Archivar paraJunio 9, 2009

[Fanfic] Piano

Piano

Pairing: Bill Adama, Adama/Roslin

Rated: K

Spoilers: 3ª Temporada

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A veces, cuando tan sólo las luces renqueantes de los corredores se colaban entre las rendijas de Galactica, mientras los viper dormían al arrullo de los motores del hangar y los pilotos apostaban cubits, prendas y alcohol en busca de un mal consuelo; los fantasmas más oscuros de un líder ya consumido por la culpa se arrastraban por los pasillos hasta una habitación apenas iluminada, deshabitada tan sólo a altas horas de la noche.

Abrió la compuerta del improvisado bar con la misma dificultad de quién intenta cargar con un peso superior a su propia fuerza, y el eco que provocó la cerradura a su espalda emitió un sonido hueco que rebotó en las paredes hasta colarse en sus huesos y vibrar en su pecho. No se dio cuenta de lo cansado que estaba hasta sentarse en la raída y alargada banqueta que había tras el piano. Paseó las manos por la desgastada madera hasta descubrir las teclas descoloridas por el tiempo y las manos. Imaginó cuantos dedos habían dejado su huella en aquellas pequeñas piezas y sonrió ante la idea de que aquel instrumento tuviese más historias que contar que el viejo que se sentaba frente a él. Apoyó con cuidado las manos sobre sus teclas sin hacer sonido alguno, le gustaba sentir su tacto bajo la piel, los preliminares antes del concierto. De pronto el silencio se le antojó molesto y tras colocar sus dedos en la posición adecuada comenzó a acariciar los tonos más graves buscando su propio tono. Cerró los ojos y se dejó llevar por la melodía en una sucesión de notas que poco a poco le ayudaron a que su melancolía fluyese a través de sus dedos y quedase flotando en el aire, ya no de la manera tan pesada en la que le oprimía el pecho, sino de manera volátil, frágil, como si de una nana se tratase.

En un primer momento no se había dado cuenta, pero en las noches más agónicas en las que sus manos cobraban vida propia, había abierto los ojos para sorprenderse a sí mismo tocando una melodía suave, los tonos más agudos se había entremezclado con su pena hasta lograr una música acaramelada, triste. La primera vez no se dio cuenta, pero sus dedos habían dado con la melodía que él mismo no había podido descifrar como sentimiento. La música que encajaba a la perfección con su estado de ánimo todos los días desde que habían abandonado a miles de personas en Nueva Cáprica. Sus sentimientos se atropellaron en un único nombre, una única cara que trató de apartar de su mente antes de que la angustia volviera a golpearle en la sangre. Se obligó a dejar de tocar aquel Requiem por miedo a que si traspasaba aquellos delgados trozos de metal a los que no podía llamar muros, se hiciese realidad.

La primera vez que había escuchado tal conjunción de notas pensó que aquellos maravillosos acordes sólo podían haber sido creados por pura casualidad, porque alguien con mucha más destreza así lo había querido. Pudo haberlo llamado destino si sus creencias se lo hubieran permitido. Aquella noche, sin embargo, decidió que tal vez iba siendo hora de componer su propia sinfonía.

Las cuerdas de las últimas notas aún parecían vibrar en la caja de resonancia cuando el Almirante Adama se encaminaba hacia el CIC con una nueva música resonando en sus oídos, una nueva partitura deseando ser representada por primera vez.

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