laura le miró interrogante.

-Es el señor Zarek.

Cogió el teléfono que le ofrecía -¿ocurre algo?

Bill se giró hacia la mesita cogió su vaso y se bebió el licor que le quedaba. No prestó atención a la conversación que estaban manteniendo la Presidenta y el Vicepresidente. Contuvo una sonrisa al pensar en la pregunta de Tom Zarek:

¿…aun está con usted?

Aun.

Estaba convencido de que esa palabra le había quemado la garganta más que cualquier licor.

-¿Bill?

Se giró para mirarla, ya no hablaba por teléfono.

-Tienes que irte.

Asintió.

-Zarek y yo aun tenemos cosas que resolver sobre el juicio de Baltar.

Bill bajó la mirada y asintió a su vez.

Se acercó hasta él –gracias por la cena, estaba todo delicioso-. Le acarició el pecho.

Su tacto era caliente y suave.

Se alejó de ella para acercarse al sofá y coger su chaqueta. La mantuvo en el aire para ayudarla a ponérsela. Estaba muy cerca, su pelo le acarició la cara, el olor suave de su champú le invadió los pulmones. Pudo rozar su cuello antes de posar la chaqueta sobre sus hombros.

Laura se giró para hacerle frente -te veo mañana–. Se despidió con una mirada suave.

La vio caminar hacia la puerta, y se disponía a salir cuando su cerebro volvió a traicionarle.

-¡Laura!

No estaba seguro de preguntar, pero necesitaba saberlo.

-En realidad… ¿Qué?

Vio como sus labios se curvaban en una sonrisa, tan despacio, tan lento y tan sensual, que parecía estar viviendo el gesto a cámara lenta.

-En realidad, Almirante… sólo me interesa una.

El tiempo volvió a detenerse para pasar delante de sus narices sin prisa. La vio deleitarse y disfrutar con aquellas palabras como quien saborea un caramelo.

No supo como reaccionar. Se quedó quieto, mirándola, estúpidamente mudo, sin que a su garganta llegara ningún sonido. No sabe cuanto tiempo estuvo allí de pie, pero cuando logró escaparse de la ensoñación momentánea, y el tiempo recuperó su velocidad habitual, se dio cuenta de que estaba solo.

Laura había desaparecido, cruzando la línea, perdiéndose con ella, llevándola consigo.

*****

 

[Fanfic] Caramelo

Caramelo

Summary: El Almirante tiene un pequeño problema.

Pairing: Adama/Roslin

Rated: K+

Spoilers: 3ª Temporada

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Maldición.

Esa maldita cosa pegajosa no se iba.

Bill Adama se frotaba el cuello y el pecho desnudo casi con furia delante del pequeño espejo de su habitación.

Los chefs de la flota habían ideado unas cuantas recetas para hacer más llevadera la insípida comida que trataban de ingerir tras su última recolección en el ojo de Júpiter. Y para demostrarles sus progresos habían querido hacerle una degustación especial.

Todo había transcurrido sin ningún contratiempo hasta que uno de los camareros decidió que la chaqueta del Almirante no podía quedarse sin postre.

Bill entró en su habitación casi bañado en algo que pretendía ser caramelo, maldiciendo cada vez que la ropa se le pegaba al cuerpo. Se deshizo de su chaqueta y su camiseta y las tiró directamente en el cubo de la ropa sucia. Cogió el jabón, la esponja y se puso a la tarea.

Por todos los dioses, esto podría servir tranquilamente como pegamento para vipers.

Alguien golpeó su puerta. Siguió frotándose el cuello como si quisiese despellejarse, se acerco a la escotilla en un par de zancadas y la abrió de par en par.

*****

En los labios de Laura Roslin murió un cordial saludo, mientras sus cejas se alzaban hasta el techo. De pronto le costaba respirar, y no se dio cuenta de su estupidez hasta que se percató que lo que estaba haciendo era contener el aliento.

Bill Adama estaba frente a ella sin camiseta, con un paño mojado apretando su cuello que hacía resbalar agua por su pecho hasta morir en su cinturón. Se obligó a que sus ojos no siguieran el mismo camino.

Parpadeó un par de veces y carraspeó, tratando de adoptar un tono de voz despreocupado.

-¿Es así como recibe a todas sus visitas, Almirante?

*****

Bill sonrió con timidez.

-Sólo cuando trato de asustar al personal –le hizo un ademán para que pasara dentro.

Cerró la escotilla tras ella y regresó frente al espejo. Seguía pegajoso, y, de frotar, su piel había comenzado a irritarse y empezado a enrojecer.

La voz de Laura sonó tras él -un pajarito me dijo que te habías ensuciado-, se acercó hasta quedar a un par de pasos a su espalda-. Aunque yo más bien diría que te has sumergido en una piscina de algo… que prefiero no saber qué es.

Bill rió entre dientes. –Algún camarero decidió que el maldito postre debía ser bueno para la piel y quiso tomarme de conejillo de indias –acercó el paño húmedo a su cuello y se froto un par de veces más sin que surtiera ningún efecto-. Por lo visto se equivocaba.

-Déjame probar.

Él la miró de reojo y le dio la esponja sin rechistar. No iba a dejar escapar la única oportunidad que se le presentaba de que Laura le tocara.

Ella metió el paño bajo el grifo y esparció por la superficie una buena cantidad de jabón. A continuación se puso frente a él y comenzó a masajearle suavemente el cuello. Pudo ver, mientras trataba de limpiarlo sin hacerle demasiado daño, cómo se le escapaban los ojos, de vez en cuando, hacia la enorme cicatriz de su pecho.

-No es algo demasiado agradable de ver.

Laura le miró de reojo y se sonrojó. –No pretendía hacerte sentir incomodo. Es sólo que… has tenido mucha suerte.

Él alzó imperceptiblemente las cejas y un toque de humor se escapó de sus labios. –Creo que incluso en eso me ganas por goleada, Laura.

Ella rió. Ciertamente tenía razón.

Dio un par de pasos y se colocó de nuevo tras él para frotarle la nuca.

-¡Por todos los dioses! Voy a necesitar un cuchillo para conseguir quitarte esta porquería…

-Entonces seguiré pegajoso por los restos, gracias. Ya tengo suficientes cicatrices para toda una vida, como has podido comprobar –cerró los ojos y suspiró mientras sentía el áspero tacto de la esponja arremeter contra su espalda.

-Espera, tengo una idea –Laura se acercó al lavabo y aclaró el paño.

-Mientras no haya cuchillos de por medio…

La oyó reír entre dientes cuando volvía a estar detrás de él. Sintió un escalofrío cuando el paño frío le recorrió la espalda. Y un quejido se escapó de su garganta cuando su cuerpo, con la piel de gallina, casi comenzó a tiritar. Estaba a punto de quejarse en voz alta cuando una oleada de calor se acumuló en su hombro.

Laura había acaparado una zona llena de resistente caramelo y había comenzado a lamerlo con descaro, a succionarlo con avidez.

Podrían haberle pegado un puñetazo en aquel momento que no se hubiera movido ni un ápice. Se quedó de piedra, en el sitio, hipnotizado por la sensación de la lengua de Laura sobre su piel, del reflejo de su imagen en el espejo lamiéndolo. Ya no sentía ningún frío, al contrario, había comenzado a hacer demasiado calor.

Hizo acopio de todas sus fuerzas para poder hablar, y aun así sólo una voz ronca y débil le raspó la garganta seca.

-¿Laura…?

Supo que había oído la pregunta completa, que no fue capaz de terminar, cuando levantó los labios de su cuerpo y le miró por el reflejo del espejo.

-¿Te he hecho daño?

Daño, dice.

Como sigas conseguirás hacerme daño, sí, pero un poco más abajo de la barbilla.

Obviamente no iba a escuchar jamás esa respuesta de sus labios.

Carraspeó un poco para que le saliera la voz. -No.

Laura le dedicó una sonrisa amplia. –Bien, porque he conseguido quitarte el caramelo –se acercó al lavabo y volvió a mojar la esponja. Pero esta vez se puso frente a él y le limpió lentamente el jabón del pecho.

No sabía si esta vez había usado agua caliente para aclararlo pero hubiese sido un alivio sentir algo frío sobre su cuerpo en aquellas circunstancias. Por desgracia no fue así, la esponja estaba agradablemente más tibia, y los labios de Laura, que acto seguido habían acaparado parte de su cuello, parecían quemarse sobre su piel.

Era una tortura. No había otra explicación. Laura quería torturarlo por algo. Estaba a punto de enloquecer y ni si quiera sabía que había hecho para merecerlo, de haberlo sabido, bueno o malo, hubiera vuelto a hacerlo.

Laura se puso de puntillas para alcanzarlo mejor y apoyó sus manos en su pecho desnudo para no perder el equilibrio.

Su pelo le rozaba tan despacio y tan suave que conseguía hacerle cosquillas. Gruño cuando sus labios se volvieron más insistentes, más feroces. Y antes de que pudiese evitarlo, llevó las manos su cintura para sujetarla firmemente contra él.

Cuando la boca de Laura dejó de moverse contra su piel casi tuvo que contener una exclamación de frustración.

-¿Bill?

La miró, no sin esfuerzo. -¿Mmhh?

-Mañana, acuérdate de felicitar al chef…

Tuvo que ahogar una carcajada. –Se lo diré de tu parte.

Laura había comenzado a acariciarle los hombros con sus pulgares. Y él, que se había resistido a soltarla cuando terminó de limpiarle, movía lentamente sus dedos contra su cintura.

En algún lugar de su cuerpo aun quedaban resquicios del valor que Laura lograba deshacer con su presencia, y para su sorpresa, fue justo en aquel preciso momento cuando decidió salir a la superficie.

-¿Tengo que pensar que el postre merecía la pena entonces?

Laura lo miró fijamente durante unos instantes que le parecieron eternos. Estaba a punto de arrepentirse de sus propias palabras cuando la vio sonreír ladinamente.

-¿Quieres probarlo?

No necesitó ninguna otra provocación, se acercó hasta ella y le susurró en los labios. –Estaba deseando hacerlo, me había quedado con las ganas…

Sintió a Laura temblar entre sus brazos, y cuando por fin la besó, un suspiro murió en su boca.

Paladeó su lengua, acarició sus labios, apretó su cintura. Todo lo que tocaba, besaba y lamía era dulce en ella. Sonrió al pensar que era el mejor postre que había probado jamás.

Efectivamente tendría que darle la enhorabuena al chef.

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[Fanfic] Escape

Escape

Summary: Laura está nerviosa y necesita un respiro.

Pairing: Adama/Roslin

Rated: K

Spoilers: 3ª Temporada

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Colonial One

Tom Zarek estaba asustado y como consecuencia la había asustado a ella. “Un huracán” había dicho. Tenía a Gaius Baltar confinado en una de las celdas de Galáctica y por derecho, uno al que ya se había atenido, le concedería el juicio justo que tanto anhelaba. Tom Zarek le advirtió. Sabía de antemano que proporcionarle a Gaius Baltar un juicio justo haría que el pueblo se le echase encima, aunque confiaba en calmar su sed de venganza con la pena de muerte. El pueblo siempre necesitaba una cabeza de turco, y esta vez y sin lugar a dudas, el ex-presidente tenía todas las papeletas de ser el elegido.

Laura Roslin se mantenía inquieta en su silla.

Intentos de asesinato.

Las palabras de Zarek resonaban en su cabeza. Había combatido al cáncer y había ganado, y sin embargo le preocupaban sus afirmaciones.

Comenzó a pasearse nerviosa por la sala. Necesitaba darse un respiro. Necesitaba escapar.

Cogió el teléfono y llamó a Adama, hablar con él casi siempre la reconfortaba.

-¿Almirante Adama?

-Señora Presidenta, ¿qué se le ofrece?

-¿Sería posible tener una reunión, Bill?

-Aún he de ultimar detalles en Galáctica, ¿puedes venir a mi habitación en cuarenta minutos?

-Sí, no te preocupes.

Colgó el teléfono y llamó a Tory.

–Que un raptor esté preparado para salir hacia Galáctica en veinte minutos, por favor.

-Enseguida, señora Presidenta.

-Gracias Tory.

Volvió a colgar el teléfono y esperó otros veinte largos minutos torturándose ante la idea de un atentado.

Battlestar Galactica

Cuando Roslin entró en la habitación de Adama ni si quiera necesito verle para notar su presencia. Aquel cuarto tenía algo especial que hacía que su estancia en él fuera algo cómodo y agradable. Hubiese sido el calmante perfecto si sus nervios no hubiesen sobrepasado el límite. Laura sonrió cuando le vio aparecer por el umbral de su habitación con un par de botones desabrochados.

-Gracias por recibirme a estas horas, Bill.

Adama sonrió. –Siempre es agradable verte, entra por favor -hizo un ademán para que se dirigiera al sofá-. Te preocupa como se tomará la gente el juicio de Baltar ¿verdad?

Le miró y sonrió de nuevo.

No podía controlar su nerviosismo, y aunque su rostro parecía casi siempre impenetrable, Bill había conseguido, a lo largo de esos tres años, agrietar esa superficie y llegar un poco más allá.

-Sí, a decir verdad no se si estoy tomando la decisión correcta –se paseaba de un lado a otro de la habitación con las manos en las caderas, sólo por el mero hecho de estar haciendo algo.

Adama se acercó y le posó las manos en los antebrazos para que dejara de dar vueltas. -Laura, la gente quiere justicia, y la tendrán. Pueden hacerse ruedas de prensa, que las personas vean el caso paso por paso. Y por tu seguridad no quiero que te preocupes, correrá personalmente de mi cuenta.

Laura sonrió débilmente. –Gracias, Bill –le miró a los ojos. No era capaz de deducir que era exactamente lo que veía en ellos. ¿Preocupación? ¿Tristeza?

-Que deje de hacerlo yo no significa que tengas que hacerlo por mí -volvió a sonreír.

Adama bajó la mirada. -No puedo evitarlo. Cuando no son los cylon los que dan problemas, es la población. Y lo que es más, prefiero un ejército de cylon antes que enfrentarme con civiles. Contarás con mi protección, Laura, no quiero darles posibilidad a que te hagan ningún tipo de daño.

Aunque sabía de antemano que contaría con su apoyo, oírselo decir la reconfortaba hasta límites insospechados.

Bill se acercó hasta el mini bar y comenzó a servirse un whisky. -¿Te apetece tomar algo?

-No, gracias. He de regresar al Colonial, ya es muy tarde.

-Mañana tienes que volver temprano a Galáctica. ¿Por qué no te quedas?

Laura se giró completamente para mirarle. Seguía ahí, sin inmutarse, sirviéndose una copa como si tal cosa. Como si el hecho de invitarla a pasar la noche en su habitación no significara nada.

Tuvo que hacer un esfuerzo considerable para evitar que le temblara la voz al hablar.-No creo que sea una buena idea pasar la noche aquí… -hizo un ademán para señalar la habitación.

Bill, con la copa en mano, se giró para hacerle frente. –No tiene porqué ser precisamente en mi cama… -levantó despacio el vaso hasta sus labios y dio un sorbo a su bebida.

-Oh…

¿En que estaba pensando? Ciertamente había asumido automáticamente que iba a ser allí… Y ahora por culpa de su mal pensada imaginación sólo quería esconderse debajo de la moqueta y esperar a estar sola para huir.

-No, yo es mejor que…

-Puedes quedarte aquí, si quieres.

Posó su copa en la mesa y desapareció en su habitación. Le escuchó abrir los cajones de su cómoda y buscar algo. Le vio aparecer segundos después con un pijama azul a rayas.

-Seguramente te quedará enorme, pero es lo más caliente que tengo para dormir.

-Bill, no es necesario…

Le puso el pijama en las manos. –Estás muy cansada, es tarde y sabes que siempre serás bienvenida a una de mis camas… -le dedicó una mirada cómplice y sonrió-. Aquí hay sitio de sobra para los dos, no merece la pena que preparen otra habitación para ti a estas horas.

Cogió el pijama que le ofrecía y sonrió a su vez. –Gracias.

Bill dio media vuelta y volvió a desaparecer, esta vez escuchó el sonido de las puertas de su armario. Cuando volvió, le vio cargado con otro pijama, una almohada y un par de mantas.

-¿Vas a dormir en el sofá? –Aún no había llegado a pensar en la posibilidad de dormir juntos, pero no se le había ocurrido que pudiese dormir en otro sitio que no fuera su cama. Fue inevitable que su sorpresa también quedara latente en su pregunta.

Posó las mantas sobre la mesa y cuando la miró, lo hizo con las cejas por las nubes.

-¿Quieres que durmamos juntos? –Hizo la pregunta sin ningún tipo de malicia, realmente le había sorprendido.

-Bueno… yo no pretendía que durmieses mal a gusto… -No sabía si Bill lo había notado, pero su cara había comenzado a quemarse de pura vergüenza. Sólo esperaba que además de ello no estuviese roja como un tomate.

-Mañana tienes un día muy largo, y tienes que descansar bien. Si dormimos juntos no pegarás ojo.

Vio que se había arrepentido de decir aquello justo cuando pronunció la última palabra y la vergüenza había empezado a correr también por las venas del Almirante.

No pudo evitarlo.

Comenzó a reírse a carcajadas.

Bill levantó la cabeza y sonrió abiertamente. Sólo podía mirarla divertido mientras trataba de mantener a raya su risa.

-Ya no tenemos edad para ruborizarnos como dos adolescentes…
-suspiró-. Tienes toda la razón –se acercó a él y sonrió-. Deja esas mantas ahí y vuelve a tu cama, no pienso echarte de ella.

-Lo que me preocupa es que no descanses bien.

Laura echó un vistazo a su litera. –No tienes que preocuparte, es lo suficientemente grande para los dos. Yo me muevo poco.

Bill no pudo evitar sonreír.

-Voy a cambiarme –cogió el pijama que le había ofrecido y desapareció en el cuarto de baño.

Se cepilló el pelo, se lavó las manos y la cara, pero cuando se volvió a mirar al espejo casi tuvo que contener un grito. El pijama había comenzado a resbalar lentamente hacia delante. Eso sumado al hecho de que sus botones comenzaban más abajo que su pecho y le sobraban al menos cuatro tallas, convertía su pijama de invierno en un rápido camino hacia la sugerencia.

La situación le pareció tan extraña de repente que tuvo que contener sus ganas de escapar de nuevo. No tenía muy claro como habían llegado a esa situación. Lo que sí sabía con certeza es que si su montaña rusa interior no dejaba de dar vueltas, terminaría echando los restos de la cena.

Se recolocó la chaqueta y pensó que trataría de andar lo más erguida posible. Sólo se trataba de dormir. Sólo era dormir. Cerca de él. Pegada a su cuerpo. Tocando su piel.

Por todos los dioses, Laura. Basta ya.

-¿Estás bien?

-Sí, sí, salgo ahora mismo –se mojó un poco más la cara y salió del cuarto de baño.

-Todo tuyo –trató de emprender la huida hacia la cama pero él la detuvo.

-¿Seguro que no necesitas nada más?

-No, no, estoy muy bien. Siento haber tardado –estaba segura de que podía disimular mejor su reciente inquietud, pero lo cierto es que había fracasado estrepitosamente. Como resultado ahora Bill la miraba sospechosamente.

–Te espero en la cam… –sonrió y rió, o rió y sonrió, o hizo las dos cosas al mismo tiempo, no estaba segura de ello-. Bueno, voy yendo -dio media vuelta y se dirigió hacia la habitación.

Podía notar sus ojos en la espalda mientras caminaba. –Hacía mucho que no escuchaba una frase semejante -había un toque de humor en su voz.

Le oyó entrar en el baño riéndose entre dientes. No podía negarlo, estaba disfrutando con aquel leve cambio en su rutina.

Cogió el teléfono que había al lado de la cama y llamó a Tory para explicarle que esa noche dormiría en Galáctica. Sabía con antelación que a la mañana siguiente su ayudante le reprocharía aquella pequeña escapada. Ya de por sí, dormir en Galáctica no daba muy buena imagen, y si supiese que además iba a compartir cama con el Almirante pondría el grito en el cielo.

Se metió en la cama mirando hacia la pared y se pegó todo lo posible a ella.

Le sintió llegar a los pocos minutos. –No hace falta que estés tan arrinconada, la cama es grande.

Giró la cabeza para mirarle. –Quería que tuvieras espacio suficiente para que te acomodaras.

Se quitó la bata y se metió en la cama. –Gracias, aunque ocupo menos de lo que aparento –se tumbó a su lado, apagó la luz y comenzó a dar vueltas.

Por lo que Laura pudo contar cambió al menos catorce veces de postura.

–Bueno, olvida lo que acabo de decir… A esto me refería con lo de no pegar ojo.

Se le escapó una risa tonta. –No te preocupes, no me molestas.

Bill se giró de nuevo y se quedó en la misma postura en la que estaba ella. Mirando en la misma dirección, tan cerca que podía notar su aliento en la nuca y el calor que desprendía su cuerpo en la espalda. No pudo evitar que un escalofrío la recorriera de la cabeza a los pies.

-¿Tienes frío?

Si no hubiese estado a unos centímetros de su cuerpo sin tocarla, hubiera jurado que se lo susurraba al oído.

-Sí –mintió.

Antes de que se diera cuenta, Bill había puesto una mano en su cadera y se había pegado por completo a su cuerpo. No tuvo muy claro si el gemido que debería haber contenido murió o vibró en su garganta, sea como fuere, si él lo escucho, no dio muestras de ello.

Le notó respirar más profundamente contra su pelo. Sabía que le gustaba estar cerca de ella y eso la hacía sonreír como una estúpida quinceañera.

-¿Ya estás más tranquila?

Debía estar de broma… No podía estar tranquila cuando le tenía pegado a su piel sintiendo sus manos en su cuerpo. Tragó despacio y decidió aventurarse a preguntar.

-¿Con respecto a qué?

-Al juicio de Baltar.

El juicio de Baltar.

Se había olvidado por completo de él y de todas sus repercusiones. Como respuesta se acurrucó en su pecho aún más si era posible.

-Eso ya no me preocupa.

Cerró los ojos mientras notaba curvarse la sonrisa de Bill en la oscuridad. No le dio tiempo a pensar más, se durmió entre sus brazos sintiendo que todo estaría bien si continuaba cerca de él.

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