Archivar paraDiciembre, 2008

[Fanfic] El momento perfecto

El momento perfecto

Summary: De alguna manera tenía que pasar, he aquí los preliminares.

Pairing: Adama/Roslin

Rated: M

Spoilers: 4ª Temporada

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Sin lugar a dudas la Tierra no había sido la tierra prometida con la que tanto habían soñado. Aún así, y tras muchos esfuerzos, habían descubierto que ciertas zonas podían convertirse en un lugar habitable, quizá no mejor que Nueva Cáprica, pero con el tiempo tal vez pudieran llamarlo hogar.

Bill Adama repasaba cansadamente los nuevos informes que, semana tras semana, los raptor le enviaban con gran cantidad de detalles explicando las partes reciclables de los continentes que estaban en las zonas más alejadas de su pequeño asentamiento.

-¿Qué es esto? -Laura había dejado caer una nota delante de sus documentos.

-Dime qué te parece -le contestó con una sonrisa.

-”Con motivo de nuestro asentamiento permanente, el día 31 a las 900 horas tendrá lugar una celebración en la carpa principal” -Bill se quitó las gafas para masajearse el puente de la nariz. -¿Crees que es una buena idea? -contestó tras una pausa.

-Creo que la gente necesita creer que su vida como tal no se ha limitado a una supervivencia fugaz. Además, ahora hay algo muy importante que celebrar.

-¿La paz? -preguntó Bill bajo una sonrisa triste.

Laura se acercó a él obviando su pequeña muestra de escepticismo, y se inclinó para besarle despacio.

-Y el amor -susurró contra sus labios mientras una sonrisa bailaba en sus ojos.

Antes de que él pudiese levantar sus manos para aferrar su cintura, Laura ya se había erguido y alejado de su mesa. A veces el deseo de seguir tocándola era tan frustrante que tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas para continuar en su sitio y no llegar de nuevo a sus brazos, hacerla suya y vivir el poco tiempo que les quedase enredados el uno en el otro.

Por desgracia no podían permitirse tal lujo.

-¿Bill?

Su voz suave le sacó de su ensimismamiento mientras levantaba la cabeza para mirarla.

-¿Entonces tengo luz verde?

-Conmigo siempre tienes luz verde -dijo con serenidad-, y cuando no la tienes te llevas a la mitad de la flota hasta que consigues convencerme -finalizó sin evitar contener una mueca.

A pesar de que el inicio de su relación tuvo más de un bache, no podía evitar pensar que tenía cierta gracia la evolución y el resultado final de algo que empezó siendo un rechazo casi extremo.

Laura sonrió ampliamente.

-Eso sólo ocurre cuando sé que tengo razón.

-O sea, quieres decir siempre.

La vio volver a acercarse a su mesa con paso felino y una expresión zalamera en el rostro.

-Si lo que te molesta ha sido mi plan de ataque inicial, -dijo sentándose a pocos centímetros de él en el borde de su escritorio- he de decirte que estoy mejorando mis técnicas, y te aseguro -prosiguió al tiempo que se inclinaba hasta quedar a la altura de su oído, siendo plenamente consciente del generoso espectáculo que estaba dando su escote-, que si tengo intención de hacerte cambiar de parecer en alguna cuestión, serás el primero y el único en enterarse.

Bill en lo único que podía pensar era en que no podía creer cómo era posible que a aquellas alturas no hubiesen tenido sexo.

Tenía la impresión que cada día que pasaba Laura era más consciente del efecto que provocaba en él, y ciertamente le provocaba cada vez más empujándolo una y otra vez hasta el límite tan sólo para averiguar cual inmune era a sus encantos.

Su peluca le acarició la mejilla de repente y el olor de su cuello le golpeó en la cara con fuerza.

No recordaba el momento en que había sucumbido por primera vez, pero sin embargo recordaba con claridad meridiana cuanto había deseado, y deseaba, llegar a una rendición total.

-¿Se le ha comido la lengua el gato, Almirante?

-No me hagas tomar consciencia de mi lengua…

Su carcajada inundó la habitación.

-Comenzaré con los preparativos esta misma tarde -se inclinó todavía un poco más y le acarició los labios con los suyos propios.

Bill no fue capaz de saborearla todo lo que le hubiese gustado, tal como sintió su cálida boca sobre él, sintió el frío que dejó tras ella cuando se separó y se dirigió a la puerta con su autorización como una niña con zapatos nuevos.

***

Movió cielo y tierra para encontrar el vestido que buscaba, y aún así no fue capaz de hacerlo. Sin embargo, era una mujer de recursos.

Tras colocarse correctamente la peluca se echó un vistazo satisfecha del resultado.

Durante la semana que había durado los preparativos para la fiesta y dado que sus pesquisas no habían dado sus frutos, decidió diseñar y crear ella misma su propio vestido. Se dio la vuelta para mirarse desde otro ángulo. Las clases de costura a las que la había apuntado su madre cuando era adolescente habían dado sus frutos. Se movió de nuevo, se inclinó y contuvo un grito cuando su escote cayó mucho más allá de todas las fronteras de lo políticamente correcto, pasando por la insinuación, saltándose el descaro y deteniéndose en el exhibicionismo. Pensándolo bien quizá su aprendizaje no había sido completado correctamente.

Trató sin éxito recolocar la caída de su escote y su espalda para las vistas no fueran tan “intensas”, pero tras una docena de intentos fallidos se dio por vencida. No tenía tiempo para hacer ningún cambió más, ya había estirado su escaso tiempo lo máximo posible. Su reloj de pared le indicaba que iba siendo hora de bajar a tierra.

***

Los aplausos y vítores se sucedieron uno tras otro cuando Tom Zarek finalizó su discurso. Laura no había llegado a tiempo a la ceremonia de apertura, de hecho no tenía ni idea de dónde podía estar, y en su lugar, el Vicepresidente, para no hacer esperar a los pequeños resquicios de la humanidad, había decidido iniciar la celebración con cuatro palabras desenfadadas con las que estaba seguro trataba de meterse en el bolsillo a todo el que se dejase embaucar.

Sin esperar ningún tipo de abordamiento giró sobre sí mismo y se dirigió al bar para pedirse un whisky. ¿Dónde estaría Laura?

Se sentó en un taburete, apoyó los codos en la mesa sin demasiada alegría y se llevó la copa a los labios. Las celebraciones siempre conseguían enrarecer su humor.

-¿No es un poco pronto para empezar con una bebida tan fuerte?

La voz suave de Laura tan cerca de su oído izquierdo hizo que su piel se erizara, y antes de girarse para mirarla decidió darle un trago contundente a su bebida, necesitaba descargar sus tensiones.

Por desgracia aún no había tragado cuando sus ojos se encontraron con ella, o mejor dicho con toda la piel que llevaba al descubierto. Como era de esperar tuvo la reacción que estaba seguro tendría cualquiera en su situación. Se empapizó.

Laura se acercó hasta él preocupada y comenzó a darle palmadas en la espalda mientras se inclinaba para no atragantarse. Craso error. El hecho de tener el escote de Laura tan a mano no hizo más que empeorar la situación, ahora no sólo le faltaba el aire sino que estaba a punto de entrar en una situación “comprometida”.

Control, maldita sea.

-¿Estás bien? -le susurró preocupada.

-Creo que con ese vestido entrarías en mi lista particular de intentos de asesinato -bromeó.

Laura sonrió ante su cumplido y se giró para que pudiera admirar la obra completa.

-¿Te gusta?

-¿De verdad necesitas una respuesta? -sus ojos vagaron por su cuello, sus hombros, sus pechos…, e inconscientemente se lamió los labios.

-Bien, Almirante -se inclinó sobre su oído de nuevo. -Porque esto no ha hecho más que comenzar… -y le dedicó una mirada cargada de intención.

No podría haber puesto una voz más sexy aún si lo hubiese intentado.

-Eso también podría considerarse tortura -le contestó con una mueca.

-Eso tan sólo depende de ti -levantó la mano para llamar al camarero.

Bill se llevó la copa a los labios de nuevo y trató de poner su cara más profesional, como si realmente el tema a tratar fuera el primer punto importante del día.

-¿Y ya tiene el plan de ataque para esta noche, señora Presidenta?

-Oh, algo he pensado, sí. Sin embargo le necesitaré para que me ayude a completar los detalles -sonrió lascivamente.

Sus movimientos eran pausados, calculados, tanto era así que parecía que se movía a cámara lenta para que captara cada leve movimiento, todo, sólo para que él fuera consciente de ello.

Iba a ser una noche muy larga.

-¿Vas a tardar?

-¿Perdona? -la miró sin comprender a qué se refería.

-Tu copa -dijo mientras señalaba el vaso semi lleno que tenía sobre la barra.

Bill alzó las cejas.

-¿Por qué? ¿Tiene alguna relevancia?

-Porque esta vez soy yo la que te va a sacar a bailar a ti -sonrió abiertamente.

-Además aún no has tocado la tuya -hizo un ademán con la cabeza dirigiéndose a ella.

-Oh, cierto -y para su sorpresa cogió lentamente su martini y se lo bebió de un solo trago. -¿Preparado?

No quería ser menos así que hizo exactamente lo mismo que ella. Aunque todo sea dicho, no con tanta elegancia, el licor pasó apresuradamente por su garganta y comenzó a atosigarse cuando el picor fue demasiado intenso para ser soportado. El resultado fue una húmeda mancha en su chaqueta y la sonora carcajada de Laura que había estado tratando de contener cuando decidió coger su vaso e imitarla.

-¿Es algún especie de truco para dejarte desnudar delante de toda la flota?

-Creeme, no necesito ningún truco para dejarme desnudar por ti -dijo en un susurro apenas audible que consiguió arrancar otra tanda de carcajadas de la garganta de Laura.

-Ven -Laura le ofreció su mano mientras se acercaba a la pista de baile.

Le llevó casi hacia el centro de una escena donde terminaron rodeados de jóvenes que bailaban
sin fijarse en nada de lo que les rodeaba, sin ataduras, libres, sin ningún tipo de vergüenza. Bill, no tuvo tiempo de observar mucho más al gentío que les rodeaba cuando la mano de Laura tiró de él con fuerza. Su cuerpo choco contra el de ella haciendo que un escalofrío le recorriera la espalda. El calor del cuerpo de ella le embargó por completo y no pudo sino ser demasiado consciente de los pechos que ahora se apretaban contra él y el apetecible escote que estaba a tan sólo una mirada de distancia.

Con un descaro demasiado pronunciado para su rango, Laura cogió su mano derecha y la ancló perfectamente en su cintura obligándole a estrecharla entre sus brazos.

-Creo recordar que la última vez que lo hicimos no tuve que hacer ningún tipo de esfuerzo para que me cogieras entre tus brazos.

Con la boca totalmente empastada de deseo balbuceó y tosió hasta que consiguió sonsacarse a sí mismo una frase comprensible.

-Puede ser que por aquel entonces era yo quién la cortejaba a usted y no viceversa, creo que haber entendido que tiene planes para mí esta noche.

Laura se acercó a su oído zalamera.

-No lo sabes tú bien, Bill.

Realmente no comprendía como a aquellas alturas aún seguían allí. De pie, hablando y con ropa.

Pensar en sexo con ella le descolocaba hasta el punto de no ser capaz de controlar sus actos y de repente se le ocurrió que no tenía porqué mantenerse en espera cuando un buen Almirante sabe que la mejor defensa casi siempre es un buen ataque. Aquel pensamiento le animó y avivó su originalidad y su descaro entre otras muchas cosas. Así que sin darse la opción a echarse atrás bajó la mano hasta su cadera y la obligó a pegar su pelvis totalmente contra él.

Por toda respuesta recibió un gemido ahogado.

Almirante 1 – Presidenta 0

Sonrió triunfal.

Tan sólo el hecho de acercarla hasta él podría haberla provocado, sin embargo dejarle claro qué era en lo que estaba pensando en aquel preciso instante hizo que saborease más su pequeña victoria. No todos los días dejaba notar a una mujer su excitación profunda por ella, y mucho menos dejaba que se rozara contra su cuerpo.

-Craso error, Bill -ronroneó contra su oído.

Las luces menguaron y el sonido se hizo lento. Las parejas que antes saltaban a su alrededor ahora se balanceaban en círculos con los ojos cerrados la mayoría de ellas tan sólo para sentir a su pareja.

Laura acarició con el dedo índice de su mano derecha el inicio de su cuello de una manera que no hubiese creído sensual sino lo llega a experimentar. Ronroneó una vez más contra su mejilla y con un movimiento excesivamente bien sincronizado acarició sus caderas contra su erección al tiempo que le besaba el cuello pausadamente.

No fue capaz de reaccionar en un primer momento, y cuando lo fue, tan sólo su nombre se escapó de sus labios como un lamento.

-¿Mmmh?

Fue toda la respuesta que recibió de la mujer que ahora estaba más atareada en volverle loco que en recordar que a su alrededor aún tenían público suficiente como para dar fe ante los medios que los líderes de la flota necesitan un polvo urgentemente.

Muy a su pesar, no se equivocarían.

-Estamos rodeados de gente, Laura -hiló la frase de la mejor manera que supo, y aún así no estaba seguro de si le había entendido hasta que le contestó.

-Y aún así no has tenido reparo alguno en clavarme tu erección entre las piernas.

Almirante 1 – Presidenta 1

-Podemos continuar el baile en otra parte -contestó roncamente tratando de amortiguar el escozor de la venganza a la que había sido sometido.

-Podríamos, pero no tengo ninguna intención de ahorrarme esta pequeña tortura que tanto estoy disfrutando.

Aún sin verla pudo notarla sonreír.

Tocó su espalda desnuda notando cómo sus caricias hacían mella en su piel y la hacían estremecer. Aquella simple reacción consiguió envalentonarle y se pegó a ella más aún si era posible.

Esta vez fue él quién se inclinaba sobre su oído y con un timbre de voz cegado por el deseo le susurraba roncamente.

-Tortura es verte con este vestido cuando lo que quiero es arrancártelo, tortura es estar aquí de pie cuando mi cuerpo entero esta pidiéndome a gritos que te bese, tortura es…

-Tortura será si no estas dispuesto a cumplir todas esas amenazas en la intimidad de… cualquier parte.

Almirante 2 – Presidenta 1

Se separó de ella y le dedicó una mueca. Los músculos de su cara se habían olvidado de sonreír y en lo único que podía pensar era en la poca piel que su vestido tan sólo dejaba adivinar.

-¿Nos vamos?

-Después de usted, señora Presidenta.

Y antes de que pudiera terminar su frase, Laura ya le sacaba de la mano fuera de la enorme carpa bajo la intensa mirada de algún curioso.

***

Una carpa algo más alejada de la multitud era la que habían acomodado para las necesidades de la Presidenta en tierra. Una mesa, algún archivador, sillas, un sofá y por supuesto, una cama. Grande.

Laura tocó la piel desnuda de Bill bajo las mantas de su, ahora sí podría decir, holgada cama. Acarició su pechó, tocó sus caderas y se lamió los labios antes de bajar a la parte más interesante de su anatomía. Besó sus labios con mimo mientras acarició su pene con tal suavidad que sino fuera porque en la recamara de su cuerpo no cabía mas excitación, podría haberse deshecho en la ternura que le provocaban las manos de Laura.

Su respuesta, sin embargo, no se hizo de rogar, nada más lejos de la realidad, sus manos volaron hacia el cuerpo que había deseado tantas noches de soledad, tantos días grises, tantas mañas frías, y le acariciaron como si fuera lo más preciado que había en el mundo. La espera se había hecho eterna, sí, pero la recompensa merecía la pena.

Acarició su cuello, volvió a besar sus labios ya hinchados por la repetición y se recreó en los pequeños detalles que poco a poco, con el paso del tiempo le habían hecho caer a los pies, ahora desnudos, de la mujer que tenía entre los brazos.

Deslizó el dedo índice por su clavícula levemente húmeda de sudor, arrastró sus dientes con suavidad por la línea de su cuello y dibujó con maestría la curva de su cintura. Sintió como más que hacer el amor, lo estaban creando de la nada más absoluta. Cada emoción, cada gemido que conseguía arrancarle, cada movimiento era único, casi mágico. No fue capaz de discernir el tiempo que estuvieron dedicándose el uno al otro antes de rendirse por competo. El momento en que consiguió acercarse lo suficiente, enredarse con ella, penetrarla, perderse en su cuerpo, llegó del modo más natural y sincero. Casi por sorpresa, sin embargo a ninguno le desconcertó.

Mucho camino habían recorrido para llegar hasta aquel preciso instante. Para terminar en mitad de la nada, entre enemigos, sin esperanza de futuro, y a pesar de todo, no podía haber sido un momento más perfecto.

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[Fanfic] Insecto (2ª Parte)

Insecto

Summary: Decepciones, inseguridades y mucha frustración.

Pairing: Adama/Roslin, Baltar/Roslin

Rated: M

Spoilers: 4ª Temporada

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LAURA

-¿Señora Presidenta?

Abrió los ojos lentamente y un resplandor intenso le golpeó en la cara, frunció el ceño y entrecerró los ojos para protegerse de él sin dejar de buscar la voz que la llamaba.

-¡Por todos los dioses, joven! ¿No era suficiente para usted el cáncer que ahora pretende acelerar el proceso muriendo de hipotermia?

Una inevitable sonrisa comenzó a curvarse en su cara, no por que se sintiese mejor, ni más feliz. Sencillamente la regañina del doctor Cottle la hizo sentirse de nuevo en casa.

-¿Se puede saber que es lo que pretendía? –preguntó malhumorado.

-Nada –respondió con una voz vacía de todo sentimiento.

Realmente no se había propuesto nada en absoluto.

-Si no llega a ser por un perro que se había escapado, no la hubiésemos encontrado hasta el amanecer. Eso sí, muerta.

Una de las cosas que más le gustaba de su médico es que no tenía ningún reparo en contar las verdades tal y como eran, con más o menos tacto, pero con una sinceridad tan apabullante que a veces parecían incluso sencillas por muy crudas que fueran.

-Realmente debe de tener a alguien allá arriba cuidándola muy bien, su suerte con respecto a la muerte ya comienza a rozar lo paranormal –continuó hablándole mientras comprobaba sus constantes.

Vio como Cottle daba un par de vueltas a su alrededor observando todos y cada uno de los aparatos a los que Laura ya se había acostumbrado y, antes de salir por la cortina, se giró para mirarla.

-Trate de dormir un poco y, ¡ah! –Dijo mientras su mano derecha se movía con exasperación en el aire para enfatizar sus palabras-, la próxima vez que quiera cometer una locura, hágase un favor, vaya acompañada.

Si hubiese tenido fuerzas y ganas, se hubiese echado a reír.

***

GAIUS

Brillaba con una intensidad deslumbrante. Acarició el cuerpo desnudo de la mujer que descansaba plácidamente junto a él. A pesar de todo y sin duda alguna, era hermosa. Su pelo revuelto estaba esparcido por la almohada y le daban un aspecto mucho más vivo y salvaje del que tenía habitualmente.

Rozó sus caderas con la yema de los dedos, dibujó la línea de su cintura, y cuando por fin llegó a su pechó, lo abarcó con suavidad mientras enterraba la cabeza en su hombro y besaba su cuello.

La mujer despertó lentamente de su letargo y enterró una mano en su pelo para atraerle hasta ella y poder besarle. Un gemido resonó entre sus labios cuando acarició con más insistencia su pecho izquierdo. Su mano se detuvo el tiempo suficiente como para notar los latidos de su corazón bajo la palma de su mano. Se vio a si mismo separarse apenas unos milímetros de su boca y susurrarle algo que no llegó a comprender.

Baltar se despertó hablando en sueños sin recordar una sola palabra de las se que había pasado la noche susurrando. Sin embargo, una revelación tan clara y liberadora voló frente a él como un pequeño milagro que ansiaba por ser descubierto.

Ya sabía lo que tenía que hacer.

***

LAURA

-¿Es tarde para una visita?

Levantó la cabeza de su libro para ver a Baltar con las manos cogidas tras la espalda dedicándole una débil sonrisa.

-Nunca es tarde para una persona que padece insomnio –dijo quitándose las gafas y posándolas sobre la mesita.

Llevaba horas ojeando Searider Falcon. Le gustaba tenerlo cerca de ella, acariciar sus páginas, tocar con la yema de los dedos las hundidas letras doradas del título, pasear la mano por la áspera tela en la que estaba encuadernado. Sentía como si fuese una especie de unión con Bill, como si el hecho de sujetarlo contra su cuerpo le mantuviese más cerca de ella.

-¿No cambias de libro? –dijo señalando su regazo.

-Aún no lo he terminado.

Tardó dos décimas de segundo más de lo normal en contestar y vio a Baltar contener una sonrisa cuando llegó la respuesta. No quiso pensar demasiado en cuánta verdad había podido vislumbrar tras sus palabras en cuanto a su vida personal, así que carraspeó y enlazó sus manos para prestarle toda su atención.
-Dado que es tarde para una visita de cortesía, debe de tener algún motivo oculto para venir a verme a altas horas de la noche, doctor Baltar -y aunque no lo pretendía sus palabras sonaron casi provocativas.

Por un momento vio al hombre ponerse nervioso, enrojecer e intentar hablar sin que le saliera sonido alguno de la garganta. Casi tuvo que ahogar una carcajada.

-No se preocupe, incluso tras su declaración de amor dudo que tenga perversas intenciones conmigo -alzó las cejas y le señaló la silla que había al lado de su cama.

Vio cómo se sentaba recatadamente a su lado mientras le oyó murmurar algo que se parecía a “se sorprendería”.

-¿Disculpe?

-Nada -contestó azorado-, tan sólo… -dejó su frase en suspenso y volvió a revolverse ansioso en su silla.

Suspiró.

Lo cierto es que no tenía ningún ánimo para jugar a las adivinanzas.

-Si hay algo que quieras decirme, hazlo sin más -se llevó mano a la sien y comenzó a masajearla.

El hombre que tenía a su lado inspiró profundamente al tiempo que en su cara aparecía una nueva determinación.
-He tenido… un sueño -la miró fijamente a la espera de alguna reacción.

Aquello logró sorprenderla.

-¿Qué clase de sueño? -dijo frunciendo el entrecejo.

Gaius volvió a moverse incomodo.

-En realidad han sido varios. Uno cada noche, distintos, pero iguales en esencia. Pero eso no es lo que importa, tampoco el contenido, lo importante es que gracias a él, ellos, he tenido una revelación.

Las palabras del doctor se sucedían una tras otra sin apenas tiempo para respirar, igual que le había visto hacer en muchas otras ocasiones cuando sus nervios le ganaban la partida.

Alzó las manos para detenerlo, estaba confusa.

-¿Una revelación?

El hombre volvió a suspirar.

-Tras el juicio, comencé a vivir, como ya sabrás, con un grupo de personas que me… apoyaban.

Fue lo bastante inteligente como para no terminar la frase con la palabra que tenía en mente. Tras aquellos meses las adoraciones, y más hacia el doctor Gaius Baltar, solo conseguían enfurecerla, como muchas otras cosas, tuvo que reconocer. Odiaba a las personas que habían encontrado “el camino” gracias a él, aunque fuese falso, las envidiaba por ello.

-Sí, lo recuerdo a la perfección, gracias a eso casi tenemos una cruzada en Galáctica -le contestó tensa.

Gaius carraspeó y obvió su pequeña apreciación.

-La cuestión es que durante ese tiempo pasó algo importante, algo que me hizo cambiar. Algo que me hizo creer que… -titubeó antes de hablar- formo parte del plan de Dios.

Tuvo que hacer un esfuerzo sobre humano para no poner los ojos en blanco.

-¿En serio? -dijo sarcástica.

Volvió a ignorar su actitud para mirarla serenamente.

-Había un niño. El hijo de una de mis más acérrimas fieles, su madre me lo trajo para que le curara, para que cuidara de él. Observé sus síntomas y, como médico, supe que no había demasiadas esperanzas para el pequeño. Sin embargo… esa misma noche recé, por primera vez en mi vida recé por la vida de aquel niño, le pedí a Dios que me llevara en su lugar. Por supuesto no ocurrió nada. Sin embargo, días mas tarde dos hombres que no compartían ni mis creencias, ni la misma pasión que yo por mi existencia, decidieron ponerme a prueba, y con una afilada hoja de afeitar clavándose en mi gaznate volví a pedirle a Dios que sacrificara mi vida por la de aquel niño. Fue entonces cuando Dios escuchó mis plegarias. Fue entonces cuando al regresar vivo a aquella sala llena de personas rebosantes de fe vi con mis propios ojos que la salud de aquel pequeño estaba intacta. Ese fue el momento donde mis creencias nacieron de la nada más absoluta, crecieron y se fortalecieron de una manera tan asombrosa que no hubiese creído posible tan solo un año antes.

Baltar la miró fijamente a los ojos y se dio cuenta que estaba aguantando las lágrimas. Se contuvo como mejor pudo y con la voz más templada que pudo conseguir, preguntó.

-Una historia interesante, no la conocía con tal lujo de detalles, pero ¿qué tiene eso que ver conmigo?

Baltar se levantó de la silla despacio, agarró una de sus manos con dulzura y, para su sorpresa, una sensación extrañamente cálida le invadió el pecho. Se sintió abrumada de repente por la intimidad y el tacto suave de sus manos.

***

GAIUS

-Tienes que confiar en mí.

Laura alzó las cejas.

-Déjame hacer…

Por unos momentos estuvo a punto de replicar pero la vio contenerse. Le estaba ofreciendo la mirada más cargada de sinceridad de toda su vida, y gracias a Dios Laura supo leerla y contener los impulsos negativos que le hacían rechazarle una y otra vez.

Dejó caer las manos sobre su regazo y le miró con tranquilidad. Con un asentimiento le concedió el permiso que estaba esperando.

Dio un par de pasos y con manos temblorosas se acercó al primer botón de su camisa. Pudo notar el cuerpo de Laura tensarse hasta el punto de parecer rígida como una estatua.

Detuvo sus movimientos y volvió a mirarla fijamente, esperó hasta que notó cómo los músculos se iban relajando de nuevo.

-Confía en mí –dijo despacio.

Desabrochó el primer botón, tragó. Descendió un poco más y sacó de su ojal el siguiente. Cuando hubo deshecho el cuarto botón, Laura ya lucía un generoso, y para que lo iba a negar, apetecible escote. Abrió la prenda a ambos lados de su cuerpo y desveló un sencillo sujetador de algodón blanco. Por primera vez, tocó la piel suave de su hombro para dejar caer el tirante izquierdo por su antebrazo, tuvo ganas de lamerse los labios pero se contuvo, esto no era una maldita fantasía sexual. Realmente Laura estaba confiando en él. No la decepcionaría. No esta vez.

Inclinó su cuerpo sobre el de ella sin rozarla, pero fue suficiente para que olor le impregnara los sentidos. Sus manos desaparecieron bajo su espalda para desabrochar el sujetador que lo único que hacía era estorbar en la tarea que se había impuesto, que Dios le había ordenado.

Pudo ver el pecho de una mujer incomoda y asustada, subir y bajar aceleradamente frente a él.

-Laura…, tienes que confiar en mí.

La mujer asintió levemente y vio cómo trataba de controlar su nerviosismo con todas sus fuerzas.

Gaius tiró del tirante ya caído un poco más hacia abajo, hasta que por fin, la copa izquierda del sujetador descubrió una piel increíblemente pulcra, sin manchas, blanca resplandeciente y un pezón rosado increíblemente bien centrado, y deliciosamente respingón.

Tragó una vez más y la miró de nuevo, parecía como si quisiese discernir el efecto que había tenido sobre él haberle dejado revelar uno de sus pechos. Contra toda lógica ahora parecía mucho más tranquila y centrada, incluso ligeramente más segura y confiada.

Cuando volvió a verla asentir acercó su mano izquierda hasta ella y la mantuvo en el aire unos segundos antes de dejarla caer con cuidado sobre aquel hermoso y delicado pecho que acababa de descubrir. Era suave, estaba caliente y era perfecto para su mano, el tamaño perfecto, tal y como lo había soñado.

Se quedó inmóvil durante no supo cuánto tiempo, sin hacer ningún gesto, ningún movimiento, tan sólo clavado en el suelo de metal mientras sentía el calor en la palma de su mano emanar del cuerpo de Laura.

-No sé qué tengo que hacer –admitió avergonzado.

-¿Para curarme? –le miró escéptica, mientras alzaba una ceja.

No contestó.

Apoyó su mano derecha en la cama y se inclinó sobre ella y a pocos centímetros de sus labios le susurró despacio.

-Tal vez sólo debas tener fe.

-Fe… -dijo casi escupiendo la palabra-. He cubierto mi cupo de fe, doctor Baltar.

Se volvió a alejar de ella, posó la frente sobre la mano que abarcaba aquella delicada parte de su anatomía y rezó.

Levantó la cabeza para mirarla y se dio cuenta de que se había apoyado en la almohada y cerrado los ojos.

Aquello no funcionaba.

Estaba retirando la mano cuando de repente la propia mano de Laura cogió la suya y la volvió a apretar con más fuerza contra su pecho desnudo, provocando un gemido ahogado que no supo discernir de qué garganta había salido.

-Aun no –dijo manteniendo su mano contra ella.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Tenía su mano apretando el pecho de Laura. El pecho de Laura en su mano. Suave, caliente, vivo. Trató de echar a un lado las imágenes que últimamente se metían en su cabeza con una facilidad pasmosa e intentó concentrarse. No tenía muy claro en qué, pero aún así lo intentó de todos modos. Cerró los ojos y comenzó a rezar, incluso suplicar por la vida de la mujer que tenía entre sus manos.

Tardó varios minutos en darse cuenta de que la respiración de Laura era mucho más regular, la miró y se dio cuenta de que efectivamente se había dormido. Retiró con delicadeza su mano y volvió a vestirla con cuidado de no despertarla. Abrochó el último de los botones de su blusa y en vez de alejarse y dejarla descansar, se quedó allí, mirándola dormir placidamente. Realmente era preciosa, incluso para su edad. Tenía algo que atraía irremediablemente. Cuando se quiso dar cuenta su boca acariciaba los labios entreabiertos, calientes y relajados de la mujer con la que soñaba noche tras noche.
La besó una vez y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no volver a besarla con más insistencia hasta saciarse.

Suspiró y se alejó de la cama dejando una caricia en su mejilla antes de irse. Recogió su chaqueta mientras salía por la cortina opuesta por la que había llegado sin darse cuenta de que tras él, y como una sombra, Bill Adama había contemplado cada segundo de su “milagrosa curación”.

***

LAURA

Le latía la cabeza más de lo normal. El tratamiento era cada vez más fuerte y por consiguiente su cuerpo se rebelaba contra él, se sentía como si todas las células de su cuerpo se mantuviesen en una guerra continua contra sí misma, y más que doloroso resultaba agotador.

Abrió la puerta de la habitación y se coló dentro como un fantasma dejando a los guardias fuera custodiando la entrada. Se acercó hasta la mesa y tardó más de lo normal en darse cuenta que el dormitorio no estaba tal y como ella lo había dejado la última vez. Vio la bolsa de deporte encima de la cama. Sin previo aviso el corazón le comenzó a palpitar con tal fuerza que se olvidó de sus dolencias y una sonrisa estúpida apareció en su cara.

Ya habían pasado dos semanas.

Miró su reloj, Bill debía de estar en el CIC. ¿Por qué nadie la había avisado de la llegada de la flota? Dejó la ducha para más tarde y se dispuso a averiguarlo. Dejó Searider Falcon sobre el escritorio y puso rumbo a la sala de control.

Sus guardias abrieron las puertas y para su decepción, tan sólo Tigh lideraba el panel luminoso en el centro de la sala.

-¿Ya han llegado? -se acercó a él con paso firme tratando de disimular la ansiedad que sus palabras tan solo ocultaron levemente.

Tigh siguió mirando con tranquilidad los papeles que tenía esparcidos por encima de la mesa y sin mirarla contestó -llegaron ayer casi a media noche.

-¿A media noche? -contestó contrariada.

-Sí, señora.

-¿Y cómo es que la presidenta ha sido la última en enterarse? -dijo con irritación.

Aquello era el colmo.

-El Almirante pidió que no se os molestase.

Trató de contener el enfado que crecía en ella por momentos.

-¿Y bien? ¿Cual es el veredicto? -cruzó los brazos sobre el pecho y esperó.

-Negativo. No hay signos de vida en la zona sudoeste del planeta. Quizá tengamos más suerte en el siguiente reconocimiento.

-Quizá -repitió malhumorada. -¿No debería estar con usted el Almirante?

-Hace tan sólo unos momentos que se fue, necesitaba descansar así que le obligué a que fuera a pegarse una ducha y a dormir. Cuando le vi parecía como si hubiese envejecido diez años. -Por primera vez en aquella conversación, Saul levantó la vista de los informes para mirarla con curiosidad -¿aún no le ha visto?
No tenía tiempo ni ganas de darle explicaciones, y mucho menos de admitir que, aún después de casi nueve horas en aquella nave, no había visto a la persona por la que había estado esperando, mientras su ansiedad crecía a pasos agigantados, dos semanas enteras.

-Quiero ser la primera a la que se avise si hay alguna novedad, ¿está claro? -le espetó evitando una respuesta directa.

-Como el agua cristalina, señora.

Se dio media vuelta y volvió sobre sus pasos con la certeza de que el ojo de Tigh continuaba clavado en su espalda escrutándola, obteniendo más información sobre ella de la que le hubiese gustado revelar a nadie. Ahora era un cylon, quien sabe si podía hacerlo. Y llegados a este punto, ¿a quién demonios le importaba ya?

El trayecto al dormitorio fue más corto de lo que había previsto cuando se dio cuenta de que el esperado reencuentro debía ser pospuesto, al menos hasta después de su reunión con el Quorum. Maldiciéndose tomó otro de los pasillos adyacentes e inspiró con fuerza para la batalla en la que ahora, y cada vez más, se convertían las reuniones con los representantes de las colonias.

Había dejado de escuchar. Había dejado de luchar. Había dejado de ser la líder de la humanidad, la líder de nadie, y ellos, a pesar de percibirlo, se resignaron, dejaron de pelear y por consiguiente el cargo de presidenta aun seguía atado a su espalda como una enorme y pesada piedra de la que no podía deshacerse.

A cada paso que daba oía las voces más fuertes, más nítidas. Las discusiones y quejas de los delegados rebotaron en su cabeza justo antes de pasar a través del umbral e imponerse sobre todos ellos con una desazón que a cada minuto le era más difícil controlar.

***

GAIUS

-¿Doctor Cottle?

Gaius entró en la enfermería, estaba más desierta que de costumbre. Inconscientemente llevó los ojos a la cama donde solía acostarse Laura y algo revoloteó en su estómago cuando las imágenes de la noche anterior aparecieron en su mente a traición, como un sueño.

La cama estaba vacía, y a pesar de que una incomoda punzada de decepción intentara clavarse en alguna parte de su cuerpo, se alegró. Aquello facilitaba su misión.

-No hace falta que venga tan a menudo, doctor, el vendaje puede incluso aguantar más de ocho horas seguidas.

El médico apareció tras una cortina con su habitual cara de cansancio, las manos en los bolsillos de su bata y un cigarro sujeto entre los labios.

-Doctor, ¿ha seguido la presidenta con el tratamiento esta mañana? -rápido, conciso y seguro. Quizá así conseguiría la información.

Cottle dio una calada a su cigarro y le miró fijamente.

-El tratamiento de la presidenta queda entre la presidenta y yo, a no ser que al Almirante le dé por amenazarme.

Adama siempre tan sutil.

-No estoy autorizado para compartir esa información con usted, lo siento -Cottle iba a darse media vuelta cuando su voz le hizo detenerse de nuevo.

-Tengo motivos para creer que el cáncer de la presidenta ha experimentado una notable mejoría hasta el punto de remitir completamente -hizo una pausa-. Otra vez.

-¿Y me puede explicar a santo de qué tiene la certeza de algo así…? -le preguntó alzando las cejas.

-¿Podría hacerle pruebas? -le respondió obviando su pregunta- No le llevará tiempo, y podría evitarle muchos malos ratos a la paciente. No creo que sea beneficioso para su salud continuar con un tratamiento que ya no necesita -comenzó a caminar hacia la puerta- Y ¡ah!, sería conveniente que Laura no supiera nada de esto hasta que tuviera los resultados. Cuantos más sobresaltos innecesarios le evitemos, mejor -y sin esperar respuesta salió de allí. Confiaba en el doctor Cottle, esperaba que la curiosidad y el miedo por asignar un tratamiento incorrecto le llevaran a seguir su consejo.

***

LAURA

Echó un vistazo por una de las pasarelas más altas del CIC y no pudo contener la frustración cuando vio al mando al capitán Agathon. Ni rastro de Tigh, ni rastro de Bill… Aceleró el paso hacia la habitación, tenía la impresión de haber hecho aquel camino una decena de veces ya.
-¿Bill? -se asomó por la compuerta sellándola tras de sí.

Recorrió la estancia con la mirada un par de veces y contuvo un suspiro cuando vio sus pertenencias aún intactas sobre la cama. No había pasado por allí en todo el tiempo que ella había estado reunida. Cinco largas horas más se sumaban a las nueve que había estado sin tener noticias suyas, casi comenzó a parecerle preocupante.

Se acercó hasta la cama y con cuidado dejó la maleta en el suelo. No se atrevió a colocar la ropa que había dentro, en parte por miedo a interferir en los planes de Bill, y en parte porque no estaba demasiado segura de si aquello seria una intimidad extrema sin tener noticias suyas.
Sino le conociese pensaría que estaba intentando evitarla. Trató de hacer a un lado esa idea y concentrarse en otra cosa, sin embargo, la primera imagen que vino a su cabeza fue la cara de decepción de Tom Zarek al salir de la reunión con el Quorum, no había sido su aparición más estelar, desde luego, pero ya no tenía claro si de verdad podría hacer algún bien en ese puesto. Y lo que es más importante, ya no tenía muy claro si en el fondo le importaba. Una punzada de decepción le recorrió el pecho al ahondar en aquellos pensamientos y trató de hacerlos a un lado por segunda vez antes de que la decepción contra ella misma se hiciera insoportable. Por asociación el dolor y la angustia le trajeron a la mente a Gaius Baltar. Sin embargo, y para su sorpresa, aquellas imágenes resultaron gratamente embriagadoras.

Se llevó la mano al pecho y palpó la zona en la que había posado su mano la noche anterior. Se preguntó cómo fue posible que en aquel momento hubiera creído su cháchara incesante sobre milagrosas curaciones y creencias absolutas en un único Dios. Pasado el tratamiento y con la mente más despejada la situación casi le pareció cómica y levemente vergonzosa. Si tan sólo una hora antes le hubieran dicho que terminaría desnudándose para Gaius Baltar se hubiese echado a reír. Trató de recordar las sensaciones que le llevaron hasta ese punto y tuvo que detenerse porque su pecho sufrió una descarga eléctrica, no tenía muy claro a raíz de qué, pero por lo que se veía su cuerpo estaba empeñado en reaccionar.

Inspiró con fuerza y cerró los ojos mientras dejaba salir el aire de sus pulmones con tranquilidad.

Necesitaba descansar.

***

LAURA

Dos horas, en las que dormitó y releyó informes a los que no prestaba mayor atención, tuvieron que pasar hasta que por fin la puerta del cuarto chirriara y de entre las placas de hierro surgiera Bill Adama.

Como una gata satisfecha se desperezó tras la mesa de su despacho conteniendo una mueca de alegría, y cuando entró en aquella parte de su habitación para ponerse frente a ella, le saludó con una sonrisa.

-Has tardado -dijo más suavemente de lo que había previsto. La alegría de volver a verle por fin casi le había hecho olvidar por completo que se había enfadado con él por no mantenerla informada, o como su parte egoísta trataba de resaltar, por no ser ella su primera visita de Galáctica.

-Tenía asuntos que resolver -le espetó con sequedad.

Laura se levantó de su silla despacio ante la ligera impresión de estar contemplando las puertas de un enfrentamiento.

-¿Algo más importante que comunicar las pesquisas de la misión a la presidenta? -le contestó con una fría tranquilidad que estaba a un paso de convertirse en hielo.

-Era tarde, estabas en la enfermería y no había ninguna prisa -evitó su mirada y se quitó las gafas mientas se desabrochaba los primeros botones de la chaqueta.

Rodeó el escritorio y se acercó a él para notar el tacto suave de su uniforme, pero cuando quiso ayudarle en la tarea de desabrocharse la chaqueta, con un movimiento lento pero seguro se apartó de ella.

-Me voy a tumbar. Aún no he dormido -la informó en un tono monocorde.

La mano de Laura quedó congelada en el aire un par de segundos más de lo necesario ante aquel obvio rechazo.

-Bien -alcanzó a contestar todo lo que le permitió la sorpresa y la ansiedad que se volvió a acumular en su garganta.

Le vio coger una almohada del armario y un par de mantas.

-No -dijo sin fuerzas y en un susurro apenas audible.

Bill la miró.

-Duerme en la cama -se explicó- has debido pasar dos semanas agotadoras -y antes de que pudiera darle tiempo a replicar mintió- Además he de continuar con el tratamiento esta tarde, dormiré en la enfermería.

Creyó ver un destello de rabia en su cara y aquello terminó por desmontarla. ¿Qué demonios ocurría? ¿De la noche a la mañana había comenzado a despreciarla él también? Trató de apartar esos pensamientos de su mente, si realmente se creyera una cosa así… terminaría por matarla, antes que el cáncer diera su golpe definitivo.

No podía seguir allí, necesitaba aire. Echó a andar hacia la puerta a grandes zancadas, dudó antes de salir pero aún así no hubo ninguna palabra para detenerla, ni un gesto, estaba segura de que ni si quiera había posado los ojos en ella. Le oyó meterse en la cama antes de cerrar la compuerta tras de sí, y casi echó a correr por los pasillos para evitar que los marines vieran las lagrimas que comenzaban a inundar sus ojos. Aceleró la marcha para perderse en una de las muchas salas vacías en las que, sentía que hacía años, Bill y ella solían reunirse.

Cerró y atrancó la puerta.

Se derrumbó en una silla y enterró la cara entre las manos.

El único lugar donde se sentía a salvo ahora también parecía estar derrumbándose. Una gota y el vaso se desbordó. Tenía ganas de llorar, sin contenerse, sin preocuparse de si las paredes eran lo suficientemente gruesas para albergar e insonorizar su pena. No podía soportar una decepción más, no así, no con él.

***

LAURA

No supo cuánto tiempo pasó en aquella habitación pero cuando salió a los pasillos apenas estaba transitado. Tan sólo se encontró con un par de personas de camino a su habitación provisional, la mayoría de sus cosas ya no estaban allí dado que pasaba la mayor parte del tiempo en la habitación de Bill, pero aun conservaba su escritorio intacto y alguna prenda de ropa.

Se dejó caer sobre la cama exhausta.

No le atraía dormir sola sabiendo que Bill estaba en una cama caliente a tan solo unos pasos de ella. Cerró los ojos y trató de no pensar en cuanto necesitaba tenerle cerca.

Suspiró y se levantó de la cama. Lo mejor sería dormir.

Rebuscó entre su ropa algo que pudiera usar para dormir. Dado que eran los que más usaba, los pijamas de invierno estaban en la habitación de Bill, pero estaba segura de haber dejado, al menos, el camisón que había traído en su maleta cuando pensó que tan sólo iba a ser un viaje rápido a Galáctica. Efectivamente detrás de sus trajes de diario allí estaba, escondido bajo un par de camisas. Lo descolgó del pequeño armario y comenzó a desvestirse, incluso aquella tarea tan cotidiana le parecía tediosa, estaba cansada tanto físicamente como emocionalmente, se sentía vacía. Ya ni si quiera podía aferrarse a la idea de un refugio a salvo entre los brazos calientes y seguros del Almirante Adama. Y si le quitaban eso, ¿acaso le quedaba algo más? Rió con desgana. Si aquel era el panorama que le deparaba el futuro no necesitaba ver la película completa, el avance ya le había amargado suficiente el paladar como para no querer averiguar cual era el desenlace.

Estaba a punto de meterse entre las sábanas cuando unos suaves golpes en la puerta la sorprendieron. Se puso una bata, si era algo importante al menos no la iban a pillar medio desnuda, volvió a tener ganas de reír amargamente, o quizá sí, tal vez así la dejaran en paz.

Relajó su expresión antes de abrir la puerta para dar su mejor aspecto presidencial, algo que ya no conseguía tan a menudo como antes, e inspiró profundamente. Todo esfuerzo por parecer impasible se vino abajo cuando ante su puerta apareció Bill en pijama, con una cara, que como bien había descrito Tigh, parecía haber envejecido diez años.

-¿Puedo pasar? -le preguntó sin demasiado ánimo.

Se hizo a un lado demasiado rápido para lo que le hubiese gustado mostrar.

-Claro -y su voz sonó tan dócil como la de un niño pequeño. Odiaba que sus defensas se vinieran abajo a aquella velocidad, apenas tenía tiempo de pensar en cómo reaccionar cuando su cuerpo ya había tomado las riendas.

Pasó a su lado y de forma inconsciente respiró profundamente para impregnarse de su olor. Dioses, cómo le había echado de menos.

-No podía dormir -le dijo con sencillez.

La habitación en la que se había visto recluida cuando comenzó su tratamiento no era tan lujosa como la de Bill, no había cómodos sofás donde sentarse, tan solo una mesa, un par de sillas, algún mueble y la cama. Pudo verle dudar entre si sentarse en una de las incómodas sillas de su escritorio o en su cama, que aún estaba intacta. Cerró la puerta de la habitación y contuvo un suspiro de alivio cuando los muelles de la cama crujieron bajo el peso de Bill.

Se mordió los labios antes de darse la vuelta y hacerle frente. Con paso tranquilo se acercó hasta él y se sentó a su lado, a una distancia prudencial, era consciente de que algo pasaba, y no se permitiría ninguna debilidad antes de averiguarlo.

-¿Estas preocupado por el futuro de la flota? -¿era egoísta esperar que la respuesta fuera afirmativa? Eso querría decir que no tenía nada que ver con su relación con ella. Que estaban bien, que aún la quería.

-En parte -un susurro, y apenas la miraba. Miraba al frente, a algún lugar de su habitación mientras que con los codos apoyados en las rodillas, se frotaba las manos.

-¿Cuál es la parte que desconozco? -le preguntó en el mismo tono, como si el hecho de levantar la voz pudiese ser la causa de que el leve flujo de información se cerrara abruptamente.

-¿Hay algo que quieras decirme, Laura? -podría habérsele roto el corazón sino hubiese sido porque hacía tiempo que había perdido los pedazos. La mirada tan cargada de pena que le dirigió y el tono de súplica en que hizo la pregunta casi la hizo llorar.

-¿Que? No… -aventuró su mano para tocarle el antebrazo pero antes de que pudiera reaccionar, él se levantaba de un golpe de la cama.

-Bien -con la mandíbula apretada y tan sólo una palabra ronca cortando el aire, consiguió golpearla más fuerte que una bofetada.

La desesperación de no saber que era lo que ocurría descontroló cualquier idea o pensamiento que se le pudiera pasar por la mente, y verle alejarse de nuevo hacia la puerta la angustió hasta el punto de pegar un alarido, una suplica, cualquier cosa para que se detuviera en la puerta y se quedara con ella.

-¡Dime que tengo que hacer para arreglarlo! -podría haber sonado más patética suplicando cariño, pero no se le ocurrió la forma.

Con la puerta entreabierta, se detuvo.

Tenía el corazón palpitando en la garganta, como si poco a poco fuese abarcando el sitio sin dejar espacio para el oxígeno, cuando llegó la respuesta.

-Tal vez sólo debas tener fe.

Y entonces la miró al tiempo que sus ojos se abrían de par en par. Sin tener una respuesta que darle vio el reflejo del dolor y la decepción que sentía en aquel momento al ver que le había comprendido.

La puerta se cerró con un sonido metálico que retumbó en las paredes, en su cuerpo y en su alma justo en el mismo instante en que algo se rompía dentro de ella. Pensaba que ya no le quedaba nada más a lo que hacer añicos, pero para su desgracia no fue capaz de averiguarlo antes de perder el sentido.

***

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[Fanfic] Insecto (1ª Parte)

Insecto

Summary: Decepciones, inseguridades y mucha frustración.

Pairing: Adama/Roslin, Baltar/Roslin

Rated: M

Spoilers: 4ª Temporada

***********

GAIUS

El jadeo contenido de la mujer resonó en su oído de forma ahogada. Sus mechones oscuros y sintéticos le acariciaban la mejilla cada vez que empujaba contra sus caderas, penetrándola, invadiéndola, perdiéndose en el delicado olor que le había embargado años atrás.

Besó su cuello, aspiró su perfume y su mano izquierda buscó su pecho casi con desesperación. No fue capaz de pensar más cuando sus débiles gemidos comenzaron a inundar la habitación. Embistió su pequeño cuerpo con ferocidad mientras su boca se perdía entre sus besos. Jadeó con fuerza a la vez que su ritmo cardiaco se disparaba hasta límites preocupantes, pero aun así no se detuvo.

El punto culminante se desvaneció entre las sombras cuando una ligera sacudida en el hombro le despertó de su letargo.

-¿Gaius?

Se despertó bañado en sudor. Le costaba respirar y su cuerpo le pedía a gritos un poco de atención. Jamás había tenido un sueño erótico tan vívido, tan real. Podría haber jurado que estaba haciéndole el amor sino hubiese despertado sólo entre las sábanas de su cama.

-¿Te encuentras bien? –repitió la voz femenina.

Una de sus más fervientes seguidoras le miraba con cara de preocupación.

-Parecías tener una pesadilla –dijo la mujer mientras se sentaba a su lado en la cama.

Se frotó la sien.

-Sólo era un sueño.

La joven esperó pacientemente algún tipo de explicación que no tenía intención de darle. Asintió despacio, y tras unos momentos de silencio, salió de la habitación dejándole a solas con sus pensamientos.

***

LAURA

El olor a quemado llenaba sus pulmones. Las llamas crepitaban ante sus ojos con un suave balanceo que era casi hipnotizador. El fuego bailaba alrededor de su compañero de fatigas como un amante, lamía sus cubiertas, devoraba sus páginas. Las primeras cenizas comenzaron a brotar, tan negras y yermas como la tierra que pisaban sus pies, como la desesperanza que había anidado en su alma y se había arraigado tan profundamente que tenía miedo que comenzara a carcomer su carne.

El desengaño había sido una puñalada mortal para su fe.

Su muerte ya no tenía sentido. Sus malditas creencias les habían llevado hasta allí, hasta un callejón sin salida. Parecía una macabra broma del destino.

Apretó la mandíbula y enterró los dedos en la arena mojada sobre la que se hallaba. Ahora tan sólo era una mujer de mediana edad aterrada frente al futuro, frente a su futuro. Sus pasos sólo estaban marcados por la enfermedad, un maldito cáncer que no sólo le estaba ganando la batalla, sino que le iba a arrebatar los años de vida que podría compartir con el hombre al que amaba.

Tenía que ser una maldita broma. No era justo. Maldita sea, no era justo.

Oyó la voz de un hombre llamarla en la lejanía.

No se inmutó.

El viento comenzó a azotar su pelo negro con insistencia. Cerró los ojos e inspiró una vez más el humo espeso que se movía al son del mismo viento que trataba de desordenar los mechones de su falsa melena.

-Cottle me ha mandado venir a buscarte.

Echó un vistazo rápido a la mujer joven que se acercó a ella. Kara se sentó a su lado con una expresión inescrutable en el rostro. No tenía mucho mejor aspecto que ella, y casi podía ver el halo de decepción que la rodeaba y la angustiaba con la misma fuerza que una mano invisible apretaba su garganta y no la dejaba respirar.

-Hace mucho tiempo que no me baño en el mar –contestó con sencillez.

Levantó la arena mojada que aprisionaba en su puño y dejó que los granos duros y de diferentes tonalidades se pegaran a su piel cuando trató de exprimirlos en su mano.

-Es una diversión de la hemos estado privados durante mucho tiempo.

-Al menos eso no han podido quitárnoslo –miró cómo la orilla del mar se acercaba y alejaba casi con timidez. La noche había caído tan negra y espesa que tan sólo el reflejo de las llamas en el agua podían ubicar su cercanía con las olas que rompían a escasos metros de ellas.

-Quizá mañana satisfaga ese pequeño deseo.

-Puede que te acompañe.

Por primera vez la teniente la miró a los ojos, y alzó una ceja.

-No creo que nuestra idea de aventura sea la misma, señora presidenta.

-Entonces quizá el problema esté en que no me conoce lo suficiente –hizo una mueca.

Ni si quiera el calor de la risa de Kara consiguió arrancarle aquel pensamiento oscuro de que algo había muerto en su interior. Sacudió sus pantalones gastados y se levantó con decisión. Con una sonrisa triste se despidió de la mujer, y antes de dar media vuelta, buscó los vestigios de libro que había mandado a la hoguera con una ira tan profunda e intensa que tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos para contener las ganas de gritar.

Se alejó de allí a paso resuelto, con el cuaderno de Pythia quemándose a su espalda y un camino oscuro, desértico y muerto cerniéndose sobre su futuro.

***

LAURA

-Mañana comenzarán las expediciones en el planeta.

Bill Adama vertía un poco de agua en dos vasos de cristal.

Laura apoyó la espalda en su sofá de cuero oscurecido por el tiempo y cerró los ojos. Estar en Galáctica le provocaba una inyección de energía, se sentía más viva allí que en cualquier otro lugar.

-¿Los cylons formaran parte de la expedición? –preguntó.

-Sí, a decir verdad, están ansiosos por comenzar. No hemos sido a los únicos a los que este lugar ha pillado por sorpresa.

-Me gustaría pensar que hay un algún lugar ahí fuera al que realmente podamos llamar hogar. Construir, asentarnos –levantó la cabeza del sofá y le miró mientras suspiraba- y procrear.

Bill alzó las cejas.

-¿Es una indirecta?

-Por mi parte, no, puedes estar seguro de ello –rió.

-Es una pena –sonrió mientras se sentaba a su lado.

Acercó su cabeza hasta su hombro y enterró la nariz en su cuello mientras le abrazaba por la cintura.

-Me conformo con estar cerca de ti -susurró contra su piel tan levemente que pudo notar cómo un escalofrío le recorría la espalda.

Notó las manos envolver su cintura y atraerla contra él. Suspiró con sonoridad y estrechó su abrazo. Aquellos lapsos de tiempo eran los únicos hasta el momento que disfrutaba con la misma intensidad de saber que nada ni nadie más importaba en aquel lugar, sin que las preocupaciones ni responsabilidades volaran molestas a su alrededor.

-Estaré varios días fuera. Ojalá pudieras venir conmigo.

Laura sonrió contra su cuello. Desde que había ido a buscarla a la nave base cylon no había querido separarse de ella ni un solo segundo. Aquella muestra de cariño la abrumó y la inundó hasta el punto de crecer en su interior una necesidad desesperada por quedarse tan cerca de él como fuese posible.

-Ojalá –aspiró su olor le dio un pequeño beso en el cuello.

Después de su repentina declaración de sentimientos no habían tenido mucho tiempo para demostrar su afecto de una manera más intima. No es que no las hubiese, desde luego había mas roces; caminaban por los pasillos de la nave tan cerca, y a menudo con sus manos entrelazadas, que sino fuera porque toda la tripulación sospechaba, o desde su punto de vista, conocía su relación, hubieran dado lugar a los cuchicheos. Los abrazos se habían convertido en moneda de cambio en sus pequeñas “reuniones”, e incluso algún beso furtivo alegraba más de lo normal sus días más grises. Tenía todo lo que quería con aquel hombre, o casi.

Volvió a besar su cuello más pausadamente, arrastrando los labios por su piel, dejando que notara el calor de su aliento.

No se definiría como una mujer extremadamente sexual, tal vez porque no había dejado de tener relaciones hasta el día de los ataques. Sin embargo, durante estos tres años había llegado a su punto de frustración máxima. Tanto que incluso, y aunque se avergonzaba al pensarlo, ésta había logrado ser un estorbo en sus tareas diarias, y por mucho que lo intentase ignorar, también en su diplomacia. No de una manera exagerada, nada que no se pudiera achacar a un mal día, pero ahí estaba.

Acercó su cuerpo al de Bill y le arrastró con ella hacia el respaldo del sofá. Se deshizo rápidamente de sus tacones y recogió las piernas en los cojines. Con mucha naturalidad dejó que una de sus rodillas abarcara la mitad de los muslos de su pareja, paseó su mano tranquilamente por su chaqueta militar, y finalizó su incursión en el cuello con un último beso suave.

Suspiró una vez más, dejó caer su cabeza contra su hombro, se preguntó si volvería a tener relaciones sexuales alguna vez. Tras su parón con el doloxan había recuperado las fuerzas, se sentía renovada, con más energía. Con ganas de vivir aquellos pequeños momentos hasta el límite que le permitiera su cuerpo. Tras el tratamiento, su deseo había vuelto a aparecer con más fuerza, zarandeando cada una de sus células para exigirle que ya estaba bien de esperar por una satisfacción personal. Y que se lo pidiera el cuerpo era lo último que esperaba en aquellos momentos.

No era una sorpresa que su mente vagara por tales necesidades, pero no siempre su cabeza y su cuerpo habían estado de acuerdo.

Sin embargo su situación actual era bien distinta a la del principio y no se avergonzó al pensar que quería desesperadamente ahondar en la relación que ahora mantenía con Bill. No sabía el tiempo que le quedaba de vida, y lo que era más importante, no sabía cuánto de ese efímero tiempo podría seguir manteniendo cierta calidad de vida.

Eso la frustraba hasta el punto de contener su rabia para no entrar en la habitación del hombre que la estaba abrazando, llevarle hasta la cama y obligarle a hacer que se sintiese una mujer de nuevo.

Iba a comenzar a reírse de sus propias ideas hasta que un pensamiento fugaz cruzó su mente. Un pensamiento que la aterrorizó hasta el punto de tensarse visiblemente.

-¿Te encuentras bien?

Se apretó contra su pecho.

-Estoy aquí. No podría estar mejor –una voz queda que no reconoció como suya, salió de su garganta.

No insistió. A diferencia de eso comenzó a acariciarle la espalda suavemente de arriba hacia abajo y en grandes círculos.

Aquel pensamiento absurdo y angustioso la asaltó de nuevo con más fuerza.

¿Y si él no sentía esa misma necesidad?

Eran compañeros, amigos, pero no tenían porque ser amantes. La quería, estaba segura de ello, las pruebas hablaban por sí solas, pero… Nunca había visto en sus ojos algo más que le pudiese dar a entender que necesitara tener la más cerca de lo que estaban ahora.

Quizá ya estaban mayores para actuar por instinto, para dejar que los impulsos físicos se apoderaran de ellos.

Quizá había dejado de parecerle atractiva.

Necesitaba detener esa línea de pensamientos ahora mismo. Un golpe duro cada seis meses era más que suficiente. No necesitaba un subconsciente que le hiciera perder el control de la realidad.

Estaban bien, estaban a gusto y se querían.

Era más de lo que podía haber esperado cuando supo que había comenzado la guerra. De hecho no había podido tener más suerte aún si la hubiera buscado.

Miró el reloj.

-Es tarde y necesita descansar, Almirante. Mañana tiene un largo día por delante –su voz sonó ahogada, fue consciente de ello. Por desgracia habló con el único tono medianamente templado que consiguió mantener. A pesar de ello, si Bill se dio cuenta no hizo ningún comentario al respecto.

Su aliento le acarició la cara y sus labios cálidos la besaron en la frente.

-¿Te veré mañana antes de irme?

-Por supuesto –levantó la cabeza del hombro del que, cada vez, estaba segura que había estado esperando por ella todo aquel tiempo, se acercó hasta sus labios y le besó suavemente.

-Prometo volver lo antes posible –dijo con determinación.

-Y yo prometo no hacer ninguna escapada con los cylons mientras estés fuera –sonrío débilmente.

Le vio dedicarle una sonrisa y mirarla con curiosidad, pero antes de que pudiera iniciar otra tanda de preguntas de las que posiblemente no iba a gustarle el tema, se levantó de su regazo y se puso los zapatos.

Bill cogió su mano y abortó el movimiento que había comenzado para acercarse hasta la puerta.

-¿Hasta mañana entonces? –insistió.

Un ridículo sentimiento de pérdida la paralizó durante un instante. Y la estúpida idea de estar viviendo un amor con reticencias casi consiguió malhumorarla. Quizá necesitaba suplir el vacío que había dejado la fe a la que con tanto ahínco se había aferrado desde que tuvo la certeza de que iba a morir.

Un nudo se había plantado en su garganta y las lágrimas amenazaban con manifestarse. Asintió casi imperceptiblemente, ya que no estaba segura de si sería capaz de pronunciar alguna otra palabra sin obviar el hecho de que su estado anímico no era el más propicio.

Acarició la mano que la sujetaba y con paso decidido se dirigió hacia la salida.

Bill Adama la vio desaparecer por la puerta con la absurda sensación de que algo había cambiado entre ellos.

***

GAIUS

La herida que le recorría el estómago de parte a parte había comenzado a cicatrizar satisfactoriamente. Se había recuperado de forma extraordinaria tras el leve intento de asesinato.

Gracias a los cuidados de las mismas manos que en un momento dado habían decidido acelerar su inminente fin, ahora se sentía lleno de fuerza, puede que incluso más vivo que antes. Su fe se había reforzado, y por consiguiente su carácter había dado un giro de ciento ochenta grados que había comenzado a cambiar su vida.

-Ya puede vestirse –la voz del médico le devolvió a la realidad.

El doctor Cottle recogió las vendas usadas y desapareció tras las cortinas. Iba a ponerse el jersey cuando una voz familiar llamó su atención. Salió del pequeño espacio y apenas tuvo que recorrer la enfermería con la mirada hasta encontrar lo que buscaba. En una de las camas que había frente a su pequeña sala de curas, encontró a Laura tumbada, vestida y con un libro en su regazo.

No se dio cuenta de que se había quedado ensimismado mirándola pasar las páginas medio quemadas de su libro hasta que levantó la vista para mirarle. Por un momento no hizo nada más a parte de devolverle la mirada, pero tras unos segundos su sonrisa comenzó a curvarse levemente hacía arriba.

-¿Echa de menos desnudarse frente a mi, doctor Baltar?

A pesar de que sus palabras estaban cargadas de ironía y una amarga reticencia, no pudo evitar que se le escapase una sonrisa. Le dio la vuelta al jersey y se lo puso con cuidado antes de acercarse a su cama.

-¿Quién la cambiaría por Cottle? –habló en tono burlón.

-Yo lo haría sin dudarlo, los rumores dicen que es un buen médico –contestó poniendo una mueca.

-No es por desprestigiarle pero me gustaba más mi enfermera anterior.

-¿Más dotada?

-Más atractiva.

Laura rió.

-¿No es un poco tarde para seguir administrándole morfina?

-Tal vez, pero definitivamente viajar de sus manos a las de ese fumador compulsivo ha sido una terrible pérdida para mis sentidos.

-Estar en mis manos casi le cuesta la pérdida total de sus sentidos –susurró casi de forma inaudible mientras acariciaba las letras doradas del título de su libro.

-Supongo que esa es la palabra mágica –dijo encogiéndose de hombros.

Laura levantó la vista para mirarle.

-“Casi”.

La habitación se inundó de repente de un aire espeso que les rodeaba y les envolvía, mientras sus miradas se tanteaban en el más absoluto de los silencios.

-Gracias –dijo por fin.

La vio mirarle con calma, puede que incluso agradecida. Pero de lo que estaba totalmente seguro, es que pudo leer en sus ojos la redención que tanto esfuerzo le había costado otorgarle.

-Quid pro quo –susurró en un timbre de voz tan suave y dulce que sintió el impulso de acariciar sus manos y abrazarla.

Obviamente no lo hizo.

***

LAURA

Las naves despegaron levantando una intensa nube de polvo en el proceso. Laura se tapó los ojos para protegerse de las partículas que volaban con insistencia contra ella. El último grupo de la expedición había partido. Cuando pudo levantar la mirada sin dificultad, los raptors más cercanos desaparecían de su vista paulatinamente.

Un escalofrío recorrió su espalda y se abrazó los antebrazos para protegerse de un frío que no existía. De repente volvió a sentir esa desesperanza que la embargaba cada vez más a menudo, sin sentido, sin motivo sin el porqué que la había mantenido en la lucha hasta hace tan poco.

Miró las nubes blancas, la tierra muerta, miró directamente al sol y maldijo a todos y cada uno de los dioses que la habían llevado hasta allí.

Maldijo la farsa que había vivido a causa de una creencia que sólo les había traído a la nada más absoluta.

Estaba convencida de que la exploración de aquella nueva vieja tierra no podría albergarles, cuidarles, salvar las malditas vidas de lo que quedaba de la humanidad.

Cogió una piedra de la arena húmeda y la apretó en su palma hasta que los pequeños trozos de material duro se hundieron en su carne y desgarraron la piel. Con toda la fuerza, la rabia que había comenzado a brotar en su pecho desde que habían llegado al planeta, lanzó la piedra al mar tan lejos como le fue posible mientras dejaba que las olas que morían en la orilla mojaran sus zapatos.

Apartada de toda civilización, se sentó entre las pequeñas olas de espuma sin preocuparse por la ropa que había comenzado a calarse hasta su piel, se agarró las rodillas y comenzó a llorar.

***

GAIUS

Gimió en voz alta.

La mujer se sentaba a horcajadas sobre su regazo y cabalgaba en su erección como si su cuerpo estuviera especialmente hecho para él.

Entreabrió los ojos y pudo verla en toda su esplendor. Su cabeza se inclinaba hacia atrás, sus delicados pechos se balanceaban con cada acometida que le hacía profundizar en su cuerpo. Su desordenado pelo castaño rojizo acariciaba sus hombros desnudos cada vez que se inclinaba para besarle con tal suavidad que estaba seguro de que la ternura que le provocaba podría terminar desbordándose en su pecho.

Llevó su mano izquierda al pezón erecto que se mecía contra su cuerpo. Lo acarició, pasó su pulgar por la punta mientras los gemidos de la mujer resonaban en la habitación. Lo abarcó con toda la palma de su mano y todo a su alrededor comenzó a perder fuerza. Todo se detuvo, y una luz cegadora llenó el pequeño cuarto.

Despertó con una de sus manos cubriéndose la cara.

No existía ningún tipo de brillo a su alrededor, tampoco ninguna mujer, tampoco ella. Tan sólo la tenue luz de unas cuantas velas titilaban a un lado de su cama.

Tiró de las sábanas y se sentó en el borde. Se sentía mareado, acalorado y con una molesta excitación palpitando contra su pierna derecha.

Suspiró exasperado mientras enterraba las manos en su pelo y se levantaba para ir al baño a enjuagarse.

***

LAURA

Odiaba aquella maldita medicación.

Las pastillas, el suero, la cama, las cortinas, los aparatos, toda aquella estúpida parafernalia. Todo a su alrededor le producía angustia, un nudo se había implantado en su garganta y se negaba a abandonarla desde que se habían asentado. No pasó por alto que su ansiedad se había profundizado cuando la expedición había partido en busca de una nueva esperanza.

Quizá porque se sentía sola después de haber encontrado una mitad que no sabía que hubiera estado esperando, quizá por el miedo de que las noticias que trajeran no fueran las esperadas, quizá por… ¡Dioses! Un impulso casi irrefrenable de tirar su libro lejos se apoderó de ella y se maldijo por mencionar a sus más recientes enemigos. Se sentía como si se hubieran reído de ella. Y no lo soportaba.

Una cabeza se asomó por una de las cortinas de su estrecho cubículo. Reconoció su desordenada melena castaña antes de reconocer al humano que se escondía debajo, y necesitó acopio de todas sus fuerzas para no descargar toda su ira contra él.

-¿Puedo pasar?

Cerró su libro y se quitó las gafas que dejó sobre su regazo mientras asentía débilmente y se masajeaba el puente de la nariz solo para poder ganar un poco más de tiempo y controlar su mal genio.

Esta vez no tenía ninguna gana de mantener una conversación agradable con absolutamente nadie, y aunque Gaius Baltar hubiera mejorado posiciones en su escala, no era el acompañante que necesitaba en aquel momento.

Gaius se acercó hasta su cama, y sin atreverse a avanzar demasiado, se quedó a sus pies acariciando la sábana azul pálido sobre la que reposaban sus piernas.

-¿No es pronto para un nuevo cambio de vendas, Doctor? –cuando habló lo hizo pesadamente, sin mirarle siquiera.

-Sí, yo sólo…

-¿Hay algo que pueda hacer por usted entonces? –cogió las gafas de su regazo y se las puso tranquilamente.

No fue de forma consciente, pero al hombre se le ocurrieron varias opciones que sugerirle, aunque dudaba que pudiera salir con vida de aquella habitación si las pronunciaba en voz alta.

-Tan sólo… -hizo una pausa-, quería saber cómo te encontrabas, Laura.

Le vio esperar alguna reacción por su parte, así que levantó el brazo para dar constancia de su situación y rió amargamente.

-Estupendamente –dijo en tono sarcástico.

El hombre miró al suelo incómodo.

-¿Algo más?

Por fin, levantó la vista y la miró fijamente.

-Sólo quería comprobar si son ciertos los rumores de estas últimas semanas.

-¿Qué rumores? –preguntó de manera un tanto agresiva.

-Que la Presidenta de la decimotercera colonia trata con mayor acritud al resto de sus congéneres.

-¿Y vienes tú a comprobarlo? –dijo en tono burlón.

-No había mucho más donde elegir, la mayoría de las personas partieron en naves en busca de algo con lo que podamos subsistir en este planeta.

Laura se revolvió en su cama. No necesitaba un amigo, y mucho menos a Gaius Baltar haciéndole de psicoanalista.

Antes de que pudiera iniciar una cadena de pensamientos cada vez más agrios, el hombre frente a ella habló de nuevo.

-Quizá no sea la persona más indicada para darte mi apoyo moral, pero sólo quería que supieras que si necesitas algo de mí, aquí estaré.

-A menos que tengas algo más que confesarme, creo que hemos terminado –abrió su libro y fingió leer tan sólo para evitar su mirada.

A pesar de no mirarle directamente le vio fruncir el ceño y mirarla de manera inquisitiva.

-Has cambiado.

Oír aquella frase tan certera en boca de una persona que no la conocía lo más mínimo logró sobresaltarla. Aumentó la presión con la que sujetaba el libro y siguió con la vista clavada en el mismo párrafo, sin moverse.

-Sé que me has perdonado, Laura. Pero por algún motivo, ahora te siento más distante que antes.

-Nunca hemos estado cercanos, doctor Baltar.

Por el rabillo del ojo vio el destello de una leve sonrisa.

-No es cierto.

Laura levantó la cabeza y la miró con toda la intención de iniciar un nuevo enfrentamiento, pero Gaius se adelantó y volvió a hablar.

-Pude vislumbrar a la verdadera Laura en la nave base cylon, y tú sabes algo de mi que no le he contado a nadie y…, ha sido liberador. Viste mis errores, mis defectos y fuiste capaz de perdonarme y salvarme. Quizá no seamos amigos, pero ya no somos enemigos, y si niegas eso, mientes.

A regañadientes, tuvo que darle la razón.

Ya habían superado esa fase, y ciertamente, tras haber rozado el asesinato, a partir de ahora su relación tan sólo podía mejorar.

En una fracción de segundo hizo amago de adelantarse hasta ella, pero abortó el movimiento antes siquiera de haberlo comenzado.

-Trata de descansar, Laura –dijo suavemente antes de apartarse de su cama y cruzar las cortinas.

Tardó unos minutos en darse cuenta que ya no albergaba rabia, se sentía extrañamente aturdida. Nadie, ni si quiera Bill había reparado en la creciente desazón que había comenzado a aparecer en su mente, o al menos, si había reparado en ello, no había sido capaz de captar los pequeños detalles tal y como lo había hecho el hombre que estaba en la escala más baja de su estima.

Sintió una incomoda mezcla entre turbación y conexión ante la posibilidad de que alguien más caminara por su lado sin una venda en sus ojos que le evitara ver más allá.

Cerró los ojos y suspiró.

Ciertamente necesitaba descansar.

***

LAURA

Le dolía la cabeza.

Se llevó una mano a la sien mientras los latidos de su corazón resonaban en su cerebro y trataba de incorporarse. Una botella de alcohol casi vacía había extendido una mancha oscura por la moqueta y la apuntaba con un aire acusador.

Se enderezó sobre la cama al tiempo que una arcada, que comenzó a brotar de lo más profundo de su garganta, la hizo correr y trastabillar pesadamente hasta el baño. Le latía el cerebro, la cabeza la deba vueltas y no fue capaz de contener los restos de la cena que comenzó a vomitar sin pausa hasta que se quedó con un amargo sabor a bilis en el paladar y un agujero vacío y doloroso en el estómago.

Se sujetó la cara entre las manos para intentar controlar la montaña rusa en la que se había convertido su cuerpo, desde la cabeza hasta el abdomen.

No se consideraba una mujer estúpida. Pero sin lugar a dudas mezclar ambrosía con doloxan había sido una estupidez. Contra toda sensatez había saqueado el mini bar de Bill para ahogar la frustración tan agria, y desde hace semanas tan familiar, que se había colado en sus huesos. Las horas dejaron de existir cuando el segundo vaso completo del líquido verde brillante había desaparecido de su continente.

Ni si quiera recordaba haber llegado hasta la cama. Miró el reloj, eran las nueve de la noche, había caído dormida al menos un par de horas.

El sonido atronador del teléfono logró que su cerebro comenzara a chocar contra las paredes de su cráneo de una forma tan insistente y dolorosa que casi la hizo perder el sentido.

Se levantó del suelo apoyándose sobre el lavabo, que tenía la impresión de que se convertiría en su mejor amigo en las próximas al menos cinco horas, y se acercó con toda la rapidez que fue capaz (no a mas un par de pasos cada cinco segundos) al precursor de aquel horrible sonido que le estaba haciendo perder la razón.

-¿Sí?

Estupendo.

Tom Zarek estaba delante de su puerta.

-Háganle pasar.

Dio un paso y se dejó caer en la silla del escritorio de Bill. Recolocó su peluca, entrelazó sus manos e irguió su espalda tratando de parecer lo más presidencial posible a pesar de ser consciente de su desastrado aspecto.

Zarek apareció delante de ella. Entró con paso resuelto, investigando, recorriendo la habitación con la mirada en busca de señales que le dieran las respuestas que no estaba seguro de conseguir, al menos de viva voz, de su superiora. Tras hacer un examen exhaustivo de su pequeño escondite posó sus ojos en ella con una mirada tan rota y decepcionada que tuvo que contener las ganas de coger cualquiera de las cosas que tenía sobre el escritorio y tirárselo a la cara como prueba de que aún tenía suficientes energías como para pelear.

Lo último que deseaba era compasión. Se asqueaba de su actitud y de su aspecto, no necesitaba que encima se compadecieran de ella.

Levantó la barbilla siendo plenamente consciente de las oscuras marcas bajo sus ojos, de las marcadas líneas de su edad que en apenas unos días se habían profundizado hasta el punto de no reconocerse en el espejo.

-¿Quería algo, señor Zarek? –sus palabras resonaron en las paredes tan duras y agresivas como su propio humor.

-Sabía que te encontraría aquí.

-No hay muchos más lugares donde esconderse.

-¿Te escondes? –la miró inquisitivamente.

-Lo intento, pero por lo que se ve incluso para eso soy inútil.

Se arrepintió de decir las últimas palabras en cuanto salieron de su boca. Eso había sido demasiada información innecesaria. Apretó los labios y esperó a que su compañero atacara por esa nueva vía que acaba de abrir, pero para su sorpresa Tom obvió la cuestión y la miró en silencio.

-¿Hay algo que pueda hacer por usted, señor Vicepresidente? –repitió con un deje de irritación en su voz para hacerle entender que no deseaba ningún tipo de compañía en aquel momento.

-No es una visita oficial, Laura –respondió con tranquilidad.

-Bien, pues si vienes para animarme puedes irte por donde has venido –replicó tensa, mientras bajaba la vista hacia el escritorio y revolvía los papeles que había sobre la mesa, sólo para mantener sus manos ocupadas.

No le hizo caso y se acercó hasta la mesa para apoyarse en ella e inclinarse para volver a hablar.

-¿Qué te ocurre? La reunión de esta tarde con el Quórum ha sido de lo más escueta, distante y fría. ¿Qué es lo que te pasa? Tú no eres así.

¿¿Y que demonios sabía él como era ella?? Estaba empezando a hartarse de que todo el mundo presumiera de saber quién era.

-¡Oh!, no lo sé –respondió irónicamente-, tal vez sea el hecho de que me esté muriendo –dijo levantando la cabeza y clavándole una mirada cargada de rabia.

-Por todos los dioses, Laura. ¡Hace tres años que te estas muriendo! Y eso no evitó que continuaras siendo un buen político, a pesar del secretismo que insistías en mantener con Adama -la señaló-. ¡Mírate! ¿Es que no te das cuenta? No sé lo que ocurre, pero no puedes seguir así…

-¿… o si no me darás unos azotes? –dijo sarcásticamente.

Tom la miro estupefacto.

-Si no te quieres dar cuenta de que esta no eres tú, no tengo nada más que decir al respecto.

Dio media vuelta y antes de llegar hasta la puerta se topó con la botella que había en el suelo. Se agachó lentamente y la posó frente a ella.

-O recupera la razón, señora Presidenta, o conseguirá que la nuestra desaparezca.

Le vio desaparecer de la habitación al mismo tiempo que reaparecían las nauseas en su cuerpo. Cogió con furia la botella que Zarek había posado delante de ella y la tiró con todas sus fuerzas contra la pared más cercana, haciendo que el cristal se partiera en mil pedazos ensuciando de licor las paredes grises de la habitación.

***

LAURA

Ya hacía una semana que la expedición había partido dejando al Coronel Tigh al mando de Galáctica. Un par de naves autosuficientes habían saltado con casi la totalidad de los raptor que disponían, que junto con los raiders cylons se habían convertido en un grupo considerable. La base cylon, o mejor dicho, el híbrido, que era quien controlaba el FTL de la nave, había insistido en acompañarles en aquella misión de reconocimiento.

Ahora la mayor parte de la flota colonial había tomado tierra y empezado a construir pequeñas tiendas de campaña provisionales ante la necesidad de los civiles por un poco de aire fresco.

Aquel paraje desértico conseguía ponerle los pelos de punta. Se parecía demasiado a Nueva Cáprica.

La pequeña nave en la que viajaba aterrizó con una maniobra suave, y tras unos segundos, la compuerta que les llevaría al exterior comenzó a abrirse. Pudo notar inmediatamente el olor a salitre y la fuerza del aire que había estado azotando aquella gran playa con incansable empeño.

Las nubes cubrían la mayor parte del cielo ocultando lo que hubiese podido ser un azul intenso dejando en su lugar un gris tan triste y deprimente que podría aunar fuerzas con la parte negativa que había comenzado a cobrar protagonismo en la lucha interna que se debatía en su mente.

Echó a andar por las ruinas de lo que antes podría haber sido una ciudad impresionante. Ahora las construcciones se limitaban a un amasijo de metal deformado e incoherente de un uniforme color óxido.

Laura pasó los dedos por la superficie irregular y áspera, estaba cubierta de rocas, la naturaleza parecía devorar los cimientos ya que era la única manera de hacer desaparecer aquellos edificios de su entorno. Si la tierra hubiese tenido vida, ahora se encontraría entre un montón de crecederas, arbustos, árboles, un bosque llenó de aire puro, de una vida que se pudiese respirar. Sin embargo, lo único que entraba por sus fosas nasales era el olor a mar que insistía en embestir los restos de sus antepasados como si no quisiese que estuvieran allí.

Quizá no deberían estar allí.

Miró a lo lejos, en la arena. Pequeños grupos de personas disfrutaban del aire libre, a pesar del mal tiempo y de la decepción, veía a niños correr y jugar. En aquel momento aquella visión le pareció tan surrealista que ni si quiera fue capaz de arrancarle una sonrisa. Lo que antes le hubiese producido un agradable calor en el pecho, ahora no le producía ningún sentimiento. Se quedó allí, mirando impertérrita cómo las generaciones venideras bailaban alrededor de una esperanza inexistente.

Ya no había esperanza para la raza humana. Y ellos ni si quiera lo sabían.

Las horas pasaron lentamente y la noche fue cayendo sobre ellos despacio, como una caricia tranquilizadora, ya no había niños jugando en la arena, ya no había parejas paseando por la orilla. Los grupos de personas eran cada vez más reducidos, y a cada minuto que pasaba le era más difícil distinguirlos en la lejanía. La oscuridad se abrió paso a su alrededor y los focos de luz que habían comenzado a surgir de la nada no fueron capaces de arrancarla de su solitaria capa de sombras.

Comenzaba a hacer frío, pero no le importaba. Avanzó con paso tranquilo hasta que el mar le cubrió los tobillos, las rodillas, la cintura. El agua helada chocaba contra su cuerpo sin ningún tipo de miramiento. Cerró los ojos y, por una vez, se dejó llevar.

***

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