Archivar paraEnero, 2009

[Fanfic] Insecto (5ª Parte)

Insecto

Summary: Decepciones, inseguridades y mucha frustración.

Pairing: Adama/Roslin, Baltar/Roslin.

Rated: M

Spoilers: 4ª Temporada

***********

LAURA

No podía creerlo.

Bill creía que estaba acostándose con Baltar y ella ni si quiera había sido capaz de negárselo, ni siquiera le había dado la oportunidad.

Ni si quiera sabía el motivo.

Un motivo que podía dejar atrás aquel mal sabor de boca con el que se levantaba todas las mañanas y conllevar la felicidad que habían estado buscando durante tanto tiempo.

Se dejó caer sobre la cama de Bill. No había querido dejar la habitación cuando se fue y no quería dejarla ahora. Tenía que hacer que la escuchara. Necesitaba aclarar aquel condenado error.

A medida que pasaban las horas su determinación fue moldeándose, y de la amargura y la vergüenza aparecieron el orgullo y el enfado. Cuando se le acabaron las lágrimas que derramar, agarrada a una almohada que hacía días había dejado de oler a un hombre que hacía demasiado tiempo que no tocaba, decidió que todo aquello era injusto.

¿Acaso habían decidido los términos de su relación?

Aquello no sonaba contundente ni en su propia cabeza. Le había dicho que le quería, ¿podía haber sido más elocuente? Y él había arriesgado su vida por ella, la había buscado, esperado, abrazado. ¿Qué más había que aclarar? Su declaración había sido el broche a una larga historia que, por fin, tendría un final feliz.

O eso había creído.

Trató de hallar la solución a un problema inexistente, obviamente sin éxito. La única cosa de la que estaba segura era de que le conocía demasiado bien como para creer que tirando insistentemente de la cuerda conseguiría su propósito. Así que muy a su pesar decidió morderse los labios y esperar. Esperar a que él viniese a ella.

Se acurrucó sobre sí misma en la cama y se tapó con la manta. Los ojos, hinchados, le pesaban, llamándola insistentemente al sueño. Uno a uno, sus músculos se relajaron y se durmió sintiendo la habitación más fría desde que Bill había salido por la puerta.

***

BILL

El asentamiento sobre el planeta progresaba con rapidez. La mayoría de la flota civil se estaba aposentando en aquella reducida parcela de tierra a la que habían comenzado a llamar hogar. Con Tigh a su lado, los cylon acataban la mayoría de sus órdenes, esencial para un entendimiento pacífico. Convivir con los enemigos que habían poblado sus pesadillas desde hacía cuatro larguísimos años, los enemigos que habían asesinado a los suyos, no iba a ser fácil, pero, aún así, los cada vez más pequeños grupos rebeldes que rechazaban la alianza no ocasionaban tantas bajas como las que habían sufrido en Nueva Cáprica. Gracias a los dioses y, por difícil que fuera, la mayoría de su flota comenzaba a aceptar la realidad.

Flexionó su espalda mientras caminaba por los pasillos de su hogar.

Cada día que pasaba alargaba un poco más el recorrido del CIC hasta su cuarto. Cada segundo que estaba en él sólo conseguía traerle a la mente las imágenes, cada vez más nítidas y amargas, de los recuerdos que habían provocado su última conversación con Laura. Cada día que pasaba una carga invisible se hacía más pesada sobre sus hombros.

Si le hubieran preguntado el porqué de sus ojeras y el cansancio, que se hacía más patente cada día, hubiese dicho que era el peso de la responsabilidad de la supervivencia humana. Pero si hubiese tenido que decir la verdad, habría contestado que cada minuto pesaba más que el anterior porque hacía semanas que no veía a la mujer que tenía grabada a fuego en su mente. Como un maldito adolescente.

De la insistencia había pasado a la indiferencia, al silencio.

No supo discernir si aquello le molestaba o le aliviaba. Puede que fuese un sentimiento intermedio. De cualquier forma la necesidad de tenerla era más acuciante que cualquier otra emoción, y aún así, no era capaz de canalizarlo de una manera que no le hiciese daño.

Algo por el rabillo del ojo le llamó la atención.

Un hombre vestido con un chándal, con la cabeza cubierta por la capucha de la sudadera, se le cruzó en una de las intersecciones que quedaban en su camino y que pronto alcanzaría. El hombre se dirigía en su misma dirección.

Los pasillos a aquellas horas de la noche no estaban especialmente transitados, y la imagen de un hombre que no quería llamar la atención le provocó exactamente el efecto contrario. En aquella nave nadie se escondía. Y quién lo hacía tenía un motivo oscuro para hacerlo. Las alertas saltaron en su cabeza y comenzó a seguirle a una distancia prudencial.

Cual fue su sorpresa al darse cuenta de que el hombre se había parado delante de una puerta conocida custodiada por dos de sus guardias que, para su asombro, le abrieron paso. Frente a la puerta, el hombre se quitó la capucha y reveló su rostro sonriente.

Nadie se escondía en su nave. Tan sólo una persona que habría deseado olvidar con todas sus fuerzas. Pegó un puñetazo la dura pared de metal cuando vio a Gaius Baltar entrar en la habitación de la Presidenta.

***

GAIUS

Quién le iba a decir un año antes que iba a compartir, aunque fuera por escasos minutos, habitación con Laura.

Miró la cama de reojo mientras, de espaldas a él, ella le servía una copa. Podrían compartir tantas cosas si ella quisiera… Aunque quién sabía si aún no estaban a tiempo.

-Espero no haber ocasionado ningún problema con el Almirante -dijo de repente. ¿Lo sentía? Puede ser, tan sólo por la tristeza con la que a veces Laura miraba el vacío en alguna de las muchas conversaciones que habían compartido en su cuarto por las noches. Tan sólo por eso podría llegar a sentirlo.

Pudo ver la espalda de Laura tensarse ante la mención de Adama.

-No -dijo sin más mientras rellenaba el segundo vaso, esta vez, de agua.

Tomó asiento con tranquilidad en una de las dos sillas que había en la mesa que usaba de despacho. Laura le tendió la copa y se sentó frente a él.

-Hay algo que quiero preguntarte desde hace días -Laura hizo una pausa y, al no obtener respuesta, prosiguió-. ¿Cómo? ¿Por qué? -dijo mientras le miraba sin parpadear.

-¿A qué te refieres?

-Me refiero a mi enfermedad, a tus… -frunció el ceño- poderes. ¿Cómo es posible? ¿Y por qué yo?

Hacía tiempo que pensaba en ello y tampoco tenía una respuesta que ofrecerse a sí mismo.

-Sinceramente, no lo sé. No tengo un cómo, no tengo un porqué. Pero sí tengo un cuándo. Y fue cuando decidí redimirme, cuando, por primera vez, dejé por un momento de pensar en mí, de preocuparme por mi propio bien, para hacerlo por otra persona.

Laura se cruzó de brazos.

-¿Crees que todas las personas altruistas tienen poderes? -preguntó con sorna.

-Quizá otros no tienen tantos pecados que expiar como yo -sonrió.

-Estoy segura de que pocas personas son comparables a ti en ese aspecto -le contestó con una mueca mientras se llevaba el vaso a los labios.

-Supongo que es difícil de creer, pero es un hecho, ocurre y tiene que ser por algún motivo.

-¿Una lección? –Laura alzó las cejas.

-Una guía –dijo mientras movía el contenido de su vaso y lo miraba sin demasiado interés. -Muchas de las personas de esta nave han perdido la fe. Sin embargo, yo acabo de encontrarla con una fuerza que no es comparable a la que sentía por la ciencia. Me he pasado la vida calificando de ignorantes a la gente que creía en un más allá, y si lo piensas bien no es del todo descabellado, ¿por qué escoger como elegido, representante, o lo que quiera que ahora sea, a una persona rebosante de fe? ¿Por qué no hacerlo con una persona que no crea en ti? ¿No sería eso una mayor muestra de fe y confianza coger a un hombre sin atributos especiales, sin nada que ofrecer, para crear a alguien totalmente nuevo que esté dispuesto a sacrificar su vida por aquello que creía absurdo y de lo que se mofaba? ¿No tiene eso más sentido?

-Puede ser -meditó Laura. -¿Pero por qué un dios? ¿Por qué no nuestros dioses?

¿Estaría preparada para escuchar quién había sido su guía espiritual durante todos esos años?

Hacia semanas que Cáprica le había “abandonado” y nunca la había echado más en falta que en aquel momento en el que más que en ninguna otra ocasión necesitaba su consejo. Sin ella para guiarle, tomó su propia decisión, de la que esperaba no tener que arrepentirse.

-Cuando comenzó la guerra, la mujer que ahora conocemos como Cáprica, después de haberme traicionado, me salvó de una muerte segura. Desde entonces… de algún modo que no alcanzo a comprender, la he… visto a mi alrededor. Como ahora te veo a ti.

Los ojos de Laura se abrieron de par en par.

-La creencia del dios cylon –continuó Baltar-, la creencia contra la que he estado luchando durante cuatro años, es lo que me ha hecho abrir los ojos y entender que quizá, tan sólo quizá, no hayan estado tan equivocados. No en eso al menos.

-¿Me estás diciendo que lo que predicas es la creencia del dios de los cylon? -su labio inferior comenzó a temblar, no sabía si de conmoción o rabia.

-No creo que lo que haya allí arriba en algún aparte sea un hombre de metal manejando los hilos de la humanidad. Lo que creo es que nunca había recibido “señales”, por originales que fueran, de ningún tipo de dios. Hasta ahora. Y no por el hecho de tener a Cáprica en mi mente ha cambiado automáticamente. A decir verdad no ha hecho otra cosa más que agobiarme. Pero después de todo lo que he pasado… Me he dado cuenta de lo equivocado que era mi punto de vista. Mi punto de vista sobre todo.

-Hay momentos en los que un interruptor se enciende en nuestra cabeza y las cosas que siempre habían sido de una manera para nosotros se convierten en algo totalmente distinto.

-Una metáfora interesante, dadas las circunstancias -bromeó.

Los labios de Laura se curvaron en una sonrisa. Su rostro pareció brillar entonces, tan sólo un momento, por unos pocos segundos, pero fueron suficientes para que las ganas de besarla aletearan en su mente.

-Deberías hacerlo más a menudo. Te sienta bien.

-¿Tener fe? -rió con desgana.

-Sonreír.

Bajó la cabeza y aquella mirada triste volvió a su cara.

-No tengo muchos motivos últimamente.

-Deberías. Por segunda vez tenemos una tregua. Y espero que una más permanente.

-Como dijo un hombre sabio una vez: “No es suficiente con vivir, hace falta una razón por la que vivir”.

-Tu razón para vivir soy yo -alzó las cejas y Laura no pudo contener una carcajada.

-¿No me digas? -habló intentando contener una mueca

-Piénsalo bien, soy yo quién te ha librado del cáncer, no una sino dos veces. ¿No es ese suficiente motivo para seguir con vida? Quiero decir, ¿cuantas posibilidades tiene una persona normal de superar un cáncer terminal… dos veces? Quizá no haya nada de aleatorio en eso. Quizá haya una razón.

Laura comenzó a mover sus manos, nerviosa, y no estaba seguro pero creyó ver sus ojos vidriosos antes de que volviera a bajar la cabeza. Era tan poco propio de ella no enfrentarle que se conmovió. Se preguntó cuándo habían llegado a tener la suficiente confianza para que le mostrara tanta fragilidad.

Arrastró lentamente su mano por la mesa hasta tocar su mano izquierda, estrecharla con cariño y acariciarla con el pulgar.

Laura no se apartó.

-¿Cómo te encuentras? –le susurró.

-Tranquila, a pesar de lo que puedas pensar -dijo sin levantar la mirada de las manos que ahora se acariciaban tranquilamente.

-Bien –contestó.

Laura se levantó de su silla. Quería dar la reunión por terminada. Asintió antes de que de sus labios saliera sonido alguno. Habían bailado las despedidas suficientes veces cómo para saber qué era lo que ella necesitaba en cada momento. Y cada vez que acertaba, se le llenaba el estómago de una calidez que le satisfacía y alegraba al mismo tiempo.

-Supongo que es una tontería decirte que necesitas un cambio de aires, ¿verdad? -habló mientras se dirigía a la compuerta entreabierta.

Y Laura le dedicó una sonrisa tan abierta y radiante que poco faltó para que la agradable calidez en su estómago bajara unas cuantas pulgadas y se convirtiera en otro tipo de calor, uno más incómodo.

-Ya he tomado cartas en el asunto para solucionar ese pequeño problema -dijo mientras sujetaba la rueda de la puerta.

-Me alegro.

“Mereces ser feliz”, quiso decirle, pero se abstuvo. No supo porqué. Tal vez por miedo a continuar, porque irremediablemente detrás de esa frase quisiera añadir una palabra más, una que susurró para sí mismo mientras caminaba por los pasillos de Galactica hasta su habitación.

“Conmigo”.

***

LAURA

Tres semanas sin tocarle.

Tres semanas en las que hubiera jurado que la única explicación para lo que sentía era que el cáncer había regresado y se la estaba comiendo por dentro. Bill no había hecho ningún movimiento. Ningún acercamiento. ¿Realmente habían llegado al fin de una relación que aún estaba por comenzar?

Había tomado una decisión, de esas que sabía de ante mano que se iba a arrepentir de haberla tomado. Se repitió por millonésima vez que era necesario.

Quiso una entrada menos formal, acariciar con sus nudillos el frío metal que tenía frente a ella, pero en lugar de eso la voz de uno de los perennes guardias de la puerta fue quién la anunció.

Bill apareció en bata y pijama, lo suficientemente dormido para que la sequedad con la que se trataban, incluso por teléfono, no se colara en su mirada y ninguno de los jóvenes que tenía a su lado se diera cuenta. La invitó a entrar sin mediar palabra.

-Tú dirás -dijo sentándose en el sofá.

No estaba segura de si sentarse a su lado, de si permanecer de pie o de si saltar el muro de hielo que se había forjado a su alrededor y besarle. De las tres, la última era la idea más poderosa, pero su orgullo había tenido mucho tiempo para fortalecerse.

-He decidido establecerme en tierra. Mañana bajarán todo lo necesario en un raptor.

Quiso permanecer impertérrito pero no lo consiguió, no a sus ojos. No a ella que había comenzado a conocerle tan bien. Ya había visto demasiada decepción en sus ojos para no reconocerla.

-Bien, -hizo una pausa donde pudo verle apretar imperceptiblemente la mandíbula. -¿Necesitas algo de mí?

“Te necesito a ti” quiso susurrar, pero se obligó a permanecer en silencio.

Sería tan fácil dejarse al descubierto.

-Tan sólo quería que lo supieras -dijo en su defecto.

Bill volvió a levantarse y a acercarse hasta la puerta.

-Creo que es una buena idea.

¿Lo era?

Ya se estaba arrepintiendo.

-¿Qué vas a hacer con el tratamiento? Creo que sería mejor que continuaras con él… aquí.

Antes de habérsela pedido ya le ofrecía su opinión, una que parecía casi esperanzada por ser aceptada, o eso fue lo que estaba desesperada por ver. Una muestra de cariño en algún lugar recóndito.

Se quedó congelada durante un momento. No había pensado en el tratamiento, o mejor dicho a la falta de él.

-No lo sé -confesó.

-¿Cuánto durará el parón? -preguntó sin darle mayor importancia.

¿Ya había hablado con Jack?

Contuvo su expresión para que no se le colara la sonrisa que estaba deseando manifestarse.

Sus años como político no la habían preparado para mentirle descaradamente a Bill. Ni quería hacerlo tampoco.

-Si no te importa hablaremos más adelante de ello.

Por primera vez en semanas Bill se acercó hasta ella y la tocó. Tocó su brazo, lo rodeó con suavidad y la miró con una preocupación contenida que consiguió desarmarla.

-¿Estas bien? -y su susurro dejó entrever toda la preocupación que había quedado oculta bajo una máscara que pretendía ser inescrutable.

Por primera vez en días le dirigió su sonrisa más auténtica.

-Perfectamente.

No hubo contestación, pero el alivió flotó alrededor de Bill y no pareció darse cuenta de que había comenzado a acariciarle el brazo con el pulgar hasta que a ella le recorrió un escalofrío. Cuando iba a apartar su mano de ella, fue Laura quien, automática e inconscientemente, alargó el brazo para apretar la mano de Bill.

-No te preocupes -quiso darle a su voz un tono jovial pero sólo consiguió un sonido ahogado, demasiado agudo, demasiado profundo y con demasiado sentimiento.

El silencio inundó la habitación.

-Creo que es mejor así -susurró él por fin.

Ambos sabían que no se refería al tratamiento.

Su sonrisa murió en alguna parte de su cuerpo y algo se partió dentro de ella, cuando, después de todo ese tiempo que pensó que tal vez él se estuviera preparando para una conversación de verdad, lo único que hacía era prepararse para dejarla marchar.

Quiso quejarse, gritarle que estaba cometiendo un error, pero no le salieron las palabras. Las fuerzas comenzaron a abandonarla y la única maldita cosa que fue capaz de hacer fue asentir y tratar de salir huyendo de su habitación para llorar en algún rincón oscuro de su cuarto. Allí donde no la pudiese ver, donde pudiera extirparse el dolor a gritos y esconderlo bajo la cama.

Y eso fue lo que hubiese hecho si Bill no la hubiese vuelto a agarrar del brazo para besarla con desesperación.

***

BILL

Intentó decirse que era lo mejor, pero cuando fue consciente de que no iba a tener la oportunidad de verla cada día, en cualquier momento que lo deseara, el miedo a perderla fue mayor que todo lo demás.

La necesitaba, maldita sea.

La quería.

Como jamás pensó en volver a querer a nadie, más de lo que estaba acostumbrado, más de lo que jamás había ofrecido y perdido.

La estrechó entre sus brazos con fuerza y la besó con todo el sentimiento que había acumulado durante meses. La notó temblar y estrechó su abrazo. Tenía ganas de llorar. Cómo le habían faltado sus manos, esas que ahora se agarraban a su cuello como si de ello dependiese su vida.

¿Había sido egoísta? ¿Tenía derecho a pedirle algo?

Qué confundido estaba si creía que podía merecerse una atención completa, no con una mujer como ella, no cuando no era capaz de darle todo lo que necesitaba. Ella merecía más. Y aún así, no podía evitar que le mataran los celos, la envidia.

No, no podía permitirlo. Más que eso, no podía soportar el hecho de no sentirla cerca de él.

Aceptaría cualquier cosa que ella quisiera darle. Cualquier cosa por no perderla. Con estar cerca de ella.

-Dioses Bill…, cuánto te he echado de menos -sus palabras acariciaron sus oídos igual que acariciaron su alma, y esta vez fue ella quién atacó su boca de nuevo.

Casi había olvidado a qué sabían sus besos, y sabían a gloria. Suspiró sonoramente mientras perdía una mano en su nunca para atraerla aún más hacia él. Las pequeñas manos de Laura deshicieron el nudo de su bata con celeridad y se colaron por debajo de ella para acariciar la tela de su pijama, su pecho. Gimió cuando las palmas de sus manos le transmitieron un calor casi abrasador. Dibujó la línea de su cintura con la mano derecha y cuando llegó a su cadera la atrajo hasta la suya para sentir todo su cuerpo.

Laura rompió el beso tan sólo para besarle la mejilla, el mentón, el cuello, morderle, succionarle mientras dejaba caer al suelo la bata con la que había empezado a debatirse.

La llevó por su habitación trastabillando contra muebles y paredes, sin dejar de tocarla ni un sólo segundo, sin apartar sus manos de ella por miedo a que desapareciera, a darse cuenta de que tan sólo era un sueño. Le quitó la bata de franela gruesa que no le dejaba sentirla todo lo que necesitaba, y logró arrancarle un gemido cuando sus caderas la embistieron contra la mesa de su despacho.

Notó sus manos enterrarse en su pelo, aferrarse a la camisa de su pijama con tal fuerza que creyó que la desgarraría. Bajó su mano derecha poro su cadera y acarició su trasero con posesión, y, en un movimiento fluido, la sentó sobre la mesa y se colocó frente a ella mientras se abría para él.

Dioses, tenía que estar soñando.

Aquellos días habían sido tan irreales y ahora…

Embistió entre sus piernas.

El jadeo de Laura contra su oído le excitó todo lo que podía soportar. Arrastró ambas manos por los muslos de la mujer que le estaba llevando a la locura, llevando consigo el camisón. Lo hizo con tal suavidad que llegó a provocar las quejas de Laura.

No quiso pensar en Baltar, no ahora. Estaba allí, con él, porque ella quería, porque le quería, se repitió. Podría tener a cualquiera y, sin embargo, era él quien le estaba clavando su erección en la cadera. Aquel pensamiento burdo terminó de enloquecerle. Atacó su boca con ansia, manoseó su trasero con fuerza y volvió a embestirla. Las piernas de Laura se envolvían alrededor de su cadera y sus manos querían abarcar toda su espalda. Sintió sus uñas clavarse en su espalda, le araño, le mordió.

Era demasiado.

Demasiado para soportar durante un tiempo excesivo.

Cómo si pudiese leerle los pensamientos sus manos volaron hacia la parte delantera del pantalón de su pijama y con maestría, con eficacia, como tan sólo ella sabía hacer las cosas, reveló su prominente erección, y antes de que pudiese darse cuenta; le guiaba hasta su cuerpo, apartaba su ropa interior y le hundía en ella.

Un suspiro conjunto llenó la habitación. La satisfacción de estar dentro de ella no podía compararse con nada que hubiese vivido antes. El calor a su alrededor le mareo, hizo que le fallaran las piernas y se aferrara a ella con todas sus fuerzas. Saboreó el momento cómo si fuera a ser el último, como si no existiera nada más después de aquello. Se acomodó a su cuerpo, y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para esperar y no empujar en ella hasta perder la cordura.

A diferencia de eso se movió con suavidad, apenas resbalando en su cuerpo, moviéndose con tal lentitud que pensó que Laura le abofetearía si no seguía sus órdenes. La cadera de Laura se desbocó contra su pene e hizo que se le escapara un jadeo, se agarró a ellas con fuerza y siguió su ritmo, empujándola hasta donde se lo pedía, tratando de llegar más allá. A Laura comenzaron a escapársele pequeños gritos contra su oído. Se iba a morir de placer. La vio echar la cabeza hacia atrás, agarró su trasero y empujó con toda la fuerza que le quedaba. Su nombre envuelto en un grito vibró en las paredes de la habitación, en su cerebro, en su alma. Las uñas se clavaron en su espalda y cuando los espasmos se sucedieron a su alrededor creyó deshacerse, morir y desaparecer en una oleada de un placer tan exquisito que podía haber comenzado a tener fe, porque aquella sensación no podía ser menos que divina. Jadeó sin dejar de empujar, -¡oh, dioses, Laura…! -trató de contener su garganta y mordió su cuello mientras gemía, mientras la embestía cegado por el placer para llegar, por fin, a la culminación más absoluta.

Se le iba a salir el corazón del pecho.

Estaba agotado y respiraba con dificultad. Dejó caer la frente sobre el hombro de Laura y aspiró su perfume. Dioses, olía tan bien…, sabía tan bien. La abrazó con fuerza, no quería que aquel momento terminara nunca. Sintió las manos de Laura acariciar su pelo tan cariñosamente que le enterneció. Levantó la cabeza y besó su cuello hasta llegar a la marca roja que tenía en el hombro derecho.

La miró a los ojos, culpable.

-Lo siento, te he hecho daño -se disculpó. Y la disculpa viajó más allá de la barrera física, abrazó la emocional en silencio a la espera de ser escuchada, reconocida.

No tuvo que esperar demasiado. Los labios de Laura le besaron suavemente en los suyos propios y al tiempo que le miraba de igual manera, acariciaba su espalda en el mismo lugar donde antes había clavado sus uñas y tenido un orgasmo.

-Yo también te he hecho daño -le vio mirarle con timidez, con pena, con arrepentimiento. Y no necesito más.

Volvió a enterrar la cabeza en su cuello, a abrazarla.

-Bill…, no me voy a ir a ninguna parte -la oyó susurrar contra su pelo.

-Por si acaso -suspiró.

La sintió reírse entre dientes.

***

LAURA

Tenía que ser especial.

Quería que lo fuese. Por eso cuando salió de su reunión con el Quorum, una que incluso podría calificar como de provechosa, se dirigió a toda prisa a la habitación en la que pasaba todos sus ratos libres.

Podría atrincherarse en el cuarto de Bill para siempre, y así nadie sería capaz de arrebatarle las energías renovadas con las que ahora corría por los pasillos de Galactica.

Era una mujer nueva.

Los milagrosos besos de Bill, pensó mientras trataba de no echarse a reír.

Entró en la habitación y encendió las luces.

Tenía que ser perfecto.

***

Se quitó las gafas cuando sintió la compuerta abrirse. La habitación se fundía entre la luz tenue de algunas velas que había colocado estratégicamente por la sala. Recogió las piernas en el sofá y apoyó los codos en el respaldo mientras quitaba alguna de las arrugas del camisón que llevaba, al igual que las velas, con un propósito muy definido. Se sentía como una adolescente, pero si no era tiempo para aquellos juegos, ¿cuándo lo sería? Había aprendido a aprovechar las oportunidades cuando se le presentaban, y por algunas había estado esperando demasiado tiempo.

Bill Adama apareció en el salón con una visible sorpresa en el rostro.

-Hola -susurró tentadora con una sonrisa en los labios.

-Hola -contestó él al tiempo que se acercaba para sentarse a su lado-. ¿Y esto?

-Hay algo que quiero decirte.

Después de su reconciliación quiso explicarle punto por punto los pequeños detalles; por qué su enfado era injustificado; en lo lejos que había estado de la realidad; en el tiempo que habrían ganado si la hubiese escuchado tan sólo un poco antes; en los disgustos que se habrían ahorrado. Por desgracia en los días siguientes tuvieron otros asuntos más inmediatos que atender, y la charla quedó en su cabeza subrayada y en negrita con una letra bien grande que decía: “pendiente”.

-¿Vas a pedir mi mano? -preguntó tratando de contener una sonrisa.

-Quizá en la próxima ocasión cuando esté más en forma para hincar la rodilla en el suelo -dijo mientras se acercaba a él con una sonrisa para ayudarle a desabrochar la chaqueta de su uniforme.

Sonrió tímidamente mientras se dejaba hacer.

-En realidad quería mostrarte algo, Bill -susurró con seriedad.

-¿Eso no viene después del matrimonio? -bromeó, ganándose una palmada suave en el pecho.

-Bill… -hizo una pausa y se mordió el labio inferior-, es sobre Baltar.

Pudo notar cómo todos los músculos bajó su traje se tensaban al instante.

-Laura…, no tienes porqué darme explicaciones -y sus palabras salieron de su boca como si le costase un esfuerzo sobrehumano pronunciarlas.

-Lo sé -sonrió. Que hubiese aceptado, aún siendo mentira, el hecho de que pudiera estar con otro hombre y a pesar de ello no quisiera renunciar a su cercanía fue algo que la desarmó por completo.

Se acercó a él aún con la curva en sus labios y le habló en tono confidencial.

-Quítame la peluca.

Bill frunció el ceño durante unos instantes y la miró sin comprender, sabía que no era aquello lo que había esperado pero aún así obedeció. Lo hizo lentamente, como si tuviese miedo a hacerle daño, como si esperara que se arrepintiera en el último momento. Nunca había estado sin ella o un pañuelo delante de él.

Vio como sus ojos se abrían de par en par al revelar su pelo castaño rojizo aún demasiado corto como para salir en público con él, al menos para su gusto.

-¿Cómo…? -la pregunta murió en sus labios, parecía encandilado. Enterró los dedos lentamente en su cabello.

Cerró los ojos e inclinó la cabeza contra su mano. No podía recordar ninguna sensación más agradable que las manos de Bill tocándola. Un suspiro murió en sus labios cuando continuó acariciándola.

-¿Cómo es posible…? ¿Laura?

Abrió los ojos para enfrentarse a su perplejidad.

-Baltar.

Bill frunció el ceño de nuevo mientras procesaba la información.

-¿Él te ha…?

-Sí. Todo lo que viste, todo, fue por ese motivo, Bill. No por ningún otro. No había ningún otro -dijo convencida, alegre de poder aclararlo por fin.

-No puedo creerlo -dijo más para sí mismo que para ella.

-Créelo, tengo resultados médicos que lo demuestran -sonrió de modo conciliador.

Y antes de que pudiera decir nada más, Bill la abrazaba con fuerza enterrando la cabeza en su cuello. Podría acostumbrarse a aquella sensación. Iba a hablar cuando notó la humedad en su hombro.

-¿Bill? -su voz se quebró al igual que lo hizo su alma en el mismo momento.

Levantó la cabeza para mirarla, las lágrimas ya corrían por sus mejillas libremente entonces.

-Dioses, Laura -cogió su cara entre las manos-. He estado tan cerca, tan malditamente cerca de renunciar a ti.

-Lo sé -dijo tristemente-, pero no lo has hecho -sentenció.

-No vuelvas a permitirme llegar tan lejos, jamás. Por favor… -sus suplica quemó todo rastro de sus dudas, de sus miedos, y tan sólo el sentimiento de sobreprotección llenó su pecho. Y por absurdo que pareciera, quería hacerlo, protegerle de todo cuanto pudiera causarle tanto daño como el que había provocado. Verle así era… desgarrador. Abrió sus brazos en una silenciosa invitación que fue aceptada al instante. Le acunó entre palabras tranquilizadoras que borraron al instante las últimas y horribles semanas que habían vivido separados.

Aquella noche el sexo llegó suave y despacio cómo una bendición..

***

GAIUS

El tiempo en aquella parte del planeta era notablemente más agradable. El viento azotaba las olas del mar con fuerza, pero los rayos del sol bañaban la tierra dándole un tono dorado que llenaba de falsa vida aquel entorno tan triste y gris como su anterior asentamiento.

Metió las manos en los bolsillos y se asomó a un saliente rocoso para ver trabajar con ahínco a los civiles que, como él, querían construir un nuevo hogar, una nueva familia. No escogía aquel lugar semana tras semana para inundar sus pulmones de aire puro por azar. Los niños jugaban cerca de allí en un pequeña tienda de campaña que cada semana crecía un poco más, y todos los lunes, Laura Roslin daba fe de que aquello sucediera. La escuela se había vuelto su segundo paradero más asiduo, incluso por delante del Quorum.

Sonrió cuando el culpable de sus encierros más prolongados se detuvo a su lado.

-Almirante -saludó sin mirarle.

No hubo respuesta.

El pelo de Laura era azotado por el viento mientras trataba de mantener un poco de orden entre los pequeños que ahora, y cada principio de semana, se abalanzaban sobre ella. Su color castaño era tan brillante, desordenado y con la misma vida con la que lo recordaba hace tan sólo un año. Ahora aquel pelo indomable le caía justo hasta los hombros.

-Gracias -escuchó decir en un susurro a la voz ronca de Adama.

-Ha tardado -habló con tranquilidad.

-Ni si quiera iba a venir -reconoció en un gruñido.

No lo dudaba. Pero allí estaba al fin y al cabo.

-Es hermosa, ¿verdad? -hizo un ademán con la cabeza para señalar a la mujer que ahora hablaba con las madres. Hizo una pausa antes de continuar.- Me hubiese acostado con ella si ella lo hubiese querido -reconoció con la certeza de que estaba tentando a su suerte. Pero por una vez, iba a ser totalmente sincero con aquel hombre. Si hubiese podido escuchar los dientes de Adama rechinar en algún momento, hubiese sido aquel. Pero antes de que pudieran enfrentarle, prosiguió-. Pero no fue así -le miró. Aquel viejo hombre también se merecía un poco de felicidad.

-No se equivoque, mi opinión sobre usted no ha variado lo más mínimo -le espetó con convicción.

Se le escapó una sonrisa.

-Almirante, lo que no se conoce no se entiende, y lo que no se entiende…,-le miró de nuevo- se odia. A veces -prosiguió-, los gusanos se convierten en mariposas ¿sabe?

Por primera vez en aquella conversación Adama le dirigió la mirada.

-Un insecto siempre será un insecto -y sin más explicaciones se dio la vuelta y desapareció.

Volvió a mirar al horizonte, a Laura. Los niños se agolpaban a su alrededor buscando la atención de su maestra. Podía verla organizándolos, mostrándose justa, cuidándolos, mimándolos. Podía verla reír, brillar. Podía ver lo que durante cuatro largos años había tratado de hacer con lo que quedaba de la humanidad en aquel reducido grupo de niños. Distinguió con suma claridad, incluso desde aquel saliente angosto, su ansia por protegerlos. Por protegerlos a todos.

Sonrió ante la certeza de que, por fin, todo era como debería ser.

***

FIN

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[Fanfic] Insecto (4ª Parte)

Insecto

Summary: Decepciones, inseguridades y mucha frustración.

Pairing: Adama/Roslin, Baltar/Roslin.

Rated: M

Spoilers: 4ª Temporada

***********

LAURA

Las naves habían partido de nuevo. Una semana en Galáctica, y las mismas naves que habían levantado el vuelo la primera vez volvían a estar fuera durante otras dos semanas. Bill volvía estar lejos de ella.

En aquella ocasión no hubo despedida, no hubo una palabra de cosuelo, no hubo un “hasta pronto” susurrado contra el cuello de su camisa. No hubo besos, ni caricias.

En aquella ocasión ni si quiera salió de su cuarto.

No habían vuelto a hablar, ni a verse. Los asuntos oficiales los trataba con Tigh, el enviado al que había comenzado a utilizar Bill para mantenerla lejos de él. No había querido saber nada más de ella desde su último encontronazo y ella no se había dignado a explicar la situación.

¿Venganza? ¿Vergüenza? Qué importaba ya.

Se había recuperado del cáncer de forma milagrosa y, paradójicamente, se sentía más muerta que nunca.

Dejó caer los informes del Quorum sobre la mesa y se estiró pesadamente. Aquellas reuniones se habían vuelto un suplicio, más aún si era posible desde que el contacto con la gente se había vuelto una dificultad casi insalvable a cada minuto que pasaba.

La expedición había partido hacía tan sólo unas horas y curiosamente fue entonces cuando comenzó a echarle de menos hasta el punto de dolerle el pecho. Aunque no hablaran saber que podía acceder a él en cualquier momento la mantenía tranquila, a pesar de su discusión. Ahora sin embargo todo estaba mal, él se había ido donde ella no podía alcanzarle y a ella había comenzado a invadirla una ansiedad tan profunda que a menudo no la dejaba respirar.

Dos semanas.

Tan sólo dos semanas.

Y tal vez podría pegar los pedazos de una relación que no estaba dispuesta a dejar que se quebrara con tanta facilidad como su cuerpo y su ánimo. Tal vez ya no creía en los dioses, en la humanidad, en su propia supervivencia, pero aún creía en él.

La melancolía la asaltó de repente y se vio a sí misma abrazándole en Nueva Cáprica. Una vida tranquila, una vida feliz, una vida con él… ahora podía conseguirlo. Si Bill estaba con ella podía hacerlo.

Evitó pensar en las imágenes de Baltar tocando su cuerpo que le venían de tanto en cuando. Agriaban su humor y la hacían avergonzarse hasta el punto de que una arcada se hiciera patente en su garganta. Sacudió la cabeza. Resolvería eso a su debido tiempo.

Por el momento, necesitaba sobrevivir.

Se levantó de la silla para meterse en la ducha, y cuando estaba a punto de comenzar a desvestirse se le ocurrió una idea mucho mejor.

***

Unos suaves golpes en la puerta la sobresaltaron. Salió del baño en albornoz y se colocó la peluca que había dejado sobre el escritorio de Bill antes de acercarse a abrir.

-Cuando no la encontré en su cuarto supuse que estaría aquí.

Saul Tigh entró sin permiso como si estuviera en su propia habitación.

Suspiró.

No tenía muy claro si su actitud le molestaba o le agradaba el hecho de tener alguien de confianza con quién hablar.

-¿Deseaba algo, Coronel? -dijo cansadamente mientras cerraba la puerta tras él.

-Sí -le contestó sin más.

Se sentó en el sofá de cuero y esperó a que prosiguiera, cosa que no hizo.

-¿Y bien? –preguntó mientras levantaba la cabeza para mirarle y alzaba las cejas- ¿O por ser uno de los cylon más antiguos tendré que darle cuerda?

Saul sonrió y se sentó pesadamente a su lado.

-Me preocupa el viejo.

Se le hizo un nudo en la garganta. Lo último que esperaba era que Tigh viniera a hablar de su relación con Bill.

-¿Por qué? -preguntó con suavidad.

-Sabes porqué -la miró con seriedad.

Se quedó en silencio.

Sí, lo sabía demasiado bien.

-No sé lo que ha pasado entre vosotros, ni quiero saberlo, pero el hombre que se fue esta mañana no fue el mismo que se fue en la primera expedición.

-Lo sé -susurró.

Ella tampoco era la misma desde que llegaron a aquel maldito planeta.

-Tan sólo quería que lo supieras. Ese hombre ya ha sufrido bastante -dijo mientras se levantaba y caminaba hacia la puerta-. Si no vas a hacerle feliz -se giró antes de salir- al menos déjalo tranquilo.

Y si aquello no sonó como la advertencia velada que era, que los dioses bajaran para comprobarlo.

***

BILL

-¿Papa?

Lee asomó la cabeza dentro de su pequeño camarote. Había pasado los últimos días visitándole cada vez más a menudo. No debía de estar dando resultado la coraza de hierro que había intentado mantener desde que despegaron de la tierra, de hecho, lo único que consiguió fue que su pena se colara entre las grietas que Laura había creado sin ningún esfuerzo justo el día de su llegada.

Cogió las gafas de su mesita y se incorporó sobre la cama.

-Papa, traigo los informes del último reconocimiento.

Alargó la mano sin demasiado entusiasmo para coger los papeles que su hijo le ofrecía. Hacían esto más de diez veces al día, y estaba cansado de soportar una decepción tras otra.

Si su mente no hubiese estado tan pendiente de las andanzas de Laura, se hubiera dado cuenta de la sonrisa que había comenzado a escaparse de los labios de Lee. Miró los informes y tuvo que leerlos tres veces más para creerlos, para ver que realmente no era una visión.

-¿Un sitio habitable? -no daba crédito.

Su hijo se sentó a su lado emocionado, estaba deseoso de explicarle sus pesquisas.

-En este valle -señaló el mapa-, los niveles de radiación son mucho más bajos; debió de ser uno de los lugares más apartados de la guerra. Por lo tanto en muchas de las zonas, aunque sean pequeñas, es posible un asentamiento y es viable la agricultura. Puede que tan sólo para unos cuantos años, ¡pero es mucho más de lo que tenemos ahora, papá! -le agarró del brazo y lo zarandeó levemente para que compartiera su dicha con él-. Y sin duda es mucho mejor que Nueva Cáprica.

Una sonrisa murió en sus labios al recordar el año en aquella roca desértica. Un baile, una noche, su risa. Era inevitable, todo le recordaba a ella. Todo.

-¿Estamos absolutamente seguros de que podremos vivir allá abajo?

-Totalmente -le vio contestarle triunfal.

-Bien, en cuanto la última nave de reconocimiento haya terminado la exploración quiero todos los datos sobre mi mesa. Estudiaré la cuestión cuidadosamente y volveremos con las buenas noticias a Galactica -habló sin demasiado ánimo.

-¿Qué ocurre? -le preguntó su hijo de repente.

Levantó la cabeza del papel para mirarle con desgana.

-Nada, hijo -contestó con tranquilidad.

-Es ella, ¿verdad?

Siempre es ella.

-Papá…

-No, Lee. Esta vez no.

No iba a hablar con él de aquello.

Le agradeció que se retirase sin mediar palabra y le dejase sólo con la rabia que se había acomodado en su pecho desde hacía días.

Todo su humor giraba entorno a un nombre. El odio, la rabia, la frustración, la angustia, la impotencia. Todo. Y sin embargo ese nombre no era Laura Roslin, porque ella se convertía cada noche en un fantasma que conseguía que sus emociones la traspasaran sin tocarla, sin afectarla, y se focalizaran directamente sobre una sola persona. Gaius Baltar.

No podía centrar su odio contra ella, porque no podía hacer otra cosa que no fuera amarla, por mucho que eso le pesara en aquel momento, por mucho que quisiera hacer todo lo contrario. Y eso, más que cualquier otra cosa, lograba enfurecerlo.

Se estaba acostando con el maldito Gaius Baltar, se repetía cada noche. Ella que tanto le había odiado, él que había traicionado su causa, sus principios. ¿Cómo era posible?

Trató de hacer oídos sordos. De olvidar lo que habían visto sus ojos. Pero era tan endemoniadamente difícil y doloroso que, sobrellevarlo se había convertido en la mayor carga que podía recordar haber llevado sobre sus hombros. Incluso mayor que el peso de la maldita supervivencia humana.

Dio un puñetazo sobre la mesita. Necesitaba seguir adelante, no podía romperse, no otra vez. Sin embargo, su mente no estaba dispuesta a cooperar. Docenas de imágenes vinieron a su cabeza sin previo aviso. Gaius tocándola, besándola, haciéndole el amor, con tal lujo de detalles que estuvo a punto de enloquecer.

Necesitaba saber la verdad.

Necesitaba la confirmación de sus labios.

Y cuando la tuviera, se moriría… o mataría a alguien con sus propias manos. Aún no lo tenía muy claro.

Recogió los informes que se habían esparcido sobre su cama y suspiró. A quién quería engañar. Si aquella había sido la decisión de Laura, no había nada más que discutir al respecto. Nada más por lo que luchar…

Con un nudo en la garganta se obligó a hacer su trabajo.

Al menos eso aún sabía hacerlo.

***

LAURA

Los días transcurrían tan lentamente que estaba segura de que si hubiese estado mirado un reloj podría haber visto pasar cada décima de segundo. Enterró la cabeza en la almohada y aspiró con fuerza para absorber cada partícula del aroma de Bill que tanto echaba de menos. Estar en su cama, bajo las mantas y rodearse de todas sus cosas la hacía sentir un poco más cerca de él, a pesar de que el sentimiento de pérdida aumentara cada mañana y se convirtiera en un nuevo tipo de angustia con la que no podía lidiar.

Dejaría la habitación intacta mucho antes de verle aparecer, su orgullo aún magullado no le permitía dejarla en una situación tan obvia y vulnerable. Le echaba de menos, sí. Pero no volvería a dejarse llevar antes de hacerle ver lo mucho que se había equivocado.

Un flashback de de Baltar empujando entre sus piernas con una marcada erección bajo la ropa interior volvieron a ella como una bofetada. Se tapó con la sábana y trató de olvidar que estaba asqueada de sí misma, ya no por el hecho de que casi había sucumbido, sino porque durante un instante había incluso deseado que pasara.

Bill se había equivocado, trató de convencerse inútilmente. Por poco, pero se había equivocado.

Se levantó de la cama cuando se dio cuenta de que tenía el camisón pegado al cuerpo, necesitaba ducharse, quizá así el agua también se llevara la culpabilidad que estaba comenzando a ganarle la batalla a un orgullo, quizá, sin sentido.

Entró en el baño y se quitó la ropa; pero, cuando estuvo a punto de meterse en la pequeña bañera, algo llamó su atención en el espejo, algo que hacía bastante tiempo había dejado de llorar y de tratar de no echar en falta. Se pasó la mano por el cuero cabelludo para verificar que efectivamente no estaba soñando. Su pelo había comenzado a crecer de nuevo.

De entre todo lo que había ocurrido los escasos cinco días que había pasado Bill en Galactica, ya había olvidado que la cura milagrosa de su cáncer era realmente lo más importante.

***

GAIUS

Caminó a paso ligero por los pasillos de Galáctica con una chaqueta de chándal abrochada hasta la garganta y la capucha calada hasta las orejas. Por el bien de su salud aún no era completamente seguro ir con la cabeza erguida por ningún rincón de aquella nave, al menos no en los rincones donde pudiese haber un mínimo de público.

Llegó hasta la puerta de metal custodiada por dos guardias armados hasta los dientes y con una ligera autoridad, y no sin miedo, pidió permiso para entrar en los cuartos del Almirante Adama.

No tenía muy claro que Laura quisiera verle tras las últimas circunstancias en las que se habían visto envueltos. En realidad, antes de aquello, no tenía muy claro que quisiera verlo en ninguna circunstancia, sin embargo ahora…

La puerta se abrió.

Había escogido la hora en la que menos tránsito había por aquellos pasillos normalmente atestados de gente, pero, por suerte o por desgracia (depende del punto de vista), no había caído en la cuenta de que tal vez Laura ya estuviese planeando dar por finalizada su jornada laboral y estaba a punto de irse a la cama.

La peluca caía graciosamente sobre los hombros semi desnudos que tapaba una desgastada bata de verano y bajo la que llevaba un camisón que no había sido diseñado para nada más que estuviera remotamente relacionado con dormir, sin embargo, sobre su cuerpo, su mente tan sólo quería adivinar el sinfín de curvas que se hallaba debajo.

-¿Puedo pasar…? -y para ser más consciente de ello, se le había secado la garganta por completo.

Laura le hizo un ademán para que entrara y, al pasar por su lado, su delicado perfume le envolvió.

Su sequedad bucal dejó de ser un problema al instante.

Meneó su cabeza con fuerza, no había ido a aquel cuarto con esa intención, maldita sea. Aunque no negaría que desde su último encuentro, no había dejado de pensar en ello, fantasear con ello, deseando que pasara una y mil veces más, con más fuerza, con más intensidad, con un final mucho más feliz.

Tomó asiento en el sofá antes siquiera de haberse planteado sentarse en ninguna parte. Había accedido a tomar un vaso de agua en algún momento de los que su mente había vagado por las piernas desnudas de Laura, y en aquel instante tan sólo se sentía atontado de la pura excitación que le provocaba estar, de nuevo, en una habitación a solas con ella.

El frufrú de su bata llamó la atención de la longitud de sus piernas, y el cinturón, ligeramente más apretado de lo que debería, dejaba entrever la pronunciada y maravillosa curva de su cintura.

Alto.

No podía continuar mirando a Laura de aquella manera. No había ido allí para eso. No le molestaría desde luego, pero no era ese su objetivo.

-¿Para qué ha venido?

Esa era la cuestión.

Se llevó el vaso a los labios antes de hablar y el frescor que le recorrió el paladar consiguió también despejar su garganta.

-Quería ver cómo te encontrabas -dijo sin más.

Laura se había colocado en el sillón individual más alejado del rincón del sofá donde se encontraba él en aquel momento. Muy útil para mantener las distancias, pero también muy engorroso para mantener una conversación con cierto grado de intimidad.

Se desplazó por el frío cuero hasta quedar a su lado y la miró fijamente. Dejó su mirada vagar por su cuello, sus hombros, sus brazos… analizando.

-Si ha venido para una nueva sesión de magreos, lo siento, se nos han terminado -la oyó decir con el habitual timbre de irritación que, estaba seguro, sólo le dedicaba a él.

Cogió su muñeca por sorpresa y la observó con cuidado.

-¿Pero qué demonios…? -Laura se zafó de su agarre y le miró malhumorada.

-Dime la verdad, Laura. ¿Ha sido él?

-O, si por el contrario, ha venido para averiguar si el Almirante Adama me maltrata ya puede irse por donde ha venido -se levantó de su asiento como una exhalación y se dirigió hacia la puerta.

Antes si quiera de haber pensado en qué hacer, sus pies ya habían tomado una decisión, y cuando se quiso dar cuenta estaba frente a ella bloqueándole el paso.

-No sé qué es lo que te ocurre Laura, pero no puedes seguir así, no puedes dejar que te haga esto…

La carcajada le pilló desprevenido.

-Créame cuando le digo que la única persona que me hace daño esta justo aquí, frente a usted, y ahora si me disculpa… -iba a pasar por su lado pero volvió a interponerse en su camino.

-¿Y qué hay de nuestra última reunión?

Esta vez fue ella quién se detuvo.

-Aquello… fue un error -le contestó en un susurro con la mirada perdida en alguna parte de la moqueta.

-No dudo que tú lo veas así -le contestó no sin cierta pena-. ¿Qué es lo que está mal?

-¿Por qué crees que ha de haber algo mal?

-Porque, normalmente, cuando pierdes los papeles conmigo tu primer impulso es meterme en la cárcel, no besarme.

Una risa triste pero sincera salió esta vez de los labios de la mujer que evitaba mirarle, y aún en aquella postura y con los dientes mordisqueándose el labio inferior, hizo algo que consiguió sorprenderle hasta el punto de enternecer los sentimientos más fogosos que pudiese albergar por ella.

-Desde que llegamos a este planeta, me siento… frustrada.

Se abrió para él.

Dio un paso en su dirección. No se movió. Bien, al menos no había vuelto a huir.

-Por algún motivo tengo la extraña sensación de que puedo ayudarte -susurró.

-¿La misma sensación que te trajo hasta mí para curarme el cáncer?

-Una parecida -admitió.

-¿Tendré que volver a desnudarme? -le preguntó con sorna.

Esta vez fue a él a quién se le escapó una sonrisa.

-No…, a no ser que lo desees.

Y por primera vez desde que se conocieron, compartieron una autentica mirada cómplice cargada de algo que podría ser definido como confianza.

***

BILL

-Bienvenido a bordo, Almirante.

Vio a Saul erguirse en un saludo militar. Le miró sin poder evitar que cierto recelo penetrara en la carne, se colara entre sus huesos y le pinchara el corazón a modo de recordatorio.

Cylon.

Era un cylon y, sin embargo, su pequeña alarma mental era incapaz de saltar cuando le tenía cerca. A sus ojos siempre sería el Coronel Tigh, su compañero, su amigo, sin importar qué era lo que su piel sintética escondiera debajo.

Caminó codo con codo por los pasillos de Galactica, sin prestarle atención a su incesante charla. Posar los pies sobre la tierra era un peso que no estaba seguro de que fuera capaz de llevar, y el pensamiento de una realidad dolorosa le llevó, de nuevo, a otro mucho más recurrente que su mente había batido una y otra vez en su cerebro con el fin de encontrar un sabor agradable y no aquel toque amargo con el que había subido en su raptor una semana atrás.

Laura Roslin.

Por más que intentara dejar a un lado todo lo relacionado con ella, insistía en meterse en su cabeza cuando menos lo esperaba y aunque siempre comenzaba con una sensación cálida en el estómago, el recuerdo de los últimos acontecimientos le hundía de tal modo, que a menudo las tareas más sencillas se habían vuelto un arduo trabajo a realizar.

Se sentía traicionado.

¿Tenía derecho a estarlo?

No era su mujer, ni si quiera habían hablado de su relación abiertamente, sin embargo una insistente voz en su cabeza le instaba a defender y proteger algo que sentía como suyo desde hacía mucho tiempo.

No prestó atención a su hijo que había salido con él de la nave y comenzado a seguirle, y tan sólo se dignó a mirar a Saul cuando el nombre de sus pensamientos vibró en voz alta.

-Iré a avisar a la Presidenta de su llegada.

-No -y su palabra sonó más cortante de lo que le hubiera gustado. -Ya me encargaré yo de avisarla -usó un tono que no admitía discusión alguna. Vio a Saul asentir lentamente. -Si no les importa ahora necesito descansar. En un par de horas volveré al CIC a relevarle, mientras tanto Lee puede ponerle al corriente de todo -dicho esto se paró delante de su puerta y les despidió sin más.

Cerró la puerta tras de sí y sintió alivio.

Necesitaba aclarar sus ideas, necesitaba una ducha, descansar y sobretodo necesitaba tiempo para prepararse antes de tener que enfrentarse a Laura.

Sin embargo, el destino a menudo tiene un raro sentido del humor.

Todos los músculos de su cuerpo quedaron congelados al ver un conocido traje de falda y chaqueta sobre una de sus sillas.

No…

No quería verla.

No podía verla.

Estaba convencido de que su cuerpo se rompería en mil pedazos si averiguaba qué era lo que pasaba realmente entre Baltar y ella. Baltar. Ni si quiera podía pronunciar su nombre mentalmente sin que le invadiera una furia incontrolable.

Antes de pensar más una maraña de contradicciones comenzó a latir en su pecho, dio un paso, temeroso de encontrarla, ansioso por hacerlo. Asomó la cabeza cuando llegó casi a oscuras al umbral de su cuarto y allí estaba. Tumbada en su cama, durmiendo plácidamente.

¿Qué demonios hacía allí?

Una parte de él quería hacerle creer que era por comodidad, y otra, deseaba más allá de todo límite creer que podía haber sido por su ausencia. Su caparazón había comenzado a resquebrajarse y ella ni si quiera estaba consciente. Se puso furioso ante su propia debilidad al ser consciente hasta qué punto esta mujer le tenía en sus manos.

Antes de darse cuenta ya estaba al lado de su litera y la miraba hipnotizado. Tenía el pañuelo de seda verde brillante atado bajo su nuca y sus hombros desnudos, gracias al bendito camisón que usaba últimamente, asomaban sobre la sábana azul de su cama. No podía negarlo, era hermosa.

Se sentó a su lado con cuidado de no despertarla. No era buena idea, era consciente de ello, si llegara a despertarse… No quería un enfrentamiento, no ahora. Pero necesitaba tanto su compañía…, dioses cómo la había echado de menos.

No lo pensó. Y cuando quiso dar marcha atrás sus labios ya depositaban un beso suave sobre los de la mujer que dormía tranquilamente. Se alejó de allí todo lo rápido que pudo. Más de una semana recreando la escena que había visto por última vez entre ellos, entre ella y Baltar, y todas sus defensas de desmoronan al encontrarla en su habitación. No podía permitirlo.

No sin estar seguro qué parte de la película se había perdido.

Salió de allí furioso consigo mismo y avivó el fuego con las escenas que se habían grabado en lo más hondo se sus retinas. Iba a agarrarse a todo lo que le fuera posible. No se permitiría caer de nuevo. Sabía, con absoluta certeza, que si esta vez se hundía, no conseguiría volver a salir a flote.

No sin ella.

***

LAURA

Se despertó tranquila. Con una paz interior que hacía mucho tiempo no sentía.

Había pasado horas de la noche anterior hablando con Baltar, y, para su sorpresa, en una de las muchas conversaciones que trataron con respecto la vida, la muerte y la maldita religión que la había llevado de cabeza desde entonces, consiguió llegar a una claridad mental que la llenaba por dentro, la elevaba y gratificaba, hasta límites que no había experimentado jamás.

Estiró su espalda sobre la cama hasta hacer crujir todos los huesos de su columna vertebral. Había dormido como un tronco, sin sueños, ni sudores fríos. No recordaba la última vez que había disfrutado tanto de una noche de descanso.

Se levantó de la cama con energías renovadas. Por primera vez desde que habían posado un pie en el planeta, tenía ánimos para enfrentar su jornada diaria.

Quién le iba a decir que sería gracias a Gaius Baltar.

Casi tuvo un ataque de risa al pensar en él como su guía espiritual.

Se vistió y adecentó con más ahínco del habitual.

Cogió su chaqueta y sus gafas, y a buen paso se dirigió a hacerle una visita al Coronel Tigh.

Ese día veía la vida de otro color.

***

Entró con energía en el puesto de mandos y toda la decisión que había acumulado en unas horas se fue al traste cuando tras la perenne iluminación de la mesa del CIC no se encontró con el tuerto que había venido a buscar, sino con un hombre que la miraba con sus dos ojos bien abiertos, analizándola, penetrándola.

Sin poder evitarlo sus piernas temblaron ligeramente, y aunque ella pensó que no la sostendrían, la llevaron, con cierta dificultad, hasta su lado.

-Almirante -y su rango salió de su boca con un hilo de voz tan suave que no supo si la había oído.

¿Cómo era posible que volviera a estar en la nave sin que ella lo supiera? Quiso arremeter toda su furia contra Tigh pero sabía de sobra quién había sido realmente el culpable de su desinformación.

Miró fijamente a Bill que parecía no advertir su presencia de lo concentrado que estaba en los informes que tenía delante.

-¿Cuándo han llegado? -exigió saber.

-Esta noche.

Su corazón le dio un vuelco.

¿Podía haber visto salir a Gaius de su cuarto? De ser así, y tras todos las demás pruebas… no quería pensar en qué podía haberse pasado por la imaginación de Bill.

No podía pensar en eso ahora.

Necesitaba concentrarse.

-¿Han tenido suerte esta vez? -trató de no denotar ningún tipo de sentimiento en su voz, pero tenía la impresión de que fracasaba estrepitosamente una y otra vez.

-Sí -contestó sin más.

-¿Sí? -le miró atónita. -¿Y cuando pensabas avisarme? -siseó en voz baja mientras se acercaba a él tratando de no llamar demasiado la atención.

-Pensé que se levantaría pronto para continuar el tratamiento y no quise molestarla hasta no tener todos los detalles -contestó sin levantar la cabeza.

-Muy amable por su parte, pero soy la Presidenta, y esta flota tiene un lugar prioritario frente a todo lo demás. Así que si no le importa, me gustaría ser la primera en enterarme de que la supervivencia humana no pende de un hilo tan fino como habíamos pensado en un principio -no tenía pensado que su primer contacto, tras el último, fuera tan seco y cortante, y mucho menos público, pero la desinformación le hervía la sangre.

-Muy bien, no volverá a ocurrir -Bill hablaba sin mirarla, sin levantar la voz, usando un tono monocorde que estaba consiguiendo exasperarla. -Tomé -le entregó una carpeta marrón-, aquí tiene toda la información que han recabado nuestros raptors en la zona sudeste del planeta.

Se quedó casi un minuto entero como una imbecil con la carpeta en la mano, sin abrirla, sin hablar, tan sólo mirándole fijamente.

-En cuanto todas las naves hayan repostado saltaremos a la nueva ubicación -hablaba sin dirigirse a nadie en concreto, como si hablara con su tripulación y no con ella.

-Bien -y la palabra tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para salir de su garganta mientras trataba de contener sus ganas de tirarle la carpeta a la cara.

Iba a darse la vuelta por salir por donde había venido pero decidió dejar las cosas claras, tan sólo para tener la certeza de que si su malhumor se manifestaba en voz alta, ella sería quien tuviese razón. -Ah, y Almirante, me gustaría saber todo lo que pasa en esta nave a partir de ahora -dijo en tono tajante.

-Descuide, si ocurre algo será la primera -dijo haciendo hincapié en la palabra- en enterarse.- Y por primera vez desde que habían comenzado a hablar la miró como si quisiera taladrar su cuerpo.

Un escalofrió le recorrió la espalda.

Asintió débilmente, como si todo el peso de un cáncer que ya no existía hubiese venido volando para posarse de nuevo sobre sus hombros.

Salió del CIC sin mirar atrás.

A cada minuto que pasaba estaba más convencida de que no podían posponer su conversación por más tiempo.

***

BILL

Abrió la puerta de su habitación con esfuerzo, aquel día había sido agotador. Habían saltado con toda la flota a las coordenadas de su último reconocimiento y algunas de las naves más pesadas habían decidido tomar tierra y pedir permiso para comenzar, sin más esperas de ningún tipo, la creación de un asentamiento permanente.

Tenían mucho que celebrar y, sin embargo, en lo único en lo que podía pensar era en quitarse la ropa y meterse en la cama para dormir una semana, o en su defecto, unas cuantas horas seguidas.

Tras su primer encuentro con Laura había tardado horas en volver a concentrarse completamente en su trabajo. Más de una semana sin verse y sus defensas casi no habían conseguido contener su primer enfrentamiento. Cuando estuvo listo para el siguiente decidió dirigirse él mismo a la enfermería, pero, para su sorpresa, no estaba allí. Según las explicaciones de Cottle el tratamiento requería un parón de doloxan por unos cuantos días. Y aunque en aquel momento el hecho de no tener una excusa para verla le decepcionó, al final decidió que era lo mejor.

Atrancó la puerta tras de sí y comenzó a desabrocharse la chaqueta. Dioses, le crujía todo el cuerpo.

Tardó unos cuantos segundos en darse cuenta que en su habitación había luz y no había sido él quien la había encendido. Se dirigió con paso veloz al salón y allí estaba. Sentada en el centro de su sofá, con una copa de licor en la mano, sin chaqueta, sin gafas y con las piernas cruzadas haciendo que su falda tensara partes de su anatomía que no quería mirar dadas las circunstancias.

Se preguntó si sería consciente del efecto que provocaba en él.

-Deberías estar en tu cuarto, descansando -dijo en el tono más amargo que consiguió. A pesar de que se alegraba tenerla de vuelta en su cuarto, no quería que fuera consciente de hasta que punto le afectaba tenerla cerca de él.

-Bill, tenemos que hablar -la vio inclinarse hacia delante y apoyar los codos en sus rodillas mientras con la mano libre le instaba a sentarse a su lado.

¿Aquel iba a ser el momento?

Apretó los labios con fuerza, no estaba preparado para lo peor. Aún no.

Sin mediar palabra se dirigió al mini bar y se sirvió una generosa copa de whisky puro, y, haciendo caso omiso de la mano que Laura tenía apoyada sobre el sofá a la espera de su compañía en el mismo, se sentó en la butaca independiente que tenía a su lado.

Se sentó y esperó unos segundos interminables a que comenzara una historia que no estaba seguro de si quería escuchar.

La vio suspirar nerviosa y pasar su copa de una mano a otra mientras la miraba fijamente sin saber muy bien por donde empezar.

-Cuando nos viste la primera vez en la enfermería…

Las imágenes de las manos de Baltar tocando sensualmente el pecho de Laura, de ella misma sujetándole para que no las apartara, le golpearon en la cara tan fuerte, que fue incapaz de soportar el mismo recuerdo.

No.

No podía.

Esto tenía que ser mucho más rápido, o realmente no lo soportaría.

“¿Te has acostado con él?” quiso preguntarle pero ni si quiera era capaz de pronunciar tales palabras, la garganta le quemaba, le quemaba de auténtica rabia.

A diferencia de eso varió la pregunta hasta darle una forma más manejable para que no le hiciese demasiado daño al oírla en voz alta. Aunque, en su pequeño mundo, para él, seguía teniendo el mismo significado.

-¿Le has besado? -la interrumpió-. A parte del día en que os vi en la enfermería -y el hecho de volver a decirlo casi le daba nauseas-. ¿Le has vuelto a besar? -continuó manteniendo la mirada fija en su copa.

Rápido, conciso y quizá puede que incluso indoloro. Esperó una respuesta igual de contundente.

Esperó un sí, o mejor un no.

Sin embargo, todo lo que recibió fue un puto silencio. Uno que estaba a punto de acabar con él.

Levantó la vista y pudo ver la indecisión cruzar su rostro.

Una punzada de dolor le atravesó el pecho. Lo estaba esperando y aún así… no quería creerlo.

-¿Laura? -y su nombre murió en sus labios casi como una súplica de que no fuera cierto.

-Sí… -y su susurro fue tan leve que no estaba seguro de si lo escuchó o lo había imaginado. No hubo duda alguna cuando levantó la cabeza para mirarle a los ojos y pudo leer en ellos con total claridad la culpabilidad que corría por sus venas.

No podía ser verdad.

¿Se habían vuelto a besar? ¿Se habían acostado? ¿Había estado follándose a Gaius Baltar mientras él, como un gilipollas, pensaba que tal vez le echara de menos?

Demasiadas preguntas cruzaron por su mente y de ninguna quería respuesta tan sólo por miedo.

Se levantó bruscamente de su asiento, sin poder estar quieto por más tiempo.

-Bill, tan sólo ocurrió por un motivo… -y su voz sonó vacía en sus oídos. No quería tenerla delante. No quería saber nada más de aquel asunto.

Se dio la vuelta cuando vio que ella también estaba de pie a su espalda, y la enfrentó.

-Sé “exactamente” el motivo, Laura -no pudo contener la furia que estaba expeliendo por cada poro de su piel, y sus palabras salieron tan afiladas que hubiesen podido cortarle la ropa de haberse acercado un poco más a él. -Y no necesito escucharlo -finalizó acercándose a su cara casi raspándola en un susurro.

Pudo verla contener la respiración, contener las lágrimas, y quiso abofetearse a sí mismo por sentir el impulso de consolarla, de decirle que no importaba.

Pero no era cierto.

Le importaba.

Le importaba demasiado, maldita sea.

-Bill, por favor, déjame explic… -con un sollozo ahogado y una mano garrando su brazo, trató de retenerle. Pero en un movimiento limpio se zafó de ella.

-No… -gimió con voz grave. No quería escuchar más.

Un recuerdo lejano le abordó de repente y se vio a sí mismo sobre las rodillas de su padre.

“No son las ramas más fuertes las que superan la tormenta, sino las flexibles. Son las que no se doblan las que se rompen”.

Sin embargo, aquella tormenta ya había comenzado a astillar su pecho. Muy a su pesar hacía años que había dejado de ser flexible.

Salió por la puerta de su habitación con un nudo en la garganta y su nombre vibrando en los oídos con la voz de Laura.

***

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[Fanfic] Insecto (3ª Parte)

Insecto

Summary: Decepciones, inseguridades y mucha frustración.

Pairing: Adama/Roslin, Baltar/Roslin.

Rated: M

Spoilers: 4ª Temporada

***********

LAURA

-Usted está enamorada de mí, ¿verdad?

Abrió los ojos con dificultad. Los párpados le pesaban como si estuviesen hechos de granito.

-¿Qué? -contestó desconcertada a la voz que le hablaba.

Cottle apareció a su lado con una pequeña linterna en la mano para mirarle las pupilas.

-Como siga apareciendo por la enfermería sin que yo la avise comenzaré a pensar que le gusto.

Laura sonrió.

-Ha sufrido un colapso nervioso -dijo después de reconocerla-, así que lo que necesita es descansar, deje las emociones fuertes para otro momento y haga el favor de bajar el ritmo o me veré obligado a mantenerla aquí indefinidamente.

Asintió cansada y quiso llevarse la mano a la cara para frotarse los ojos pero algo se lo impidió. Buscó el motivo de su parálisis y vio la mano de Bill sujetar la suya con dulzura mientras que con la cabeza apoyada en el colchón dormía placidamente.

Estaba segura de que no había conseguido dormir en una cama desde su llegada a Galactica. Estudió su rostro intentando descifrar si se había caído rendido, o realmente se había quedado con ella.

Cottle pareció leer sus pensamientos.

-Ha pasado toda la noche a su lado -la informó con tranquilidad-. Él fue quién la encontró y la trajo hasta aquí. Y he de decir, que en aquel momento no supe qué hacer primero, si mirar sus constantes vitales o administrarle a él un calmante -dijo mientras hacía un ademán con la cabeza para señalarle.

Por primera vez en demasiados días, una sonrisa feliz apareció en su cara. Se deshizo de la mano que la sujetaba sólo para acariciar despacio el cabello canoso que dormía en su cama. Enterró los dedos entre los mechones de su pelo, adoraba hacerlo más de lo que podía expresar con palabras, y suspiró agradecida, satisfecha de tenerle a su lado.

Se giró a su izquierda para contestar a su médico, pero éste ya había desaparecido tras la cortina. Supuso que viendo como inevitablemente sus manos habían corrido a tocar al hombre que se había quedado con ella toda la noche, pensó que había querido ser prudente y darles algo de intimidad.

A pesar de mover su mano lentamente por la cabeza de Bill, le sintió comenzar a despertarse. Le vio levantar la cabeza del colchón despacio, aún con los ojos entrecerrados y girarse para mirarla.

-Hola -le saludó en un susurro sin poder evitar que la sonrisa permaneciera intacta en su cara.

-Hola -contestó en el mismo tono tratando de desperezarse completamente. -¿Cómo te encuentras?

-Mejor -”ahora que estás aquí” se contuvo de continuar.

-Me alegra oír eso -iba a tocar su mano pero le vio contenerse. Como si intentase recordarse que estaba enfadado con ella.

Suspiró.

-Bill, la noche que llegaste, Baltar y yo…

“Llamada para el Almirante Adama, le requieren en el CIC”.

Los altavoces amortiguaron el final de su frase, aunque Bill ya había dejado de escucharla cuando mencionó el nombre de Baltar en voz alta.

-Tengo que irme -se levantó pesadamente de la silla pero antes de que pudiera irse lejos le agarró de la manga.

-¿Hasta la noche entonces? -no quiso parecer frágil ante sus ojos pero no sabía de que otra manera podía haber sonado cuando le hizo la pregunta con un hilo de voz.

No hubo contestación pero Bill asintió con la cabeza. Al menos aquello era mejor que nada.

***

GAIUS

Asomó la cabeza por la enfermería.

-Si busca a alguien con tacones y peluca está tras las cortinas de la tercera cama a la derecha. -El médico sujetó el cigarro entre los labios mientras rebuscaba algo en su mesa. -Tome -le tendió un sobre.

Lo había hecho. Lo cogió casi con miedo, pero antes de abrirlo espero ver la respuesta en los ojos del doctor Cottle.

El medico se quedó sin mediar palabra el tiempo suficiente para que sus nervios comenzaran a manifestarse. Alzó las cejas. -¿Y bien? -preguntó por fin.

-No sé como lo ha hecho, y no sé si quiero saberlo, pero debería ser usted quién le dé la buena nueva.

¿Había funcionado? Casi no salía de su asombro, una sonrisa sincera nació de la alegría que ahora corría por sus venas libremente.

-Gracias -se dio media vuelta y tuvo que hace acopio de todas sus fuerzas para no echar a correr, aún así caminó directo a la cama que le había indicado a grandes zancadas.

Cuando llegó a la desteñida cortina azul se detuvo para respirar profundamente y calmarse, la diferencia fue nimia y cuando vio que no iba a conseguir nada con sus inspiraciones, decidió aventurarse.

-¿Laura?

En ese momento la presidenta se levantaba de la cama mientras se alisaba los pantalones y la camisa. Levantó los ojos para mirarle y pudo notar como acto seguido comenzó a ponerse nerviosa.

-Doctor Baltar, ¿qué le trae por aquí? -le preguntó tratando de no mirarle.

Sonrió. La brecha de intimidad que habían abierto la noche anterior aún seguía sin cicatrizar, y por lo que veía, no era tan sólo por su parte.

-Un regalo -sin más dilación le tendió el sobre cerrado que tenía en las manos.

Laura le miró sin comprender.

-¿Qué es esto? -le preguntó con el ceño fruncido mientras lo cogía.

-Ábrelo -dijo sin poder ocultar la sonrisa que volvía a crecer en su cara por momentos.

Esperó pacientemente a que Laura sacara todos los papeles de su interior y leyera su contenido. Con gran satisfacción vio cómo su cara pasaba de la incomprensión, al asombro, y cuando le miró por fin, a la duda.

-Dime que es cierto -dijo alternando su mirada entre los papeles, que habían comenzado a temblarle en las manos, y él.

-Lo es -dijo sonriente.

Vio cómo se sentaba lentamente en la cama y echaba los informes médicos a un lado para llevarse las manos a la cara.

Se acercó a ella despacio y le toco el hombro con suavidad.

-¿Estás bien? -se inclinó apenas sobre ella y se dio cuenta de que estaba llorando.

Antes de que pudiera darse cuenta de nada Laura se había puesto en pie y le abrazaba. No dudó un instante en hacer exactamente lo mismo. Saboreó aquel momento como si fuese un regalo del cielo, acarició su espalda susurrando palabras tranquilizadoras para que se calmara. El suspiro cálido de su voz en el oído le pilló desprevenido desencadenando una serie de escalofríos a lo largo de su espina dorsal que no fue capaz de controlar. Un simple “gracias” fue suficiente para descolocarlo. Laura alejó su cabeza para mirarle con la sonrisa más hermosa que jamás había visto. -Gracias -la oyó repetir, y en el mismo momento en el que ella se inclinaba para besarle en la mejilla su cuerpo actuó por instinto y giró la cabeza para encontrar sus labios suaves. Tan sólo un segundo y fue como si el tiempo se detuviera entre ellos. Laura no se movió, pero él, él… necesitaba más. Sin pensarlo demasiado se inclinó de nuevo sobre ella para besarla mas lentamente, casi con mimo, como tantas veces había fantaseado en hacer. Los labios de la mujer que tenía entre los brazos reaccionaron levemente y eso le animó abriendo apenas su boca, acariciando su cintura, estrechándola contra él. Dios, su calor era abrumador, su cuerpo era tan frágil y se adaptaba tan bien a sus brazos que no pudo evitar suspirar cuando sus pechos rozaron su cuerpo y presionaron contra él.

Aquello era un sueño.

Pero como todo sueño, alguna vez debía terminar.

Las pequeñas manos de Laura empujaron su pecho despacio al tiempo que un “no” inaudible salía de sus labios. Aún con su cara lo suficientemente cerca como para sentir la calidez de sus palabras habló en un susurro.

-Lo siento… -murmuró, aunque en realidad no era cierto, no sentía en absoluto haberla besado, de hecho lo había deseado profundamente desde que la había conocido. Lo que realmente sentía era que ella no estuviese a su alcance.

-Yo también -una voz potente habló a tan solo unos metros de ellos.

Bill Adama les miraba fijamente con la mandíbula apretada desde el otro extremo de la pequeña habitación, justo al mismo tiempo que el calor desaparecía de entre sus brazos y Laura se alejaba de él tanto como pudo.

-¡Bill!, el doctor Baltar solo vino para…

-¿Besarte? -dio un par de pasos tranquilos, como si quisiese mantener a raya la ira que, estaba seguro, le recorría por momentos.

-¡No! Él solo…

-¿No me va a preguntar que es lo que siento, doctor Baltar? -la interrumpió y por primera vez rompió la mirada intensa que mantenía con Laura sólo para mirarle a él.

Tragó. Aquello no tenía pinta de ser nada bueno, pero aún así se aventuró a preguntar.

-¿Qué es lo que siente?

El puñetazo llegó sin previo aviso, le tiró en el suelo y le partió la nariz.

-¡BILL! -sintió el grito de Laura, sus manos cálidas sujetarle el cuello, pero sobre todo sintió el horrible dolor que le palpitaba en la cara sin llegar a enfocarlo del todo. Lo último que fue capaz de recordar antes de cerrar los ojos y desmayarse fue el sonido de una cortina al abrirse y ya, casi en la lejanía, la voz del doctor Cottle preguntando qué demonios estaba pasando allí.

***

LAURA

Sus tacones resonaban por los pasillos de Galactica haciendo retumbar las paredes, su cabeza y su humor. Acababa de dejar a Baltar sangrando por la nariz en las manos del doctor Cottle, y, tras asegurarse de que no había sido nada grave, salió en busca del hombre que había tumbado a Baltar antes de irse de la enfermería sin mediar palabra.

Golpeó la puerta de metal con fuerza.

No hubo respuesta.

Cerró su mano en un puño y volvió atizar la compuerta de la habitación con más insistencia.

Esta vez oyó unos pasos amortiguados y el sonido metálico del cerrojo abrirse para ella. La puerta se entreabrió lo justo para dejar ver una rendija de luz. La empujó despacio y entró en la habitación de Bill. Cerró la puerta tras ella y en unas cuantas zancadas se acercó al escritorio para verle sentado, con la mirada perdida, una botella en la mano y la chaqueta medio abierta.

-¿A qué demonios ha venido eso, Bill?

-A nada -contestó impertérrito-. No he debido de hacerlo -dio un trago a la botella-, ha sido una estupidez.

-Sí, desde luego que lo ha sido -cruzó los brazos sobre su pecho.

-Es tu vida, puedes hacer con ella lo que te venga en gana. -Se levantó pesadamente del asiento y camino hacia ella hasta quedar a pocos centímetros de su cara. -Pero no esperes que me convierta en Saul Tigh -alzó la botella hasta la altura de su hombro y la dejó caer en la papelera-, porque yo no quiero a una Ellen en mi vida.

La bofetada fue sonora. Tanto, que le dolió la mano después de azotarle.

-Cómo te atreves… -la ira comenzó a brotar en su pecho a tal velocidad que no fue capaz de controlarla.

-Tan solo hablo de lo que he visto, y ya no digamos de lo que no he visto…

El segundo bofetón fue incluso más fuerte y más sentido que el primero. Por aquel entonces la cara de Bill estaba roja y su mano tremendamente dolorida, pero no le importaba, no le importaba nada, tan sólo quería descargar su frustración, contestar a sus insultos y hacerle sentir como se sentía ella en aquel preciso instante, con una fractura emocional.

-¡¡No he hecho nada!! -le gritó.

-¿¿Nada?? -contestó furioso dando un paso hacia ella e invadiendo su espacio personal. -¡No fue eso lo que vi cuando llegue de la expedición! -dio otro paso obligándola a retroceder-, ¡¡no fue eso lo que acabo de ver en la enfermería!! -avanzó de nuevo hacia ella hasta arrinconarla contra la pared-. ¿Qué es lo que tengo que pensar? ¡Dígame! ¿Que ha estado suspirando por mi regreso durante dos semanas, ¡cuando lo primero que veo al llegar es al maldito Gaius Baltar acariciándole los pechos!?

-¿¿Eso es lo único que te molesta?? ¿¿Que tenga sexo con otro hombre?? ¡¡Desde que llegamos a este maldito planeta no te has dado cuenta ni una vez del pozo en el que me he estado hundiendo!!

-¿¿Y ese es un motivo para meterse en sus pantalones?? -bramó.

Descargó su frustración a puños cerrados sobre el pecho que la tenía arrinconada contra la pared del cuarto.

-¿¿Con qué derecho te crees para juzgarme?? ¡¡Con quién folle es asunto mío!! ¡¡Y más cuando tú no eres capaz de hacerlo!! -había ido demasiado lejos, y lo sabía. La corroboración llegó en los ojos de Bill. Pudo ver su furia acumulándose en ellos a cada segundo que pasaba pero le dio igual, estaba fuera de sí, quería herirle, quería hacerle daño, tan profundamente como él se lo estaba haciendo a ella.

Sus puños siguieron golpeándole hasta que en un movimiento rápido Bill la cogió por las muñecas para que se estuviera quieta, aún así peleó por deshacerse de él, obviamente sin éxito. Terminó con las muñecas a cada lado de la cabeza y al hombre que tenía enfrente acercándose a ella con tal mirada de odio que volvió a tener ganas de abofetearlo.

-¿Y eso es lo único que te interesa a ti, Laura? -le habló tan cerca de su boca que pudo notar su cálido aliento a alcohol quemarle los sentidos. -¿Que te follen? -terminó en un susurró cortante y frío que la hizo estremecer al tiempo que se acercaba a ella, casi pegando su cuerpo al suyo. Creyó notar su excitación en la entre pierna pero no pudo asegurarlo, el roce contra su cuerpo había sido tan sólo un segundo.

-Que te jodan, Bill -siseó.

La boca de Bill se estrelló contra la suya con tal fuerza que si se hubiera llegado a dar contra la pared hubiese perdido el sentido. Aún manteniéndola sujeta frotó su cuerpo contra el de ella. Y sus apreciaciones no fueron falsas cuando efectivamente su erección se clavó en su cadera. Intentó deshacerse por segunda vez de las férreas pinzas en las que se habían convertido sus manos, forcejeó y tras unos instantes debatiéndose en el aire, la dejó ir tan solo para agarrar con fuerza su trasero para conseguir que sus caderas se juntasen lo máximo posible. Jadeó ante la sorpresa, jadeo de excitación, de rabia, de frustración.

Con sus manos libres trató de empujarle por los hombros, o eso fue lo que había pensado hacer antes de que actuaran por cuenta propia y terminaran aferrando las solapas de su uniforme para evitar que se alejara de ella. Quería más. Maldita sea, quería mucho más. Abrió las piernas y le permitió que se colara entre ellas. Con su rodillas como firme sujeción le sintió empujar hacia arriba para que notara su dureza justo donde lo necesitaba. Gimió.

La mano izquierda de Bill voló hasta su chaqueta y casi desgarró los botones, buscó su blusa para hacer exactamente lo mismo, llegó a su sujetador tan sólo para echarlo a un lado, para amasar su pecho izquierdo posesivamente. Dejó de besarla hambriento para morder su hombro, succionar su cuello. Sin embargo su cuerpo se quedo rígido de repente y dejó de moverse sobre ella para susurrarle con las palabras más heladas y llenas de ira que le había oído pronunciar jamás: “¿Esto es lo que te gusta que te haga Gaius Baltar?”

Hijo de puta.

Le empujó lejos de ella con todas sus fuerzas.

Le vio trastabillar sin oponer resistencia. Y cuando consiguió recuperar el equilibrio se quedó allí, de pie, mirándola arreglarse la camisa, odiándola.

-Fuera de mi cuarto -dijo impertérrito aún con la erección marcándose en sus pantalones.

No tuvo que decírselo dos veces.

***

LAURA

Llegó a su habitación hecha una furia, con la ira saliendo por cada poro de su piel. Tenía ganas de gritar, de golpear las paredes, estaba fuera de sí, estaba frustrada tanto emocionalmente como físicamente.

Aún intentaba procesar toda la información, cada parte de conversación, cada mirada, cada gesto. Dio vueltas por el cuarto como un tigre enjaulado y cuando su malhumor culminó en su punto máximo dio un grito y tiró la silla de un manotazo. Una punzada de dolor atravesó su muñeca de parte a parte, pero no le importó, no le importaba nada, tan sólo quería hacerse daño, hacerle daño a él. Hubiese vuelto a la habitación para continuar la batalla si no fuera porque su orgullo se lo impedía.

¿Realmente pensaba que se estaba tirando a Gaius Baltar?

Casi tuvo ganas de reír sino fuese porque entre sus piernas aún latía el fantasma de lo que pudo haber sido si Bill no hubiese detenido sus acometidas. Aquello la malhumoró hasta el extremo, porque a pesar de todo le deseaba. Deseaba hasta el más mínimo detalle de lo que había ocurrido en su habitación, a pesar de sus insultos, a pesar de su rudeza, a pesar de que no debería ser así como debía ocurrir.

Maldito.

El hecho de necesitarle hizo que volviera a perder el control, cogió lo primero que estuvo a su alcance sobre la mesa y lo estampó contra la pared más cercana. Vio los cristales esparcirse por la moqueta de su cuarto mientras se dejaba caer sobre la incómoda silla de madera.

Sollozó, gritó, lloró, dio un par de golpes violentos sobre la mesa que hicieron que su muñeca volviera a resentirse tan sólo para aliviar la rabia que había comenzado a quemarle en la garganta y, finalmente, tomó una decisión.

Nunca había sido una mujer a la que le hubiesen gustado las represalias, pero en aquella situación su cuerpo clamaba, suplicaba venganza.

Y por primera vez, quiso escuchar la voz maliciosa que le susurraba al oído.

***

Entró con paso seguro a la enfermería.

-¿Doctor Cottle?

Vio al médico asomarse por una de las cortinas de la derecha mientras se secaba las manos.

-Tenía entendido que los Presidentes eran personas muy ocupadas.

Hizo una mueca. No tenía el cuerpo para bromas, ni si quiera para las de Jack.

-Necesito que me haga un favor.

-Usted dirá -dijo mientras buscaba un cigarrillo en los bolsillos de su bata.

-Antes he dejado mis pruebas sobre la cama en la que estaba atendiendo al doctor Baltar, me gustaría recuperarlas y que sus resultados queden bajo la más estricta confidencialidad. -Le vio asentir sin mayor entusiasmo mientras encendía el mechero -Ni siquiera el Almirante Adama debe saberlo. -Fue entonces cuando el médico alzó las cejas y le prestó toda su atención.

Jack esperó pacientemente a una explicación que no llegó. -¿Es una orden?

-¿Debería? -contestó con frialdad.

-Creo recordar que ha pasado la mayor parte de sus tratamientos con usted, señora. ¿No cree que le extrañará que de buenas a primeras se detengan?

-Ahora el Almirante está demasiado ocupado en otros asuntos y no creo que eso sea un problema -dijo tratando de no darle mayor importancia.

-¿Usted cree? -le contestó su médico sarcásticamente.

Laura cruzó sus brazos sobre el pecho.

-¿Y qué he de hacer en caso de que se equivoque, señora? -volvió a replicarle.

Estaba comenzando a impacientarse.

-Invéntese cualquier excusa. Hágalo como quiera, pero no quiero que se sepa -contestó con agresividad.

Jack no contestó inmediatamente, le dio una calada a su cigarro mientras la observaba, y Laura sintió crisparse de nuevo todos sus nervios. Estaba a punto de gritarle qué parte de su petición no había entendido cuando habló.

-Muy bien, señora Presidenta, si hace el favor de esperar aquí, iré a por sus resultados.

No necesitaba que nadie más supiera el estado de su relación actual con Bill. Pero no iba a conseguir información sobre su cáncer por otra persona que no fuera ella. Si quería saber algo sobre su salud ya sabía a dónde debía acudir. Mientras tanto, iba a castigarle por no haberla dejado explicarse en su momento.

Cottle apareció de nuevo con un sobre blanco en la mano.

-Aquí tiene.

Cogió el sobre con cuidado y estaba a punto de darse media vuelta cuando volvió a escuchar la voz de su médico.

-¿Qué es esto?

Una punzada de dolor le recorrió el antebrazo cuando Cottle la cogió por su muñeca malherida. Un quejido involuntario murió en sus labios cuando Jack remangó su chaqueta para observar la hinchazón que, no se había dado cuenta, se había convertido en un bulto notable con un ligero color amarillento.

-¿Se puede saber que diablos ha hecho? -le habló malhumorado.

-Me he dado un golpe -respondió ella tajante.

-¿Contra algo de aproximadamente metro ochenta e insignia de Almirante? -bufó su médico.

Laura le lanzó una mirada de advertencia.

-¿Ahora que milagrosamente ha superado un cáncer por segunda vez está probando otras maneras de maltratar su cuerpo? ¿Acaso no ha tenido suficiente? -la regañó.

-He tenido más que suficiente, gracias -dio un tirón y se soltó de la mano que la sujetaba. -Si me disculpa -comenzó a caminar hasta la puerta cuando volvió a escuchar la voz de Cottle.

-Al menos déjeme bajarle la hinchazón.

Suspiró.

Se quedó quieta mientras Jack aplicaba hielo sobre su muñeca para bajar el doloroso bulto. Quiso llorar cuando con una increíble suavidad Cottle manejó su mano con cuidado. Se dio cuenta de que aquellas últimas semanas había visto más a su médico, la había tocado más su médico, se había preocupado más él por ella que Bill Adama.

***

LAURA

Aquello era una estupidez. Bill no iba a enterarse por aquellos medios, pero aún así…

Levantó la mano y titubeó antes de picar a la compuerta. Estaba a punto de darse media vuelta para volver por donde había venido cuando la puerta se abrió.

Una mujer joven se quedó mirándola con los ojos abiertos de par en par.

-Vengo a hablar con Gaius Baltar -dijo con calma.

-Pase -hizo un ademán para que la siguiera después de sellar la puerta de seguridad y la condujo por el medio de una enorme sala llena de personas de todas las edades. La sala estaba decorada como si fuera un gran santuario y en el medio un pedestal lleno de afrentas a la foto de un hombre. Gaius Baltar. No pudo evitar el pensamiento de que aquellas mujeres no estaban en sus cabales, pero ciertamente ella no era quién para juzgarlas. En un momento de debilidad ella también había creído en Gaius Baltar.

La mujer se detuvo delante de unas cortinas que daban a otra habitación más apartada.

-Ha pasado la noche compartiendo su sabiduría con nosotras, expiando nuestros pecados. Es posible que duerma.

Compartiendo “sabiduría”, expiando pecados. Sí, no le cabía ninguna duda de que debía estar agotado.

-Gracias -la despidió con una falsa sonrisa.

Apartó la cortina con cuidado y asomó la cabeza. Tuvo que esperar unos segundos a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad que reinaba en la estancia.

-¿Doctor Baltar? -le llamó.

No hubo contestación.

Entró en la habitación despacio, procurando no hacer demasiado ruido con sus tacones. Una enorme cama era básicamente el único mueble del cuarto. Se acercó despacio y pudo ver el pecho desnudo de Gaius sobre el colchón, la sábana enredada en su cadera y el pelo desordenado y revuelto sobre la frente.

Sse sentó en el borde de la cama con cuidado y acercó su mano derecha hasta su hombro para zarandearlo despacio.

-Doctor Baltar.

Éste gimió sin llegar a despertarse.

Volvió a probar suerte pero con un movimiento más insistente y Baltar comenzó a despertar. Se desperezó, se estiró y cuando la vio sentada a su lado, Laura tuvo que contener una carcajada al verle saltar como un resorte, sentarse en la cama y tratar de taparse con las mantas.

-¿Señora Presidenta? -la miró desconcertado-. ¿Qué hace aquí?

-Necesitaba verle -dijo sin más.

-Nunca pensé que escucharía esas palabras de su boca -admitió haciendo una mueca.

Laura sonrió, y Baltar se inclinó ligeramente hacia ella para hablarle despacio.

-¿Ha ocurrido algo? ¿Se encuentra bien? -si no le conociera, Laura hubiese dicho que parecía incluso preocupado.

Un sentimiento cálido la azoró de repente. Al igual que el día que posó su mano sobre su cuerpo desnudo, sintió una especie de conexión invisible. Ese pensamiento la estremeció y la hizo titubear. Sacudió su cabeza para apartar aquellas imágenes de su mente.

-No se preocupe, me encuentro perfectamente. Y de eso precisamente he venido a hablarle.

Vio a Gaius apoyarse en la cabecera de su cama como si le hubiese dado una noticia tranquilizadora. ¿Era posible que hubiese cambiado al fin y al cabo? Volvió a concentrarse en el tema que la ocupaba y carraspeó antes de que pudiese adivinar sus pensamientos.

-Me gustaría que los resultados de mi análisis fueran confidenciales -dijo tranquilamente.

-Cottle conoce esos resultados -le contestó.

-Cottle no será un problema -respondió a su vez.

-Bien -le habló con tono suave y una expresión totalmente relajada en la cara-, yo tampoco.

Le escrutó durante unos segundos. Parecía sincero. Y antes de que la duda asolara su cabeza, como era la norma aquellos días, le creyó.

Durante un momento no supo que hacer y se quedó allí mirándole en silencio. De repente se sintió absurda y comenzó a despedirse.

-Bien…

-Es Adama quién no lo sabe -la miró. No era una pregunta.

No contestó.

-Siento lo de tu nariz -dijo sin mirarle.

-Laura… -por el rabillo del ojo vio como se inclinaba de nuevo hacia ella. Un dolor ya conocido le atravesó el brazo de nuevo cuando las yemas de Gaius la tocaron. No hizo ningún sonido pero aún así el dolor se reflejó en su cara.

-¿Pero qué…? -Baltar cogió con delicadeza su mano para examinarla.

No se resistió, estaba demasiado cansada.

-¿Lo ha hecho él? -le preguntó, y por primera vez su voz sonó contundente, exigente.

Levantó la cabeza sorprendida, tanto por la entonación como por la pregunta. Pensó en la respuesta. No, no había sido él y sin embargo, sí había sido el responsable. Algo debió vislumbrar Gaius en sus ojos que le enfureció, y sin poder evitarlo se sintió halagada.

-Laura, no puedes permitir algo así.

Que más quisiera ella que poder evitarlo.

Sintió las manos de Baltar sujetarla por los brazos con cuidado pero aún así firmemente para obligarla a que le mirase.

-Laura. Esto es serio.

Le miró a los ojos, vio miedo, vio preocupación, incluso podría haber dicho que cariño, y no pudo evitar echarse a llorar. Se inclinó para ocultar sus lágrimas y antes de darse cuenta tenía la frente apoyada en el hombro de Baltar.

Los brazos de Gaius la rodearon, la inundaron de calor cuando se ciñeron a su espalda, a su cintura. Un susurro tranquilizador que no fue capaz de comprender vibró en su oído izquierdo.

Admitió, por primera vez, que se sentía necesitada, necesitada hasta un punto extremo. Necesitada hasta el hecho de romperse delante del hombre al que más había odiado de toda la flota. Y sin embargo…, era agradable recibir su consuelo.

Cuando sus ojos estuvieron lo suficientemente secos como para no ver borroso, levantó la frente para mirarle. En un movimiento lento rozó su mejilla contra la suya propia y como un acto reflejo Gaius la miró, sus labios rozaron su boca por un segundo, y al siguiente le ofrecía un beso suave, sin pretensiones. Volvió a su posición a apenas unos centímetro de ella y esperó su reacción. Una que no tardó en llegar.

Antes de pensarlo dos veces era ella quien se inclinaba sobre el pecho desnudo de Baltar y le besaba. Le besó con cuidado, le besó despacio, con ansia, con desesperación, y antes de que se pudiera dar cuenta su espalda estaba apoyada sobre el colchón.

La boca de Gaius viajó de sus labios a su cuello, besándola tiernamente, acariciando la piel que llevaba al descubierto con extremo cuidado, se dejó envolver por aquella sensación, por el calor, por el deseo, la frustración. Enterró la mano en su pelo y cuando inconscientemente, y por puro instinto, abrió sus piernas y Baltar se coló entre ellas, sintió su cuerpo paralizarse. Las imágenes de Bill embistiendo contra ella en la pared de su habitación se sucedieron una tras otra, y como un acto reflejo, sintió todo su cuerpo rechazar al hombre que estaba sobre ella intentando hacerle el amor.

No.

No podía.

-No… -sollozó, casi suplicó. Empujó el pecho de Gaius con unas energías que no tenía.

No se dio cuenta de que había comenzado a llorar de nuevo.

Era egoísta, débil y se asqueaba de ello.

No necesitó decir más cuando Baltar consiguió encontrar sus ojos, se apartó sin decir palabra. Y cuando una sonrisa apareció en su cara para darle a entender que todo estaba bien se sintió aún más humillada.

Necesitaba huir de allí, la vergüenza que sentía estaba a punto de estallar en sus venas y ya se había roto demasiadas veces a lo largo de veinticuatro horas.

-Laura, necesitas calmarte y ver las cosas con perspectiva -le oyó explicarle en un susurro.

Se levantó de la cama sin mirarle y se colocó la ropa antes de dirigirse hacia la puerta.

-De nada te servirá huir hacia adelante… -fueron las últimas palabras que le escuchó decir antes de salir de la habitación.

***

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